Inspirada en Fuego y sangre, mascarón de proa de las novelas dedicadas a la familia Targaryen, por George R. R. Martin, la precuela La casa del dragón (HBO, 2022–2028) transcurre 172 años antes de la serie madre, Juego de tronos (HBO, 2011–2019).
La sangre mayor de esta nueva épica fantástica familiar no siempre se derrama en las batallas, ni por la boca de los seres alados que vomitan fuego. También mediante los actos de las mujeres y hombres (ellas no van primero por reglas gramaticales o cortesía, sino por su peso en el relato) que rivalizan, sin compasión, por el poder.
La fluencia narrativa de los diez episodios de la primera temporada de La casa del dragón se generó a partir de la armónica imbricación de dos grandes meandros, instituidos en un cauce dramático que discurrió en dirección inequívoca, sin innovaciones, sobre la base de un academicismo convencional, pero que funcionó.
Aunque lejos de alcanzar el poder de imantación de la serie madre, este producto derivado funcionó, esencialmente, en virtud del convincente abordaje de las rencillas familiares palaciegas en pos del Trono de Hierro, y de la relación –tórrida, romántica, triste, bella e incestuosa a la vez– entre Rhaenyra Targaryen y su tío, Daemon.
Sin el desfile de senos, pubis y falos de Juego de tronos, avanzaría esta temporada introductoria de La casa del dragón, más contenida tanto en tales exposiciones como en la dispersión de personajes y espacios geográficos, o la demostración del poder de fuego de la producción. Si bien esto es un tanque de la primera batería industrial de la producción televisiva estadounidense, sabedor de su mítico linaje comercial, y no pudo faltar el estruendo, el paroxismo y la apoteosis en capítulos rodados a un costo de 20 millones de dólares.
Por consecuencia, los dragones tuvieron asegurado su show. Y, a todas luces, hubo batallas épicas para saborear. Desde la formidable contienda entre hermanos del 2×08 de See (Apple TV, 2019–2022), este comentarista no apreciaba algo tan malditamente bien rodado en televisión, en materia épico–bélica, como el 1×03 de La casa del dragón y la derrota, por Daemon, del Alimentador de cangrejos.
La recién finalizada segunda temporada (exhibida en cines de la capital cubana) inicia en medio de la más pura laxitud dramática, en todos los aspectos; levanta casi para la zona media, gracias a unos dragones que redimen del tedio palaciego o de infantiles errores de guion los ocho verborreicos episodios; y termina peor que como inició.
HBO nos ha obsequiado, a los seguidores incondicionales de la serie derivada, una de las mayores tomaduras de pelo de la historia de la teleficción anglosajona (el showrunner, Ryan Condal, culpó a la cadena), al alargar, comercial e irracionalmente –hasta la tercera temporada, en 2026–, la cacareada guerra entre las dos casas rivales.
No me creo mucho de cuanto vi en esta temporada, lo cual el espacio me impide consignar, pero lo de la conversión angelical y las insufribles visiones de Daemon, ahora a los pies de Rhaenyra, es para llorar. La mortificación producida solo pude compensarla merced a las bestiales secuencias con dragones del 2×04 y del 2×07, cuyo cierre resultó visualmente esplendoroso. Pero, por formidables que puedan ser, de estas secuencias no puede depender solamente una serie que deberá repensarse, seriamente, de cara a su desarrollo y fin en 2028.











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jorge lazaro dijo:
1
16 de agosto de 2024
05:14:24
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