ÓRGANO OFICIAL DEL COMITÉ CENTRAL DEL PARTIDO COMUNISTA DE CUBA
Las nuevas tesis de la izquierda deben repensarse para una sociedad cada vez más expuesta a los medios de (des)información, las fake news y las redes sociales. Foto: Obra de Michel Moro

En el fragor de la batalla actual por la conciencia de los pueblos, el enemigo ha desplegado un arsenal que no emplea pólvora ni ojivas, pero que lacera y desestabiliza con igual o mayor saña: la guerra narrativa. Cuba, pequeña isla de resistencia digna, es hoy blanco de un dispositivo de comunicación hipertrófico, diseñado desde centros de poder mediático y ejecutado por una legión de operadores del odio en redes sociales.

Para entender este fenómeno no basta la denuncia patriótica; se requiere el bisturí de la teoría de la comunicación. Porque lo que observamos en portales como CiberCuba, El Nuevo Herald o en las cuentas de ciertos influencers del exilio miamense no es espontaneidad informativa, sino una construcción discursiva planificada.

La agenda oculta: del framing a la posverdad

La teoría de la Agenda Setting –acuñada por McCombs y Shaw– nos enseña que los medios no dicen qué pensar, pero sí sobre qué hacerlo. En el caso cubano, la industria mediática internacional ha fijado tres tópicos recurrentes: crisis económica, malestar social e «implosión inminente». El mecanismo es tan viejo como efectivo: repetir hasta que la anomalía se vuelva normalidad discursiva.

Pero el refinamiento actual incorpora el Framing (encuadre). No se informa sobre el bloqueo como acto genocida –tal como lo define el Derecho Internacional–, sino como «medidas de presión». No se habla de resistencia, sino de «régimen autoritario». El marco interpretativo se invierte: el agredido aparece como agresor; la víctima, como victimario.

Y cuando la realidad desmiente el marco, entra en juego la posverdad: el sentimiento importa más que los hechos. Así, las imágenes de tiendas vacías se viralizan sin contextualizar el impacto del recrudecimiento del bloqueo; las protestas puntuales se magnifican como oleadas insurreccionales.

Los operadores del odio y la espiral del silencio

En las redes sociales opera una tropa bien engrasada. No son bots anónimos –aunque los hay–, sino perfiles con nombre y rostro que construyen un discurso de odio sistemático. ¿Su función? Romper la Espiral del Silencio (teoría de Elisabeth Noelle-Neumann): cuando un mensaje hostil parece mayoritario, los moderados se callan y los radicales se envalentonan.

Estos operadores emplean técnicas de desinformación que los teóricos Wardle y Derakhshan clasifican como «contenido falso de facturación propia» y «conexiones engañosas». Por ejemplo: vinculan cualquier escasez local a una supuesta «corrupción generalizada», o etiquetan como «presos políticos» a quienes violaron la ley cubana con financiamiento externo.

Pero el golpe maestro de la guerra narrativa es la construcción del enemigo a través del discurso. Siguiendo a Van Dijk, el otro se define por atributos negativos abstractos: «dictadura», «castrocomunismo», «cárcel». Quienes empelan esa estrategia se definen a sí mismos como «ciudadanos libres», «oposición democrática». La polarización semántica justifica la agresión: si el régimen es ilegítimo, cualquier acción contra él –incluido el intervencionismo– se vuelve «moral».

Gramsci en la era digital: la hegemonía cultural por otros medios

Antonio Gramsci, el gran teórico italiano, nos legó el concepto de hegemonía cultural: el poder no se mantiene solo con fusiles, sino con la capacidad de hacer que las ideas del dominante parezcan de sentido común. Eso explica por qué el Departamento de Estado invierte millones en «programas de fortalecimiento de la sociedad civil», que no son otra cosa que fábricas de relatos.

Las redes sociales son hoy el taller de esa hegemonía líquida. Los algoritmos amplifican el contenido más agresivo y emocional. La economía de la atención premia el insulto sobre el argumento. Y mientras tanto, Cuba responde con la única arma que le queda: la verdad desnuda y la movilización popular.

