¿Debe un director de fotografía, en vez de imponer su estilo, servir a los requerimientos del autor cinematográfico y de la historia a contar? Ante esta interrogante, el destacado director de cine Raúl Pérez Ureta hubiese contestado afirmativamente.
Suyo había hecho el criterio de Gordon Willy –encargado de la fotografía en la primera saga de El Padrino–: «Una vez le preguntaron cuál es la relación que debe haber entre el fotógrafo y el director, y dijo que la del hermano mayor y el menor, porque el mayor orienta como el padre y es cómplice».
Sin embargo, a este maestro de la luz, de cuyo fallecimiento se cumplieron cinco años el martes último, le reconocieron en tantísimas ocasiones su estética «contrastante y paradójica que se aplica a hermosear la infelicidad y a ensombrecer el júbilo»; un sello que contribuyó sustancialmente a edificar la visualidad del cine cubano.
Ese camarógrafo, periodista y corresponsal de guerra en Etiopía, reconocido en 2010 con el Premio Nacional de Cine, bien podía presumir de su impronta en más de 30 largometrajes, entre los que cuentan Papeles secundarios (1989), Madagascar (1994), Alicia en el pueblo de las maravillas (1991), Suite Habana (2003) y José Martí: el ojo del canario (2010).
La semilla de su pasión por las luces, las cámaras y los misterios que entraña el mundo de la fotografía surgió de niño, en una casita de yaguas en la zona cafetalera de Cabaiguán, al consultar publicaciones seriadas como Carteles, en las que conoció el poder de las imágenes desde la lente de Joaquín Blez.
La curiosidad por el cine tampoco se hizo esperar. Ya en su juventud, laboró como diseñador textil en una tienda habanera y allí un colega lo animó a presentarse al recién creado Instituto Cubano del Arte e Industria Cinematográficos (Icaic). Luego pasó a integrar el Departamento de Dibujos Animados como asistente de cámara de animación, aunque un golpe de suerte lo situó como asistente de Santiago Álvarez Román. De su experiencia en el Noticiero Icaic Latinoamericano, colaboró en la filmación de cientos de ediciones.
En esa escuela que fue el noticiario, conoció a los realizadores Daniel Díaz Torres y Fernando Pérez; de la mayoría de las películas de este último realizó el trabajo de dirección fotográfica. Más de 50 documentales cuentan en su trayectoria, en la que también destaca una intensa labor pedagógica como profesor en la Escuela Internacional de Cine y Televisión de San Antonio de los Baños.
Resulta llamativo que Pérez Ureta sea, probablemente, el fotógrafo cubano que más trabajó fuera de Cuba o con realizadores extranjeros, pues incluso su debut como director de fotografía sucedió en el filme Visa USA (1986), de Lisandro Duque Naranjo. Así habría de estrechar vínculos con el argentino Fernando Birri, el francés Paul Vecchiali y el brasileño Ruy Guerra, entre muchos otros.
¿Qué era el cine para este maestro de la luz?: «Hacer películas es para mí como tener hijos: las quiero a todas por igual, las padezco y disfruto con el mismo placer a todas». Y de esos hijos confesaría que en Suite Habana encontró el reto más difícil de su carrera, «porque fue para mí la primera rodada en video (creo que para Fernando también); una tecnología nueva que no conocía ni dominaba bien».
En otra entrevista, confesó que veía la vida en luz y encuadres fotográficos, y que cada noche, antes de dormir, repasaba en «imágenes, luces y sus distintas incidencias que vi en el día, atmósferas de lugares por las que pasé y pienso en qué películas pudiera recrearlas».
Para el público cinéfilo, pensar en Pérez Ureta será siempre reconocer sus aportes a la cinematografía cubana, y sus habilidades para plasmar en el séptimo arte lo cotidiano y lo sorpresivo de la vida.











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