ÓRGANO OFICIAL DEL COMITÉ CENTRAL DEL PARTIDO COMUNISTA DE CUBA
Portada de la edición cubana. Foto: Portada del libro

«Tomar una vida conocida, concluida, fijada por la Historia (en la medida que puede serlo una vida), de modo tal que sea posible abarcar su curva por completo; más aún, elegir el momento en que el hombre que vivió esa existencia la evalúa, la examina, es por un instante capaz de juzgarla. Hacerlo de manera que ese hombre se encuentre ante su propia vida en la misma posición que nosotros».

Así lo cuenta Marguerite Yourcenar (Bélgica, 1903- Estados Unidos, 1987) en el Cuaderno de notas de Memorias de Adriano; allí explica el proceso de concepción de la novela, publicada en 1951, que le tomó décadas de obsesiones, borradores destruidos y rehechos, e investigación, hasta «aprender a calcular exactamente las distancias entre el emperador y yo».

El resultado fue el retrato de una voz: «Si decidí escribir Memorias… en primera persona, fue para evitar en lo posible cualquier intermediario, inclusive yo misma. Adriano podía hablar de su vida con más firmeza y más sutileza que yo».

La Yourcenar logró, ciertamente, una novela subyugante, de esas que nos persiguen en el recuerdo; y que, pasados los años, nos dan más de sí en la relectura. Publicada en Cuba por la Editorial Arte y Literatura (2001), con traducción de Julio Cortázar, tiene –en primer lugar– la virtud del estilo.

Los párrafos largos, sin barroquismos, tratan de apresar el espíritu de un hombre que se sintió responsable de la belleza del mundo; por eso la frase apela a equilibrar sencillez de forma y complejidad de pensamiento.

Luego está la filosofía de vida que se filtra a través de sus páginas, y que impone reflexionar sobre el propósito de la existencia, la ambición, el poder, el deseo, el amor, la esclavitud, el envejecimiento, la trascendencia…

Adriano (76-138) vuelve a vivir gracias a la escritora. Es él quien cuenta, desde la antesala del fin, lo que fueron sus días, y regala reflexiones, cargadas de una sabiduría forjada en el éxito y el dolor:

«Así, de cada arte practicado en su tiempo, extraigo un conocimiento que me resarce en parte de los placeres perdidos. Creí, y en mis buenos momentos lo creo todavía, que es posible compartir de esta suerte la existencia de todos, y que esa simpatía es una de las formas menos revocables de la inmortalidad».

Aunque es lugar común que los libros nos hablan de forma diferente según la etapa de la vida en que los leamos, al menos los buenos, así sucede de forma notable con Memorias…; el adolescente o joven encontrará los anhelos de quien quiere conquistar todo lo que tiene por delante; el adulto entenderá esa nostalgia «que llamamos melancolía del deseo», donde «cada delicia se carga con el recuerdo de delicias pasadas».

No obstante estar centrada en la perspectiva del emperador romano, la novela regala otros personajes entrañables, como Antínoo, el jovencísimo amante que termina suicidándose en las aguas del Nilo; y de cuyos anhelos sabemos muy poco. ¿Será verdad lo que de él nos cuentan? Nadie se desnuda totalmente en sus memorias.

Marguerite logró anularse, pasar desapercibida y así regaló a sus lectores la fantasía de estar leyendo realmente una larga epístola al sucesor Marco Aurelio. Pero, ¿quién puede decir que de haberla escrito el mismísimo Adriano no sería esta?

«Tomar una vida conocida, concluida, fijada por la Historia (en la medida que puede serlo una vida), de modo tal que sea posible abarcar su curva por completo; más aún, elegir el momento en que el hombre que vivió esa existencia la evalúa, la examina, es por un instante capaz de juzgarla. Hacerlo de manera que ese hombre se encuentre ante su propia vida en la misma posición que nosotros».

Así lo cuenta Marguerite Yourcenar (Bélgica, 1903- Estados Unidos,1987) en el Cuaderno de notas de Memorias de Adriano; allí explica el proceso de concepción de la novela, publicada en 1951, que le tomó décadas de obsesiones, borradores destruidos y rehechos, e investigación, hasta «aprender a calcular exactamente las distancias entre el emperador y yo».

El resultado fue el retrato de una voz: «Si decidí escribir Memorias… en primera persona, fue para evitar en lo posible cualquier intermediario, inclusive yo misma. Adriano podía hablar de su vida con más firmeza y más sutileza que yo».

La Yourcenar logró, ciertamente, una novela subyugante, de esas que nos persiguen en el recuerdo; y que, pasados los años, nos dan más de sí en la relectura. Publicada en Cuba por la Editorial Arte y Literatura (2001), con traducción de Julio Cortázar, tiene –en primer lugar– la virtud del estilo.

Los párrafos largos, sin barroquismos, tratan de apresar el espíritu de un hombre que se sintió responsable de la belleza del mundo; por eso la frase apela a equilibrar sencillez de forma y complejidad de pensamiento.

Luego está la filosofía de vida que se filtra a través de sus páginas, y que impone reflexionar sobre el propósito de la existencia, la ambición, el poder, el deseo, el amor, la esclavitud, el envejecimiento, la trascendencia…

Adriano (76-138) vuelve a vivir gracias a la escritora. Es él quien cuenta, desde la antesala del fin, lo que fueron sus días, y regala reflexiones, cargadas de una sabiduría forjada en el éxito y el dolor:

«Así, de cada arte practicado en su tiempo, extraigo un conocimiento que me resarce en parte de los placeres perdidos. Creí, y en mis buenos momentos lo creo todavía, que es posible compartir de esta suerte la existencia de todos, y que esa simpatía es una de las formas menos revocables de la inmortalidad».

Aunque es lugar común que los libros nos hablan de forma diferente según la etapa de la vida en que las leamos, al menos los buenos, así sucede de forma notable con Memorias…; el adolescente o joven encontrará los anhelos de quien quiere conquistar todo lo que tiene por delante; el adulto entenderá esa nostalgia «que llamamos melancolía del deseo», donde «cada delicia se carga con el recuerdo de delicias pasadas».

No obstante estar centrada en la perspectiva del emperador romano, la novela regala otros personajes entrañables, como Antínoo, el jovencísimo amante que termina suicidándose en las aguas del Nilo; y de cuyos anhelos sabemos muy poco. ¿Será verdad lo que de él nos cuentan? Nadie se desnuda totalmente en sus memorias.

Marguerite logró anularse, pasar desapercibida y así regaló a sus lectores la fantasía de estar leyendo realmente una larga epístola al sucesor Marco Aurelio. Pero, ¿quién puede decir que de haberla escrito el mismísimo Adriano no sería esta?

COMENTAR
  • Mostrar respeto a los criterios en sus comentarios.

  • No ofender, ni usar frases vulgares y/o palabras obscenas.

  • Nos reservaremos el derecho de moderar aquellos comentarios que no cumplan con las reglas de uso.