ÓRGANO OFICIAL DEL COMITÉ CENTRAL DEL PARTIDO COMUNISTA DE CUBA
Eduardo Roca Salazar (Choco). Foto: Felicia Hondal

Hermano, aunque sabíamos que no te sentías muy bien, la partida para el viaje a la inmortalidad siempre sorprende dolorosamente. Me enteré de lo acontecido en La Cabaña, donde recibí la Réplica del Machete del Generalísimo Máximo Gómez, distinción que otorgan las Fuerzas Armadas Revolucionarias a un grupo de intelectuales, periodistas, músicos y miembros de esa institución.

Sin embargo, esa dolorosa coincidencia la pude convertir en la certeza de que tu inolvidable y auténtica cubanidad estaba impregnada, precisamente, en el filo del machete que ese día nos entregaron. Por lo tanto, mucho más que recordar la profunda hermandad que compartimos durante tantos años, aprovecho la ocasión para reiterarte una vez más que, si los rasgos inherentes a tu pintura se identifican con nuestra nacionalidad es porque, sencillamente, estos iban contigo como parte de tu epidermis.

Si bien los críticos más exigentes fueron capaces de reconocer el origen de semejantes trazos, al vincularlos con la herencia de esa cultura que tanto nos enorgullece como cubanos, la gente de pueblo quizá no podía expresar lo mismo en complicados términos académicos, pero sí lo presentía y por eso te hizo parte de ella para siempre.

Por muchos grandes premios que hayas recibido en Japón, Europa, o hasta en los propios Estados Unidos, la gente común, de la calle, te sentíamos como uno más de nosotros y no nos preguntábamos el porqué de esa acrisolada excelencia en tu obra. Es que no esperábamos menos de ti.

No sé, pero a estas alturas todavía no me parece verdad que te hayas ido. Quizá ese sentimiento se deba al derroche de una simpatía que se ha quedado muy arraigada entre los que bien te queremos, seguros de que en cualquier momento escucharemos tu cubanísima risa, rebosante de esa contagiosa felicidad con la que siempre viviste.

Entonces, Choco, permíteme despedirme con este conocido pensamiento del Apóstol, que resume, de la mejor forma posible, el modo en que ya te recordamos: «Cuando se muere en brazos de la patria agradecida, la muerte acaba, la prisión se rompe; ¡Empieza, al fin, con el morir, la vida!».

Un fortísimo abrazo.

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