Cabaiguán, (Sancti Spíritus).–No importa que el sol raje piedras o que el día se nuble, acaso presagiando lluvia. Sonriente y con una pulcritud impecable, la muchacha enrumba hacia el consultorio médico, bastante alejado, en la zona rural donde vive. La acompaña su mamá. Por nada del mundo se perdería los detalles de la consulta que tendrá la hija, como parte del seguimiento y atención que reciben las embarazadas.
«No sé cómo puede haber futuras mamás, esposos y abuelas que se descuidan –comentará después. Es la salud y la vida de la muchacha y del bebé lo que está todo el tiempo en juego».
Acerca de ello no hay quien le haga un cuento a la enfermera Annia Ávila Tamayo, del consultorio número 6, allá, en la cabecera provincial. Incluso estando de certificado por razones de salud, se le vio sobre una motorina, junto a una joven, sorteando canarreos y fangueros, para visitar a cinco niños aún sin vacunar en la extensa área que atiende, con una población muy distante y dispersa.
Son apenas dos ejemplos entre cientos, que pudieran relacionarse en torno a un empeño diario, que abarca desde las bases de la sociedad, su red primaria de Salud, hasta las instituciones médicas y científicas del territorio, a favor de lo más preciado que tiene el ser humano: la vida, y de lo más grande: los niños, la familia.
ESTETOSCOPIOS AL CIEN
Aunque constituya un resultado realmente loable, lo más llamativo no es que a mediados de mayo el sistema de Salud continúe registrando en Sancti Spíritus cero fallecimientos en niños menores de un año, ni muertes maternas, cuando en otras partes del país la realidad es diferente.
Despierta interés, además, que no se trata de un hecho ocasional, fortuito.
Quienes siguen de cerca el tema, conocen que Sancti Spíritus ha mantenido una invariable estabilidad, que ubica a la provincia, año tras año, entre las mejores del país, a pesar de tratarse de un territorio relativamente pequeño, donde suele tornarse más difícil el comportamiento de determinados indicadores.
«En efecto –afirma el doctor Frank García González, al frente del Programa Materno Infantil (PAMI)–, llevamos varios años con estabilidad.
«Si me preguntas cómo ha sido posible, debo decir que, a pesar de estos duros tiempos, hemos logrado articular y mantener un sistema de trabajo bien organizado, que permite dar seguimiento diario a los asuntos que más inciden en ese importante indicador».
Durante un recorrido, Granma pudo constatar que, amén de cuántas insuficiencias o insatisfacciones puedan tener, los espirituanos realizan acciones a todos los niveles.
Mientras a instancia de provincia no se les «saca el pie» a las terapias (adulta, neonatal y pediátrica), desde enero han sido visitados en dos ocasiones todos los policlínicos, con una composición multisectorial, cada municipio tiene su hogar materno (por cierto, con paneles fotovoltaicos ya), en tanto no constituye problema la cobertura en los consultorios del médico de la familia.
De forma paralela, la Universidad de Ciencias Médicas acentúa la capacitación de recién graduados en torno a las afecciones que de forma más frecuente perjudican o atentan contra el programa materno infantil.
Todo ello hace que mortalidad infantil y materna no sean una excepción. Si los rangos de 1-5 años y escolar (hasta 14) presentan igualmente un favorable comportamiento, si el territorio contabilizaba días atrás casi 200 nacimientos más que hasta igual fecha del pasado año y si en algunos municipios disminuye el embarazo en la adolescencia, no es porque el personal de la Salud está «navegando con suerte», sino porque se ha izado vela a favor de la vida. Y eso no es consigna que se acuña en una receta médica. Lleva mucho empeño, desvelo, seguimiento, control, integración y profesionalidad.
PERO EL HALÓN TIENE QUE SER PAREJO
No basta con que el servicio de neonatología del Hospital Provincial Camilo Cienfuegos siga mostrando resultados «de primer mundo», o que después de 41 años como enfermero, Miguel Ángel Lizano Rodríguez siga haciendo «milagros» con su consagrado colectivo en la Sala perinatal, «siempre priorizada, hasta en los momentos más complicados», según afirma con orgullo.
La lucha por la vida no puede ser exclusiva del sistema de Salud a sus diferentes niveles. Es de todos. Es de la sociedad y, en altísimo grado, de la familia.
No solo a Annia Ávila le preocupa la tranquilidad con que «algunas embarazadas dejan de asistir a la consulta, hacen resistencia o se niegan a ingresar, ante riesgos para su vida y para el desarrollo normal y seguro del futuro bebé».
En el hogar materno de Jatibonico (espacio de verdadero lujo a pesar de los escollos de estos tiempos) tampoco la enfermera María Elsa Ávila entiende por qué «a veces hay que estar cayéndole atrás a determinadas embarazadas para que hagan lo que se les indica» o por qué las hay con tendencia o intención de escaparse de instituciones como esas, «donde no solo tienen alimentación y tranquilidad, sino también atención permanente, seguimiento y garantía de medicamentos que a veces escasean, como los antianémicos y los antibióticos».
No sé si sentada frente al televisor o sumergida completamente en él, está la joven Daniela Duarte Rodríguez. «Tengo 32 semanas –comenta– e ingresé por anemia. No sabía que la tenía pues no me siento débil, pero vine para acá. La comida es buena, variada, con adecuada elaboración y en verdad yo me lleno. Me dan Trofín antes de desayuno, almuerzo y comida, además de multivitaminas. No sufro los apagones del lugar donde vivo porque aquí hay paneles solares, conecto mi ventilador, no me aburro, veo novelas… y sé que mi hija va a venir bien. Se llamará Aytana».
Por razones de juventud, falta de información o inexperiencia, tal vez Daniela ignore que detrás de todo ello hay un enorme esfuerzo no solo de la ciencia médica, del Estado cubano, sino también de organismos e instituciones que, aparentemente, nada tienen que ver con la salud. María Elsa, sin embargo, conoce y valora la contribución que han venido realizando cooperativas campesinas del municipio, al aportar o donar viandas, frutas, vegetales, plato fuerte. «Aquí no falta la leche, tampoco el pan», añade.
A esa misma hora, a unos 30 kilómetros de distancia, en la cabecera espirituana, Ivette Echemendía Cepeda experimenta un placer nuevo, desconocido: lactar a su Jeheremy. Minutos después recogerá las pertenencias y dejará atrás la sala donde ella y su bebé han recibido una atención esmerada. A pocos metros, sobre una balanza, una avezada enfermera pesa al diminuto Eidén Mateo. Una leve sonrisa se le dibuja al constatar que el pequeño va en aumento.
Pronto su joven madre lo acomodará, tal vez en la misma cuna que ella usó 20 años atrás, allá en Colorado, Cabaiguán, donde el niño crecerá escuchando el trinar de sinsontes o el ulular de palomas durante esas tardes en que el sol parece dorarlo todo a su antojo.
Entonces mamá ya no se trasladará hasta el consultorio para que la pesen, le midan la barriga o examinen cómo va el embarazo, sino para recibir, ambos, un seguimiento al que ni Sancti Spíritus ni Cuba renuncian, a pesar de los tormentos que contra el país traen aparejadas las tormentas del norte, cada vez más brutal y más revuelto.











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