ÓRGANO OFICIAL DEL COMITÉ CENTRAL DEL PARTIDO COMUNISTA DE CUBA
Es preciso volver al legado de la gran poeta, que se empeñó en no dejar de «cimarronear». Foto: Tomada de revistapalimpsesto.com

Amor le llaman / los que a su sombra grande se tendieron. / Yo le diría: / Piedra marina donde / mi corazón de peces fue golpeado, / tierra / tremendamente dura / que le negó humedad a mis raíces. / Cielo que despidió mi estrella / y la hizo errante (Esa manera de morir).

Ese poema está en la página 152 de la Poesía Completa de Georgina Herrera (Jovellanos, 23 de abril de 1936-La Habana,13 de diciembre de 2021), pero por cualquier parte que se le abra, el libro nos puede regalar un poema rotundo, en el cual belleza y filosofía confluyan.

Este año, cuando se cumplieron 90 años de su nacimiento, y se conmemorarán los primeros cinco de su muerte, es preciso –como lo será siempre– volver al legado de la gran poeta, que se empeñó en no dejar de «cimarronear», en «coger el monte mentalmente».

Georgina nació, como ella misma contó para el documental Mujer, negra y pobre, de Juanamaría Cordones-Cook, en un pueblo de negros, donde solo se protestaba ante Dios. Pero a ella todo le parecía injusto, aspiraba a más.

La muerte temprana de su madre, la tiránica conducta del padre, el cuidado de los hermanos menores, los estudios truncos, el indeseado destino de ama de casa, se unieron en esos años con la necesidad de escribir, y el miedo y la pena por hacerlo.

Si bien para 1956 ya habían aparecido unos pocos poemas suyos en la prensa de la capital, sabía que, si no hacía algo, terminaría absorbida por el fogón y la plancha. «Era lógico soñar, eso no me lo quitaba nadie», y con solo dos pesos se fue a La Habana a casa de unos tíos. Comenzó entonces a trabajar como empleada doméstica y a estudiar Secretariado en las noches.

El triunfo de la Revolución transformó la vida cultural del país. Paulatinamente, Georgina se fue haciendo de un lugar dentro del panorama lírico. Esenciales fueron la publicación de su libro GH, en Ediciones El Puente, y la integración al grupo homónimo; su trabajo en Radio Progreso, como mecanógrafa copista; el vínculo con la Unión de Escritores y Artistas de Cuba.

Mientras todo sucedía, el trabajo fecundo en la radio, la maternidad dos veces, el amor y el desamor, el activismo contra la discriminación racial… la poesía estaba ahí, como la necesidad y como el grito: «Hacer un poema es como tirar una foto»; «No escribo para mí, escribo para el mundo».

A su hija le había dicho Mi florecita, / ¿qué nos haríamos / la noche y yo sin ti? / Eres exactamente / la mitad del canto indispensable / para quebrar esto de ser triste / casi por vocación… (Anaísa II). A los 24 años la perdió en un accidente. La muerte, uno de los temas perennes de su creación, se hacía presencia desoladora en la vida.

Y, no obstante, lo testimonian quienes la conocieron, no perdió una generosidad dulce en el trato; sin dejar de ser tampoco la «bocona» que no aceptaba los silencios impuestos.

Oriki para las negras viejas de antes, Primera vez ante el espejo, A modo de fortuna, África, Último elogio como niña, son poemas que contienen un universo de belleza y magia, el cual –como la obra poética toda de Georgina– escapa a reduccionismos. Ella es la mujer negra, la madre, la amante, la sabia…

Como bien ha escrito la poeta e investigadora Caridad Atencio: «Sepan entonces todos, con énfasis en esos escritores que rebajan su condición de poeta porque no fue una persona de estudios académicos y tuvo un origen muy humilde, que su poesía perdurará, porque es poesía de la buena, poesía con mayúsculas, sin atajos y sin lemas que la identifiquen no más como feminista o vinculada a asuntos de la racialidad. Es aún y sobre todo, y después… poesía».

Georgina Herrera merece el templo mayor que se le puede erigir a un poeta, el de los versos revisitados, aprendidos, subrayados, sentidos en el pecho propio: Yo fui una vez una muchacha hermosa / que anduvo con sus hijos: / uno en los brazos, de la mano / el otro. / A veces los dejaba para verte, / para que fueras dueño de mi cuerpo. (…) Luego / regresaba a mis hijos / y todo era mucho más que la felicidad. / Esos momentos, / los fui guardando. Ahora, / Al cabo de tanto tiempo, tanta ausencia / y tanto no sé ni cuántas cosas, / en las noches / lo toco todo en la memoria / como si estuviera bajo la almohada (Supe cuándo fui feliz).

ALGUNOS POEMAS

ORIKI PARA LAS NEGRAS VIEJAS DE ANTES

En los velorios
o a la hora en que el sueño era ese manto
que tapaba los ojos
ellas eran como libros fabulosos abiertos
en doradas páginas.
Las negras viejas, picos
de misteriosos pájaros,
contando
como en cantos lo que antes
había llegado a sus oídos,
éramos, sin saberlo, dueñas
de toda la verdad oculta
en lo más profundo de la tierra.
Pero nosotras, las que ahora
debíamos ser ellas, fuimos
contestonas,
no supimos oír; teníamos
cursos de filosofía,
no creímos,
habíamos nacido demasiado cerca
de otro siglo. Solo
aprendimos a preguntarlo todo
y al final, estamos sin respuestas.
Ahora, en la cocina, el patio,
en cualquier sitio, alguien,
estoy segura, espera
que contemos lo que debimos aprender
Permanecemos silenciosas,
parecemos tristes
cotorras mudas.
No supimos
apoderarnos de la magia de contar
sencillamente
porque nuestros oídos se cerraron,
quedaron tercamente sordos
ante la gracia de oír.

EL PARTO

He aquí que la cigüeña,
el patilargo pájaro de la mayor ventura,
desde hoy, acaba
sus funciones.
Mi realidad la deja sin empleo.
En el vasto salón
del fabuloso frío artificial,
acorralada
por el dolor más grande
y la más grande dicha por venir,
hago milagro.
La ciudadana de París recoge
su largo pico inútil, su bolsa maternal,
su historia, sus dos alas.
Ah, y su largo, su inventado viaje.
Prefiero el parto.

PRIMERA VEZ ANTE UN ESPEJO

(Viendo una cabeza terracota de mil años, excavada en Ifé)


¿Dice alguien que no es
mi rostro este que veo?
¿Que no soy yo, ante el espejo
más limpio reconociéndome?
O.... ¿es que vuelvo a nacer?
Esta que miro
soy yo, mil años antes o más,
reclamo ese derecho.
Mi mano va
desde ese rostro al mío
que es uno solo y de las dos,
asciende, palpa
el mentón purísimo,
la espaciosa boca. Sí,
con mucho espacio, así que un solo beso
de ella basta
para pedir la bendición al viento,
la tierra, el fuego y la llovizna.
Ahora toca mi mano la nariz.
De un lado a otro va sobre ese rostro
de las dos. Esa nariz... mi dios; en la pradera
para mí sola, esa que llaman Universo,
en la que ando a mi albedrío,
atrapa olores.
Olor a fuego, a tempestad,
a tierra y agua juntos,
olor de amor, de vida inacabable
entra por ella; es
el total alimento de mi sangre.
Mi mano, al fin, a lo más alto
de ambos rostros llega:
los pómulos, la frente, baja
un poco nada más hasta los ojos
que yo miro y me ven.
Ojos tremendos
en los que apaga y aviva sus fuegos la tristeza.
Soy yo. Espejo o renacida.

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