ÓRGANO OFICIAL DEL COMITÉ CENTRAL DEL PARTIDO COMUNISTA DE CUBA
Foto: Isel Moreira Zulueta

El Festival Piña Colada vuelve a plantarse como bandera, esta vez, en medio del racionamiento eléctrico, la falta de combustible y otras carencias. Aun así, la voluntad de un hombre; de muchos en la dirección provincial de cultura, de otros pertenecientes a ese sector en el país, vuelven a poner pie en tierra para que no se apague la lucecita, que encendió hace ya 23 años.

Arnaldo Rodríguez, director artístico del Festival, explica las razones por las que se decidió no suspender el evento, uno de los más importantes que cada año se realiza en tierras avileñas.

 —El apagón no es el final, es el cambio de escenario —me dijo en solitario, en un intercambio de saludo.

El combustible escasea, y los músicos que vienen de otras provincias y municipios avileños tienen que hacer malabares en ómnibus, y algunos hasta en botella para llegar a tiempo a la fecha elegida —abril, siempre abril—, fechas nítidas en  una memoria que no se pierde: los cumpleaños de la Unión de Jóvenes Comunistas (UJC) y la Organización de Pioneros José Martí (OPJM), y, en esta ocasión, conmemora también el 40 aniversario de la Asociación Hermanos Saíz (AHS); al mismo tiempo, estará homenajeando a la destacada soprano avileña Lucy Safont.

El Talismán no está solo. A su alrededor, un puñado de jóvenes despeinados, técnicos de sonido que reparan consolas con piezas de teléfonos rotos, gestores culturales que trabajan sin presupuesto, pero con un entusiasmo que quita el hipo. Ellos son la otra cara de la resistencia: la que no sale en los noticieros, la que no pide permiso, la que simplemente no deja de hacer para que el Festival «quede lo mejor posible», dijo en rueda de prensa.

—El festival se va a hacer —repite Arnaldo como un mantra mientras revisa la lista de invitados—. El dos, el tres, el cuatro y el cinco de abril. Dedicado a quienes merecemos que no nos borren del mapa.

No especifica a quiénes. No hace falta. En esta isla, las fechas hablan por sí solas. Y abril siempre trae esperanza para los cubanos, aunque a algunos les duela.

La noche del comienzo, esta noche, el Talismán subirá al escenario y mirará al público —ese público que llegó a pie, en bici, en motorina, en lo que encontró— y levantará la mano, como es su costumbre. No dirá gran cosa. No hará falta. Todos sabrán que el mundo no se está acabando en la isla irredenta. 

Porque la resistencia, a veces, se parece mucho a una piña colada bien fría en medio del desierto: un acto de fe, un lujo imposible, una victoria diminuta que sabe a gloria.

Y Arnaldo Rodríguez Romero, el hijo de Blasa, lo sabe bien: mientras suene la música, nada está perdido.

No todos ven con buenos ojos la obstinación de Arnaldo. Las redes hablan. Acá, unos pocos; los más, a 90 millas al norte, sobre todo, circula una pregunta incómoda: ¿para qué gastar energías en un festival cuando hay apagones de horas y la comida escasea? Algunos creen que el pan debe ir antes que la piña colada, el transporte antes que la música.

Otros cuestionan el consumo de recursos: el combustible para equipos, artistas y generadores. En una isla donde el diésel se raciona, la logística del evento levanta suspicacias. También hay vecinos del barrio que sufren el ruido hasta el amanecer y las noches en vela, mientras deben madrugar para hacer cola en el mercadito o buscar agua en la cisterna. Todo eso puede ser verdad y, a la vez, relativo.

Pero Arnaldo, presidente artístico del Festival Piña Colada, responde: «Hacer el evento en estos momentos es un acto heroico. Lo hacemos bajo la premisa de que, aunque en Ciego de Ávila no existan todas las condiciones para la fiesta, el hecho de no hacer el festival no va a traer corriente eléctrica. Pudimos decidir no hacerlo, y la situación sería igual. Lo cierto es que no habrá apagón cultural en Cuba. No se apagará ese trabajo para mejorar la espiritualidad de las personas.
«No estamos así por el festival. Estamos así por la situación que todos conocen: las sanciones del gobierno de Estados Unidos, que se han arreciado. Ya no es solo el bloqueo de 67 años, sino otras medidas puestas en práctica para estrangular a Cuba. El país hace un esfuerzo inmenso por mantener los servicios vitales. La cultura, aunque no se coma, es importante para la vida espiritual e ideológica de la nación, porque la cultura es ideología, es identidad.

«Hemos diseñado un programa donde muchas actividades serán sin energía eléctrica. No encenderemos la plaza Máximo Gómez como otros años. No habrá escenario fastuoso con grandes pantallas, ni carpas luminosas.

«Hay muchas críticas no constructivas. Sobre todo, de gente que vive a 90 millas, tomando cervezas allá, y no quiere que sus coterráneos se diviertan. Eso molesta a los enemigos, no de la revolución, sino de la Patria. Es cruel que haya personas pidiendo invasiones para nuestro país, mientras otras, que no son militantes ni comunistas, han plantado bandera y defienden la patria.

«Contamos con 43 unidades artísticas del talento local, más otras que se incorporan desde la nación. El festival no le costará nada al presupuesto de la provincia», sentencia mientras ajusta las cuerdas de su guitarra. El Talismán no para. Este mismo viernes, cuando el reloj marque las 9:00 p.m, estará en la gala Música y Juventud que tendrá como escenario el recién restaurado Teatro Principal. 

No importa si llueve, truena o relampaguea: el Festival Piña Colada ya ha comenzado. Y no terminará hasta el próximo domingo, cuando las notas de un gran concierto de Buena Fe pongan el broche de oro a cuatro noches donde la música, contra viento, marea, y apagones, se negó a callar.

Foto: Ortelio González Martínez
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