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Greene no convirtió sus novelas en lecciones morales; sus personajes son complejos, contradictorios, vivos. Foto: Tomada de El Confidencial

La Habana despierta interés en artistas, bohemios, historiadores y curiosos. La Habana de la década de 1950, con su lujoso despilfarro, sus turbios excesos, sus mafias, sus luchas revolucionarias, sus cabarés y todo aquello que representaba para el ojo ajeno una pintura exótica apetecible, atrae aún más a quien no recorrió sus calles.

El escritor inglés Graham Greene convirtió la culpa en literatura, encontró en el Caribe el escenario perfecto para sus fantasmas, y no fue indiferente a ese deseo de disfrutar de la capital de todos los cubanos. No solo la visitó en reiteradas ocasiones, sino que la convirtió en la protagonista urbana de una de sus más recordadas obras literarias: Nuestro hombre en La Habana (1958).

Cuando un escritor elige a una ciudad para instalar una de sus novelas, algo ocurre. Tal vez, en el caso de Greene, fue esa sensación incómoda de reconocer en el desorden ajeno el propio desorden interior.

Nuestro hombre en La Habana no es solo una sátira de los servicios de inteligencia. Es también el retrato de una ciudad que Greene aprendió a recorrer con la mirada del que sabe que el paraíso, si existe, puede oler a ron añejo y a salitre.

En palabras del intelectual Ciro Bianchi, el escritor británico quedó fascinado con el daiquirí del bar Floridita, con el sabor del cangrejo moro y con esa atmósfera nebulosa del Barrio Chino, que luego metió en sus páginas.

Pero no se engañe el lector. Greene no era un turista en busca de exotismo. Era un hombre que había intentado suicidarse a los 17 años jugando a la ruleta rusa, que se sometió a sicoanálisis en Londres para lidiar con su melancolía, y que encontró en el catolicismo una forma de nombrar eso que lo atormentaba: el pecado.

Nació en Hertfordshire el 2 de octubre de 1904, y creció en un ambiente académico bajo la autoridad de su padre, rector de colegio. Su experiencia en los internados fue dura, y la palabra infelicidad describe casi con precisión quirúrgica esa época de su vida.

Estudió Historia en Oxford y luego ejerció el periodismo en The Times, esa fábrica de caballeros ingleses en la que aprendió a combinar precisión informativa con mirada literaria, un rasgo que trasladó a sus primeras novelas, en las que se detecta espionaje con sicología. Tal es el caso de Orient Express (1932) y Una pistola en venta (1936), aunque su primera novela publicada fue Historia de una cobardía, en 1929.

Pero fue en El poder y la gloria (1940) y en El revés de la trama (1948), en las que encontró su verdadero territorio: almas en crisis, personajes acorralados por la culpa, hombres que saben que están condenados y aún así siguen adelante. En esto influyó su conversión al catolicismo en 1926, aunque jamás transformó su discurso literario en sermón religioso.

En 1957, en plena dictadura de Batista, Greene viajó a Santiago de Cuba con la intención de subir a la Sierra Maestra para entrevistar a Fidel Castro. No lo logró, pero fue testigo de la represión en la ciudad.

A su regreso a Inglaterra, escribió artículos que consiguieron que su gobierno suspendiera la venta de aviones Sea Fury a los batistianos, según apuntes de Bianchi en el artículo Nuestro hombre en La Habana, publicado en Cubadebate en 2024.

Críticos literarios advierten que quien se asome a sus novelas encontrará que en los personajes claves de Greene, el teniente Scobie en El revés de la trama (1948), el sacerdote en El poder y la gloria (1940), la idea del pecado no es un adorno teológico, sino el motor que mueve sus actos.

Ambos son pecadores y creyentes. Ambos tienen fe, pero también miedo. Ambos eligen la muerte, aunque por razones distintas: el sacerdote acepta el martirio sin confesión por no renegar de sus principios; Scobie se suicida cuando sus problemas ya están resueltos, porque el peso de la culpa se le ha vuelto insoportable.

Como ha señalado la crítica, la diferencia entre ambos es patente. El sacerdote puede esperar que su muerte lo salve. Scobie elige la condenación con toda lucidez. Lo que comparten es esa certeza de que el mal gobierna el mundo y que solo la fe ofrece alguna posibilidad de salvaguardia.

Greene no convirtió sus novelas en lecciones morales. Sus personajes son complejos, contradictorios, vivos. Y eso los distingue de la mayoría de los entes novelescos de su generación, que a menudo eran meros reflejos del mundo o proyecciones del yo del autor.

Suyas son más de 20 novelas, entre ellas El tercer hombre (1950), El fin de la aventura (1951), El americano impasible (1955), El Cónsul honorario (1973), Monseñor Quijote (1982) y El Capitán y el enemigo (1988). Además, es autor de cuatro autobiografías, publicadas entre 1971 y 1984. Incluso, legó a la literatura internacional poesía, con su obra Babbling April (1925).

De los escritores de la isla caribeña, distinguía de manera especial a Lisandro Otero, a Pablo Armando Fernández, y a Virgilio Piñera, a quienes llamaba «mis amigos». De Alejo Carpentier dijo que merecía el Premio Nobel. De René Portocarrero recordaba el efecto fulminante de su pintura.

En 1982, Greene hizo su última escala en La Habana, en un avión del Gobierno de Nicaragua. Fueron apenas 20 horas de visita, las cuales compartió con el escritor Gabriel García Márquez y con el Comandante en Jefe Fidel Castro, a quien no había visto desde hacía 16 años.

Para García Márquez, narra Ciro Bianchi en su texto, Greene daba la impresión de no saber a qué vino exactamente a La Habana. Para Fidel, quizá representaba un enigma y una contradicción su revoltoso estilo de vida y su óptima condición física para un anciano de 78 años. Greene aparentemente no se ejercitaba, disfrutaba del alcohol sin vicio, y estaba por enfrentar cargos judiciales en Francia por denuncias a la mafia.

Murió el 3 de abril de 1991, a los 86 años. En 1948 había dejado a su esposa Vivien por Catherine Walston, pero nunca se divorció. Dejó dos hijos, Lucy y Francis, y una obra que sigue incomodando porque habla de cosas que algunos lectores y escritores prefieren ignorar: la culpa, el miedo, la fe y la certeza de que a veces el mal no tiene rostro porque está dentro.

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