ÓRGANO OFICIAL DEL COMITÉ CENTRAL DEL PARTIDO COMUNISTA DE CUBA
Un estribillo recitado (¡Cuba, Cuba! ¡Estudio! ¡Trabajo! ¡Fusil! ¡Lápiz, cartilla, manual! ¡Alfabetizar, alfabetizar!) y una melodía épica. Foto: Archivo Granma

Imagina una muchedumbre de casi 100 000 jóvenes con uniformes de campaña y la mirada llena de anhelos. Están en la Plaza de la Revolución de La Habana, el 22 de diciembre de 1961. Una bandera enorme se alza anunciando que Cuba es, oficialmente, territorio libre de analfabetismo. Todos al unísono, con el vigor de quien ha conquistado lo imposible, elevan una sola voz en una melodía tan sencilla como sublime: las notas de la Marcha de la Alfabetización.

Esa imagen no es solo un recuerdo; es la partida de nacimiento de un himno que, desde entonces, se canta en las escuelas cubanas, aunque su origen se sitúa en el fragor de una batalla cultural sin precedentes.

La génesis de esta obra, también conocida como el Himno de las Brigadas Conrado Benítez, se sitúa en los albores de 1961. La Revolución Cubana, entonces en su tercer año, se proponía una quimera: enseñar a leer y escribir a casi un millón de compatriotas en apenas un año, derrumbando lo que Fidel Castro Ruz calificaría como «cuatro siglos y medio de ignorancia», documenta el diario Granma.

El autor de esta melodía inmortal fue Eduardo Saborit Pérez, un talentoso guitarrista y compositor de Campechuela, en la antigua provincia de Oriente, a quien describen como un músico virtuoso que ya desde muy joven había integrado la Banda Municipal de su pueblo natal.

Pero describirlo solo como un músico sería simplista. Según la evocación de su nieta Diana Bello Saborit, recogida en el portal Cubaperiodistas, Eduardo «apenas paraba en la casa. Durante la Campaña de Alfabetización, abuelo se enamoró de ella y la vivió como un cubano que llevaba aquel proyecto en el alma».

El destino entretejió voluntades para que este canto existiera. Fue el gran poeta Jesús Orta Ruiz, eternizado popularmente como el Indio Naborí, quien al conocer su talento lo recomendó para colaborar con Celia Sánchez y Mario Díaz, los principales coordinadores de la campaña. En un pequeño cubículo del Consejo Nacional de Alfabetización en Ciudad Libertad, donde la necesidad acuciaba y cada minuto valía oro, Saborit recibió una petición tan simple como determinante: «Se requería un himno».

El músico, descrito como un creador productivo y veloz, tomó su guitarra y realizó lo inaudito: compuso letra y música en un mismo arranque de inspiración durante los convulsos ensayos para la despedida de la primera gran avanzada de brigadistas.

La pieza, a medio camino entre una marcha militar y un canto escolar, se estrenó ante la historia el segundo domingo de mayo (Día de las Madres) de 1961, en el anfiteatro de Varadero. Con la mirada atenta del Comandante en Jefe, ese puñado de jóvenes cantó por vez primera la estrofa que decía: «Somos las Brigadas Conrado Benítez, / somos la vanguardia de la Revolución...».

Pero ¿por qué se llamaron Brigadas Conrado Benítez?  Solo unos meses antes, el 5 de enero de 1961, un joven maestro mulato cayó asesinado por bandas contrarrevolucionarias en las intrincadas montañas del Escambray. Conrado Benítez García tenía solo 18 años y sus únicas armas eran una cartilla y los sueños de sus alumnos. Su sangre inocente le dio la mística necesaria a la letra de Saborit. El himno se convirtió en un grito de guerra pacífico: «con el libro en alto cumplimos una meta: llevar a toda Cuba la alfabetización».

Basta escuchar a quien vivió aquellos meses imposibles para entender que no era una canción cualquiera. La maestra Magalys Olmos, la última persona que vio con vida a Conrado, aún se emociona tantas décadas después, como recogió el periódico Vanguardia, al recordar cómo aquellos jóvenes se internaban loma arriba, alumbrándose con faroles de gas, entonando la marcha para darse valor frente a los peligros de la noche. Al decir del sociólogo Fernando Martínez Heredia, esta obra fue «la más importante canción política» de aquel contexto fundacional.

Su letra, en apariencia sencilla, es un pensamiento complejo martillado hasta convertir la pedagogía en poesía. Con un estribillo recitado (¡Cuba, Cuba! ¡Estudio! ¡Trabajo! ¡Fusil! ¡Lápiz, cartilla, manual! ¡Alfabetizar, alfabetizar!) y una melodía épica, aseguró que cada niño que pasaba por un aula en las décadas posteriores se apropiara de la epopeya.

Hoy, lejos del fragor de 1961, la Marcha de la Alfabetización suena cada año en los matutinos escolares. Al cantarla, los niños no solo ejercitan la memoria, sino que se les inocula la certeza de que el lápiz del brigadista venció, y vence, al terror. La pequeña gran obra de aquel guitarrista que murió demasiado joven, a los 51 años, en 1963, dejó de ser solo una marcha para convertirse en una oración laica, en la prueba irrefutable de cómo un país se reconstruyó a sí mismo con la luz de las letras y cómo, décadas después, la verdadera Patria se construye, palabra a palabra, con el libro en alto.

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