Si abrimos la puerta y pasa Fina García Marruz, o simplemente Fina, se siente una bocanada de poesía con el rostro lleno de ternezas y silencios en el umbral de las palabras. Al mismo tiempo, unas manos de mujer nos llevan de la mano a las páginas de la Revista Orígenes, a la cultura raigal de un país, o al Centro de Estudios Martianos; es entonces cuando te invita a descalzarte para entrar en la selva misteriosa de Martí.
Ella sabe que sería imposible comprender a Martí sin amarlo, sin vivir en su atmósfera espiritual, sin haberlo hecho carne de nuestra carne. Por eso, el 28 de octubre de 1968, funda, junto a Cintio, la Sala Martí, en la Biblioteca Nacional. Sí, es cierto, hablar de Fina casi es imposible sin recordar a Cintio, del mismo modo que al mencionar a Cintio, el nombre de Fina se cuela por las persianas de esos versos que se cruzan como gladiolos en el viento: Una muchacha que aún ignora que es bella / y por eso más bella todavía / Una muchacha aún no repuesta / del asombro de serlo, / que sonríe sin motivo / Y entonces, vino un poeta, y la vio…
Pero el poeta que la ve busca su mitad, añora la semejanza amorosa que se discute en El Banquete de Platón: Mi corazón, es un número/ enorme y miserable, / cuando lo miro, oscuro, / cuando no, deslumbrante. / Mi corazón es un número/ que no conoce nadie. / ¡Dame la mediación / que lo baje y lo alce. / Absurdo, hambriento número / miseria innumerable / ¡Dame la mediación / que lo mida y lo salve!
Y Fina lo salva y, juntos, buscan a Martí. Desde 1947, Fina y Cintio se amaron abrazados a la poesía, y a una vida fecunda, desbordada de ternuras y silencios cómplices. Juntos armaron una ética de servicio que ata el amor a Dios y el amor a la Patria.
En mi librero hay sitio de mucha luz para sus Temas Martianos, compartidos con Cintio Vitier, o sobre la poesía de Martí.
Cuando Martí dice: Yo vengo de todas partes, / Y hacia todas partes voy: / Arte soy entre las artes, / En los montes, monte soy, Fina sabe que ese yo, del que nos habla el poema, es también nuestra América. Él se declara hijo del arte y, por tanto, de la cultura; e hijo del monte, que significa de la naturaleza. No hay en Martí dualidad ni rencores, hay una vocación absoluta de libertad.
Fina García Marruz abre esa puerta sin nombre, para entender y amar a Martí. A ella la recuerdo una luminosa mañana, en una de las jornadas de la Fiesta de la Cubanía, en Bayamo. Al verla, y casi por saludo, le recordé sus palabras hablando de poesía: «Los verdaderos poetas son los que no escriben versos: El canario que canta en el balcón, la hermana que cose en la habitación, la bocanada de brisa que entra cuando abrimos la puerta, porque todos son servidores de luz». Jubilosa, se volvió para Cintio, comentándole cómo alguien andaba con sus palabras profundas, como quien carga una tinaja sobre los hombros.
Años después, en un evento martiano, en los pasillos del Palacio de Convenciones, puse en sus manos blancas una piedra lisa de Playita de Cajobabo. Ella sabía que allí estaba un puñado de arena, la sal bajo la luna roja, la huella de Martí, antes de entrar al monte una noche de abril, para servir, desde la muerte, a la caridad de la luz.












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