
Recuerdo la sensación tras ver la película brasileña Olga (Jayme Monjardim, 2004), protagonizada por Camila Morgado. Si se tratase de ficción, sería una historia triste, de las que hacen llorar al espectador, que luego sigue con su cotidianidad. Pero el basarse en hechos reales vuelve cruel ese relato de lucha revolucionaria y amor.
Imposible conocer la vida de Olga Benario Prestes (Múnich, 12 de febrero de 1908–Bergurg, 23 de abril de 1942) y no sentir la herida de la injusticia.
Justo eso había experimentado mucho antes el periodista Fernando Morais (Brasil, 1946), y por eso escribió Olga. En las palabras de presentación del libro, aparecido en 1985, confesó: «El reportaje que usted va a leer ahora relata hechos que sucedieron exactamente como se describen (...) una historia que me fascina y atormenta desde la adolescencia, cuando oía a mi padre referirse a Filinto Müller como el hombre que le había dado a Hitler "de regalo" la mujer de Luis Carlos Prestes, una judía comunista con siete meses de embarazo. Perseguido por esa imagen, decidí que algún día escribiría algo sobre Olga».
Publicado en Cuba por el Fondo Editorial Casa de las Américas, en 2005, se lee de un tirón, porque el autor toma del periodismo la capacidad de aunar los hechos de interés humano con lo contextual en un todo coherente y ameno.
El volumen inicia con el espectacular rescate de Otto Braun que protagonizara un comando dirigido por Olga, apenas salida de la adolescencia, en su Alemania natal.
Para entonces, ella no era una revolucionaria inexperta, y estaba convencida de que tan necesario era el conocimiento teórico del marxismo, como estar preparados para la acción.
Debido a la persecución creciente, Olga y Otto escaparon hacia la Unión Soviética, donde con el tiempo su relación de pareja se desgastó hasta romperse. La joven vivía para la causa, entre sus muchas misiones y estudios, se hizo experta tiradora, jinete...y acentuó su convicción de estar dispuesta a todo si el objetivo lo valía.
Así aceptó sin apenas dudarlo la misión de custodiar a Luis Carlos Prestes, en su regreso a Brasil, donde el revolucionario lideraría un levantamiento. El Caballero de la esperanza ya era para entonces una leyenda en su país, admirado por sus seguidores y temido por los enemigos.
Haciéndose pasar por una pareja de recién casados iniciaron el largo periplo de vuelta. Él apenas tenía experiencia en el amor, porque la revolución y el sostenimiento de su familia le habían ocupado todo el tiempo. En el fragor de la conspiración y la tensión por no dejar ni un cabo suelto, se enamoraron.
Finalmente, el movimiento fracasaría en 1935. La persecución y las torturas eran bárbaras. Luis y Olga no tardaron en ser apresados. El dictador Getúlio Vargas sabía que deshacerse de Prestes sería como prender dinamita, y por eso la mejor forma de vengarse estaba en la mujer extranjera que lo acompañaba.
Después de su captura no volvieron a verse. Ella descubrió el embarazo estando presa, pero nada ni nadie pudo impedir su deportación, sin importar que llevara a un hijo brasileño en el vientre. Mandarla a Alemania equivalía a una sentencia de muerte.
En territorio nazi, parió a una niña. Gracias a la lucha de su suegra y cuñada, le fue entregada a la familia paterna, y no a un orfanato. Pero para Olga siguió el aislamiento y también el trabajo forzado, supo lo que eran el hacinamiento, los horrendos experimentos científicos y el dolor de apenas tener noticias de su esposo e hija.
En febrero de 1942 estaba prisionera en el campo de concentración de Ravensbrück, y de allí fue trasladada a la cámara de gas en Bernburg: comenzaba un método de exterminio luego generalizado. Su esposo no sabría de su muerte hasta tres años después, luego de finalizada la guerra y de ser amnistiado.
Hasta el último minuto, ella insistió en darles ánimo a sus compañeras, organizarlas, darles conciencia de lo que pasaba en el mundo. En lo íntimo, esa noche final, sabía que emprendía un viaje para no volver.
Su carta de despedida es un grito contra todos los fascismos y un recordatorio de que la lucha no ha terminado:
«Te prometo ahora, al despedirme, que hasta el último instante no tendrán por qué avergonzarse de mí. Quiero que me entiendan bien: prepararme para la muerte no significa que me rinda, sino saber hacerle frente cuando llegue. Sin embargo, todavía pueden suceder tantas cosas... Hasta el último momento me mantendré firme y con voluntad de vivir. Ahora voy a dormir para mañana ser más fuerte».
Olga tenía 34 años.










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