Si necesito sonreír me basta seguir los pasos del vagabundo Charlot. Corro a su lado en un escape de la policía, mientras deleita al público de El circo (1928); o trato de salvarlo cuando La quimera del oro (1925) lo coloca, junto a otro buscador de fortunas, en una casa al borde del precipicio.
Dueño de una expresividad impresionante en su rostro y su cuerpo, dotado de una creatividad y una genialidad inmedibles como actor, guionista, director y compositor musical, a Charles Spencer Chaplin le sobraban cualidades para conquistar la celebridad.
Pero a esas virtudes les sumó una bondad que lo volvió tan entrañable. Sus mejores películas trascienden, más allá de las carcajadas, pues también nos arrancan lágrimas, ante la exposición de las más simples y hondas miserias humanas.
Compartimos sus difíciles amores entre candilejas y nos calan los ruegos del huérfano (Jackie Coogan) en El chico (1921), cuando lo intentan separar de su padre adoptivo, el hombre de bigotes cortos, sombrero, traje gastado y pantalones anchos.
El cineasta llevó a la pantalla, de esa manera, un doloroso pasaje de su niñez y la de su hermana Sydney en Londres: residieron en un asilo después de que su papá abandonara el hogar, absorbido por el alcoholismo, y la madre padeciera trastornos mentales.
Cuesta creer cómo, tras esas heridas, lograra regalarnos tanta alegría. La respuesta aparece en la canción Smile, compuesta, en una primera versión instrumental, para Tiempos modernos (1936): «Ocultar cada rastro de tristeza / aunque nuestras lágrimas puedan estar tan cerca. (…) / Sonríe, ¿de qué sirve llorar? / Descubrirás que la vida todavía vale la pena».
Su humor nos legó una estampa muy seria del capitalismo y del fascismo. El cortometraje El inmigrante (1917) capta en una escena conmovedora la maldad cuando el trabajador de un restaurante (interpretado por Eric Campbell) golpea a un comensal porque le falta dinero para pagar.
Chaplin sufrió persecuciones y destierro por declarar la libertad su único credo político. En ese filme también realiza un esbozo de crítica a la idea de Estados Unidos como el país de las oportunidades, desarrollada a plenitud en La quimera.
Para denunciar los conflictos bélicos cambió su personaje de Charlot por el de un benévolo soldado estadounidense durante la primera Guerra Mundial en Armas al hombro (1918), antes de llamar a la paz, en sustitución de Adolf Hitler, en El gran dictador (1940).
Más allá de los roles impuestos por la actuación, las personas solo pueden transmitir lo que sienten. Este gigante pequeñito conoció todas las penurias, pero prefirió abrir los labios y dejarnos este consejo: «Mirada de cerca, la vida parece una tragedia; vista de lejos, parece una comedia. Nunca te olvides de sonreír, porque el día en que no sonrías será un día perdido».











COMENTAR
Responder comentario