Manuel Gutiérrez Aragón, realizador español cuya filmografía es bien conocida en Cuba, dirigió películas fundacionales del periodo posfranquista, de la guisa de Camada negra (Oso de Plata al Mejor Director en Berlín, 1977), Demonios en el jardín (1982) o La mitad del cielo (Concha de Oro en San Sebastián, 1986).
De raigambre cervantina, el cineasta cántabro –también novelista y guionista– trasladó al audiovisual la obra magna de Miguel de Cervantes: Don Quijote de La Mancha, publicada en 1605 y blanco de innumerables adaptaciones a la pantalla grande y a la televisión.
Enésimo trasunto en imágenes del libro escrito por el Manco de Lepanto, su serie El Quijote de Miguel de Cervantes (1991); sin embargo, no huele a rancio o sabe a vieja, no importa que se haya filmado 90 años después de la primera versión al cinematógrafo del clásico de las letras españolas, o que integre una dilatada historia de adaptaciones del texto, sobre la cual sobrevuelan los reverenciables nombres de Méliès, Welles y Pabst.
En El Quijote de Miguel de Cervantes, el cineasta ibérico compone una serie viva y coleante, de visos contemporáneos, con apreciables ramalazos de humor, enemiga de los estereotipos y –no faltaba más tratándose del Quijote y de Gutiérrez Aragón– simbióticamente alimentada de lo real y lo imaginario.
Considerada, hasta el momento de su realización, la serie más ambiciosa en la historia de Televisión Española –ente el cual, recordamos, durante su periodo de gloria de adaptaciones literarias nos legó notables títulos, a la manera de Fortunata y Jacinta (1980) o Los gozos y las sombras (1981)–, El Quijote de Miguel de Cervantes tuvo un equipo impresionante detrás.
El guion lo escribió el Premio Nobel de Literatura, Camilo José Cela; y la música estuvo a cargo del argentino Lalo Schifrin (fallecido en junio de 2025 y mundialmente conocido por la banda sonora de la saga Misión Imposible); mientras que de la fotografía se encargó Teo Escamilla (la cámara detrás de otra mítica serie española como Juncal, creada por Jaime de Armiñán en 1989, o del clásico fílmico de Carlos Saura de 1976, Cría cuervos, entre otros trabajos).
El elenco de la serie de Gutiérrez Aragón resultó de primerísimo orden. Lo encabezó, en una colosal interpretación, el legendario Fernando Rey (protagonista de los clásicos de Luis Buñuel, Viridiana y Ese oscuro objeto del deseo, quien en fecha tan temprana como 1947 había participado en una versión fílmica del Quijote, de las cuatro que rodó), junto a Manuel Alexandre, José Luis López Vázquez, Alfredo Landa, Emma Penella, Esperanza Roy, Héctor Alterio y la entonces joven promesa Aitana Sánchez Gijón.
Transmitida en su momento en Cuba, quisimos evocar hoy esta célebre serie de cinco episodios, a los 35 años de su realización.
Más tarde, en 2002, Gutiérrez Aragón dirigiría el filme El caballero Don Quijote. Ese largometraje toma distancia argumental de la serie, pues elude la parte inicial del monumento literario y se centra en las postrimerías del segundo libro, cuando Alonso Quijano arrostra la etapa de senectud que de modo inexorable lo acerca a la muerte, mas –pura paradoja– lo conduce de la locura a la cordura en viaje de revés.
En tal periodo el cineasta enmarca las andanzas del hidalgo supremo, encarnado por un Juan Luis Galiardo en estado de gracia, quien moja, remoja y empapa de sensibilidad, humanidad y bonhomía a ese soñador romántico en fase crepuscular.
Gutiérrez Aragón revivificó, aquí, la pantalla histórica, sin necesidad de extemporáneos ejercicios de excavación arqueológica. A través de su narración moderna, ágil, vivaz, construyó esta atrayente aproximación a tamaño y seminal paradigma del tesón, la fantasía y la voluntad humanos. Muy digna de recordarse, igual que la serie.











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