Al conmemorarse, el pasado 18 de enero, el aniversario quinto del deceso del director y guionista Juan Carlos Tabío, pensamos en el creador cuya obra fílmica se convirtió en vívido retrato de la sociedad cubana, sus costumbres, dilemas, idiosincrasia, gracejo.
La filmografía del realizador (Premio Nacional de Cine, en 2014) constituyó un muestrario, también, de las formas de afrontar los paisanos las circunstancias de una nación sujeta a problemáticas económicas incidentes en diversas áreas del desarrollo: una de estas, por ejemplo, la del transporte.
En las maneras como los personajes de películas del corte de Lista de espera o Guantanamera (codirigida junto a Tomás Gutiérrez Alea) desafían tales circunstancias, siempre resulta determinante la presencia del humor: ese que acompañó al cuerpo creativo de quien fuera uno de nuestros mejores directores de comedia.
Un director de comedia que se nutría del espíritu de la época, del diálogo popular; o sea, era la suya, en este campo genérico, una ejecutoria fílmica afincada a la escucha de las señales más audibles de su momento histórico, como exigió alguna vez el género.
Fue una suerte de Berlanga criollo, que también se hizo servir de la ironía, el sarcasmo y el vitriolo. Si el maestro español tuvo en Rafael Azcona a un guionista dilecto, Tabío encontró en el escritor Arturo Arango a un compañero de firma de suma complicidad en algunos de sus filmes, aunque también estuvo al lado de otros notables autores.
Esa camaradería la observó, asimismo, con intérpretes (fue un director de actores que debemos estudiar en dicha faceta) y con el equipo técnico de producciones, en cuyos rodajes solía escuchar proposiciones o sugerencias, las cuales solía tener en cuenta.
El director de Se permuta y Plaff o demasiado miedo a la vida no solo atestiguó, a través de sus películas, los escenarios cambiantes, las modulaciones sociales de la década de los años 80 y del periodo especial, sino, además, las formas de expresión de la gente, su sentir, experiencias de vida, optimismo natural, ironía, chispa criolla; e igual sus pasiones, la voluptuosidad caribeña…
Su cine es un tablero de estudio sobre el costumbrismo local, e, igualmente, la confirmación del eclecticismo autoral, capacidad de invención y arrestos artísticos de alguien que lo mismo podía filmar una comedia popular semejante a El cuerno de la abundancia, que películas de mucha mayor demanda intelectiva, a la manera de El elefante y la bicicleta, o Aunque estés lejos.
En esta última franja de su cine, al codirector de Fresa y chocolate le dio igual cumplir las normativas clásicas de la linealidad aristotélica, las clausuras narrativas…, en fin, las pautas del decálogo histórico dominante. Es arte neuronal interactivo, de pasión y pulsión, de tensión e inquietud, una obra poblada de feraz imaginería diegética, hilada con precisa caligrafía.
Nacido el 3 de septiembre de 1943, en La Habana, el gestor de los cortometrajes El radio, La cadena y Dolly Back (Colón de Oro en el xiii Festival de Cine Iberoamericano de Huelva, en 1987) se enroló en la tripulación del Instituto Cubano del Arte e Industria Cinematográficos (Icaic), con solo 18 años de edad.
Ya en 1962, tras unos meses como asistente de producción, respaldó la dirección de Jorge Fraga para el tercer cuento de la película Cuba´58. Faltaba muy poco para que, en 1963, realizase su documental de apertura: Peligro. Entre 1973 y 1987 estrena ocho materiales del género; dedicados, en igual orden, a Miriam Makeba, Soledad Bravo, Chicho Ibáñez, Amelia Peláez, Sonia Silvestre, Joan Manuel Serrat, el grupo Moncada y Martha Jean–Claude.
Cineasta de alta convocatoria popular, el culto, abarcador y jubiloso Tabío ocupa un lugar muy especial dentro de la pantalla nacional.











COMENTAR
Félix Manuel Farias Vázquez dijo:
1
24 de enero de 2026
12:55:11
Responder comentario