Contra el discurso de la guerra, la guerra de discursos

Frente a esta maquinaria, la teoría de la comunicación nos ofrece también herramientas de resistencia. El contraencuadre (counterframing) permite revertir la carga semántica: no es «crisis humanitaria» provocada por el gobierno, sino «crisis inducida por el bloqueo». No es «represión», es «defensa de la soberanía».

La alfabetización mediática –que ya se impulsa en nuestras escuelas y en el proyecto Patria– es el antídoto contra la posverdad. Porque, como enseñara Chomsky, el problema no es que la gente no pueda distinguir la verdad de la mentira, sino que el sistema de propaganda hace que la mentira parezca verdad si se repite lo suficiente.

La ficción de la invasión inminente: terrorismo sicológico en estado puro

Pero hay una escalada aún más perversa en esta guerra narrativa: la construcción artificial de la inminencia militar. Ciertos perfiles –muchos de ellos con vínculos directos con agencias de inteligencia del norte o con organizaciones de fachada financiadas por la NED (National Endowment for Democracy)– han dejado de lado los rodeos semánticos y apuestan por el terrorismo sicológico puro.

Con cuentas verificadas que acumulan cientos de miles de seguidores, estos operadores del odio militarista publican mapas falsos de «zonas de invasión», cronogramas de «liberación» que nunca se cumplen y supuestos «filtrados» del Pentágono que jamás pasan de ser memes burdos. Su objetivo no es informar, sino generar un estado de ansiedad social que actúe como catalizador del caos.

La teoría de la profecía autocumplida (Robert K. Merton) explica perfectamente esta táctica: si se repite con suficiente intensidad y frecuencia que «Cuba será invadida en 72 horas», una parte de la población –sobre todo la más joven o desinformada– puede comenzar a actuar como si la invasión fuera real: acaparamientos, huidas masivas, desórdenes públicos. Y ese desorden, a su vez, es la coartada perfecta que el agresor externo espera para justificar su intervención: «restablecer el orden».

No es casualidad que estas campañas se intensifiquen siempre en momentos de máxima tensión diplomática o económica. Durante el verano de 2023, por ejemplo, decenas de cuentas coordinadas lanzaron la etiqueta #InvasiónYA, acompañada de supuestas «fechas clave» que llegaron y se fueron sin que un solo marine pusiera un pie en Girón, pero ya había un impacto sicológico indudablemente.

Desde la teoría del establecimiento de la agenda temática (agenda building), estos perfiles no solo fijan temas, sino que intentan fijar plazos de urgencia que no existen. La agenda mediática internacional, siempre ávida de sangre y rating, recoge esas «alertas» y las amplifica sin el debido chequeo. Así, lo que nació como un tuit irresponsable de un operador del odio termina siendo titular en un periódico de derecha europeo: «"Cuba al borde de la intervención militar».

El objetivo estratégico es doble: por un lado, quebrar la moral de resistencia del pueblo cubano, haciéndole sentir que el desastre es inevitable y que luchar no tiene sentido. Por otro, presionar al gobierno de Estados Unidos para que actúe, creando una falsa «ventana de oportunidad» en la que la opinión pública estadounidense –manipulada por esas mismas narrativas– termine exigiendo una acción que nadie en la Casa Blanca había planeado seriamente.

Frente a esta maquinaria de intoxicación, la teoría de la comunicación nos ofrece un antídoto claro: la inoculación sicológica (McGuire). Desmontar las mentiras con pruebas y argumentos, genera anticuerpos informativos. Por eso Cuba no puede limitarse a negar; debe anticipar y deconstruir cada rumor, cada falso ultimátum, cada fake map de invasión.

La tranquilidad de un pueblo informado es la mejor barrera contra el pánico inducido. Porque quien conoce las tácticas del enemigo, difícilmente cae en su trampa.

La guerra narrativa contra Cuba es real. Es agresión. Es amenaza. Pero también es un campo de batalla donde las teorías de la comunicación se convierten en mapas para desmontar la telaraña. Saber cómo construyen el discurso del odio nos da el poder de deconstruirlo.

No se trata de contestar cada tuit o cada titular. Se trata de cambiar el marco general: demostrar que Cuba no es el problema que cuentan, sino la solución que molesta. Que sus dificultades no nacen de una supuesta «dictadura», sino de una convicción popular que no admite claudicar.

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