La literatura libera la imagen; no existe otra manifestación artística que condicione o genere tantas dentro de nuestro cerebro. De manera que el cine, el cual se construye a partir de estas, comprendió desde sus mismos albores que tendría en el libro una fuente nutricia, también llena de historias, que lo acompañaría siempre.
Eso siempre ha sido así, a pesar de la diferencia de lenguajes o de textos que nunca debieron versionarse al celuloide, y de objetores del peso de un Ingmar Bergman, quien consideraba que adaptar es lo opuesto a la esencia del cine, que es ya un arte.
La pantalla cubana revolucionaria encontró en el campo literario un abono indispensable para muchas de sus películas, desde clásicos hasta títulos menores, aunque el objetivo de esta reseña no estriba en valorarlas jerárquicamente, sino en establecer una aproximación al tema, de forma referativa. Un acercamiento que, por razón de espacio, no puede incluirlas todas.
El maestro Tomás Gutiérrez Alea se inspiró en la novela homónima de los escritores rusos Ilya Ilf y Eugene Petrov, para su cinta Las doce sillas (1962). Dos años después, el propio realizador, en su filme Cumbite, tomó una adaptación de Onelio Jorge Cardoso de la novela haitiana Los gobernadores del rocío, de Jacques Roumain.
Para su obra mayor, Memorias del subdesarrollo (1968), Gutiérrez Alea partió de la novela del mismo nombre escrita por Edmundo Desnoes. Del cuento El lobo, el bosque y el hombre nuevo, de Senel Paz, surgió otra extraordinaria película como Fresa y chocolate (1993), codirigida junto a Juan Carlos Tabío en 1993.
De la novela Juan Quinquín en Pueblo Mocho, perteneciente a Samuel Feijóo, provino el guion de Julio García–Espinosa para su largometraje Aventuras de Juan Quinquín (1967). El mismo calendario aparece Tulipa, dirigida por Manuel Octavio Gómez. Se trata de una traslación cinematográfica de la pieza teatral Recuerdos de Tulipa, firmada por Manuel Reguera Saumell.
La bella del Alhambra, versión fílmica de la novela de Miguel Barnet, Canción de Rachel, fue estrenada en 1989, bajo la dirección de Enrique Pineda Barnet. La obra literaria del referido autor comienza a trasladarse al séptimo arte desde la misma década inicial de la Revolución. Ya en 1967, Sergio Giral entrega el documental Cimarrón, inspirado en el libro Biografía de un cimarrón.
Mucho después, para 2014, Jorge Perugorría dirige Fátima o el Parque de la Fraternidad, con base de inspiración en el cuento homónimo de Barnet. El cineasta había estrenado, cuatro años antes y en codirección con Vladimir Cruz, el drama erótico Afinidades, basado en Música de cámara, de Reinaldo Montero.
El maestro Humberto Solás propone, en 1981, su Cecilia, adaptación cinematográfica de la novela Cecilia Valdés o la Loma del Ángel, de Cirilo Villaverde. El inolvidable realizador vuelve a la literatura –en este caso a la novela La esfinge, de Miguel del Carrión– en Amada (1983), codirigida con Nelson Rodríguez.
Con versión fílmica y televisiva, en El siglo de las luces (1992) Solás bebe en las letras de Alejo Carpentier, escritor por primera vez versionado en nuestro cine por el chileno Miguel Littín mediante la coproducción cubano–mexicano–francesa El recurso del método (1978), y luego por Octavio Cortázar en Derecho de asilo (1994).
El cuento Beatles vs. Durán–Durán, de Mirta Yánez, resultó del interés de Fernando Pérez para su mediometraje Madagascar (1994). Rebeca Chávez lleva a la pantalla en Ciudad en rojo (2008) una adaptación de la novela Bertillón 166, de José Soler Puig.
Además de la antes referida versión de Cecilia, de Solás, el escritor Cirilo Villaverde también recibiría otro trasunto en imágenes. Su libro Diario de un rancheador, fue incorporado a la pantalla por Sergio Giral, mediante la película Rancheador (1976).











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