Detrás de las impactantes cifras que evidencian el daño del bloqueo a Cuba, hay una realidad que duele en lo más profundo del alma cubana. Nadie escapa a esa realidad. Ancianos, niños, hombres y mujeres, sufren cada día las consecuencias de esa política, que lo permea todo.
En ese sentido, hay que decir que el cerco energético y la asfixia económica, no son conceptos abstractos. Es la familia que sufre a diario la carestía de la vida; es la ancianita que deja la poca visión que le queda mientras cocina con leña o carbón porque no hay gas; son los padres que deben hacer maravillas para poder alimentar a sus hijos; es el médico al que le duele tener que decirle al paciente que no cuentan con los medicamentos, o el cirujano que ha tenido que operar a la luz de un celular.
Es también el niño ciego al que le falta su máquina braille para poder aprender; la madre que llora la pérdida de su hijo porque no llegó en el momento justo la medicina que necesitaba, el anciano que espera hace mucho tiempo tener los recursos para poder operar su cadera y la tristeza en el rostro de millones de personas a causa de los molestos apagones.
Y aunque toda la población cubana de alguna manera siente el impacto de las medidas coercitivas del imperio, nadie como la mujer cubana para atestiguar los efectos devastadores de esa política genocida. Ella ha sido la verdadera heroína de estos tiempos, la que ha debido desdoblarse en madre, esposa, ama de casa y trabajadora al mismo tiempo.
Puede ser Lucia, Maribel, Teresa. Su nombre no es lo más importante, porque en cada rincón de esta Isla, hay una, diez, cientos, miles de mujeres que ahora mismo concretan la proeza de resistir tantas carencias. Se les puede ver despiertas a las tres o cuatro de la mañana, luego de una noche de insomnio, debido al calor y a la falta de electricidad, para adelantar los quehaceres hogareños.
A esa hora ella se rompe la cabeza pensando en qué cocinar, porque queda muy poco para escoger en el refrigerador, y mucho menos en las arcas de la economía familiar. Mientras prende el carbón, repasa cómo será su día: qué llevarán hoy los niños de merienda a la escuela, en qué podrán trasladarse, qué tareas le esperan en su centro de trabajo…
Cuando termina, ya agotada por la faena que acaba de cumplir, llega al lugar donde labora, y allí le esperan nuevas preocupaciones. ¿Habrá combustible suficiente para mantener la vitalidad de las incubadoras donde se mantienen con vida a los niños enfermos? ¿Existirán los sueros citostáticos que demandan las personas afectadas por cáncer? ¿Cuántos niños no habrán podido venir hoy a la escuela por falta de transporte o que componente faltará ese día para poder producir lo que estaba previsto? Son algunas de las interrogantes que a diario se hacen maestras, enfermeras, científicas, obreras...
Mas, lo importantes es que, a pesar de las preocupaciones, se levanta y emprende el día. Ella está ahí, desde el hogar o en su puesto de labor para enfrentar todo tipo de vicisitudes, a como sea. Aunque le falten muchas cosas, es capaz de sacar fuerza para dar amor y protección a los suyos, enseñar, curar, innovar, labrar la tierra, dirigir, buscarse problemas, hacer, crear.
Esas son nuestras mujeres, las Marianas de este tiempo, las continuadoras de la obra de Vilma, Celia, Haydée, Melba y otras miles de féminas que a lo largo de nuestra historia, han sabido estar a la altura de las circunstancias.
Razón tenía nuestro José Martí cuando dijo: «Esta mujer cubana, tan bella, tan heroica, tan abnegada, flor para amar, estrella para mirar, coraza para resistir». Cuando se escriba la historia de estos tiempos difíciles, tendrá que haber para ellas páginas que, cual monumento.


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