Realengo 18, Guantánamo.—Fue la emoción, no hubo susto. Pero Eulidio lloró. Lo «asaltaron» frente a su casa, a la sombra de un almendro; allí vive él con la hija y el yerno, en un tupido monte del Lechero, comunidad del municipio de El Salvador, donde conoció y vivió cerca de Lino de las Mercedes Álvarez.
El acto de sonreír, dicen sus vecinos, le es esquivo a los 92 años a quien, desde casi niño, cultivó la tierra de sol a sol hasta el día en que una enfermedad lo dejó sin sus piernas.
Enterados de su existencia y de la circunstancia en que vive Eulidio Baratute Pineda, artistas involucrados en el proyecto Cruzando el Realengo fueron a su encuentro. Al anfitrión lo emocionó la identidad y el propósito de los «asaltantes»; las lágrimas del hombre curtido por las labores del campo adelantaron su gratitud.
Noel Mendoza, del Centro Provincial del Libro y la Literatura en Guantánamo, le obsequió El brazo de los sin casa, selección de poesías de Carlos Augusto Alfonso. Jesús Coy lo imitó con obras de 11 poetas brasileños.
Ángel Bofill le contó El perro, el cuervo y el trozo de pan, divertida y aleccionadora fábula de Esopo. Y para cerrar, un número del mago Makhenri.
Breve y pleno de humanidad, el acto se había repetido el día antes en La Comunal, a la puerta de la casa de Dayanis Jiménez Acosta, guardiana de una niña de siete años, y de Eddy Jesús, que no ha cumplido los tres y padece una parálisis cerebral.
«Para mis niños» es cada minuto de Dayanis, «tiempo para otra cosa no tengo», admite. Noel Mendoza le extendió un libro, como el anterior, de poesías, le recomendó su lectura, le dijo que leer fortalece, ayuda, y que esa actividad hizo más fuertes a Napoleón y a Dostoievski, quienes también eran epilépticos.
Ante los ojos de la joven madre y de sus bebés desfilaron fábulas, cuentos, poesías, y también los trucos de un mago. La magia cuenta, es el nombre que los integrantes de Cruzando el Realengo le dan a esta iniciativa.











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