La historia de Cuba, a finales de noviembre de 1895, se comprimió en el espacio de unas leguas y en un tiempo de apenas 48 horas. Dos jornadas consecutivas, el 29 y el 30 de noviembre, tallaron a fuego el destino de la guerra por la independencia, dejando una huella que la historiografía reconoce como una de las más audaces y decisivas de la gesta libertaria.
Todo comenzó con el filo de un machete cortando la línea imaginaria –pero letal– de la Trocha. Era el 29 de noviembre. Antonio Maceo, con esa mezcla de arrojo táctico y voluntad férrea que lo definía, no solo cruzaba la fortificada zanja militar que partía la Isla en dos.
Estaba cruzando el umbral de lo imposible, al frente de 1 536 hombres, desafiando la estrategia española que pretendía aislar la insurrección en el occidente. Su hazaña no fue solo un acto de movimiento, sino uno de transformación; al traspasar Júcaro a Morón, el Titán de Bronce llevaba consigo la guerra completa, su fuego y su esperanza, hacia las ricas provincias centrales. Era el primer acto de un drama que cambiaría para siempre la contienda.
Pero un general, por mítico que sea, no hace un ejército. Y la genialidad de aquellos días radica en lo que sucedió inmediatamente después, el 30 de noviembre, en los potreros de Lázaro López, donde la historia se detuvo para comenzar de nuevo, con más bríos y organización.
No fue una simple reunión de jefes; fue la confluencia solemne de la experiencia y la nueva savia. Allí, en un claro del campo avileño, se reunieron los veteranos de la Guerra de los Diez Años, los más prominentes generales, y Salvador Cisneros Betancourt, Presidente de la República en Armas, cuya presencia otorgaba continuidad constitucional y legitimidad a la lucha.
La reunión en los potreros de Lázaro López fue mucho más que un simple encuentro. Fue el momento decisivo en que la estrategia de la Invasión se consolidó, unificando el talento militar y la voluntad necesaria para ejecutar una de las campañas militares más audaces del siglo XIX en América, la cual cambió irrevocablemente el curso de la guerra a favor de la causa independentista cubana.
El hecho demostró la fuerza y capacidad del Ejército Libertador, extendió la guerra a todo el territorio nacional, llevando la tea incendiaria a las provincias occidentales, el sustento económico de España; quebrantó la moral y económicamente al ejército español, forzándolo a dispersar sus tropas y convenció al mundo y a los escépticos en Cuba de que la independencia era un objetivo viable.
Fue en ese escenario en el cual Maceo y Gómez se fundieron en un cálido abrazo y, entonces, como si el momento exigiera una chispa que encendiera el alma de la nueva maquinaria de guerra, el Generalísimo Máximo Gómez pronunció su histórica arenga. Su voz, seca y contundente, cortó el aire como un mando irrevocable: «¡El día que no haya combate será un día perdido o mal empleado!».
Aquella frase no era una simple exhortación al combate; era la doctrina fundacional del nuevo ejército. Era el repudio a la inacción, la consagración de la ofensiva perpetua. En los potreros de Lázaro López, no solo nació una estructura militar, nació un espíritu, un mandato de acero y reafirmó el empuje de la invasión.
Así, en un abrir y cerrar de días, la osadía del cruce y la fundación del ejército se entrelazaron. El cruce de La Trocha fue la proeza que lo hizo posible; los potreros, el lugar en el que esa posibilidad se convirtió en fuerza organizada y en voluntad inquebrantable. Uno sin el otro carece de su significado completo.
Juntos, representan el momento preciso en que la guerra de Cuba dejó de ser una rebelión para convertirse en una revolución con un ejército, un propósito y un fuego que nadie pudo apagar.
El 30 de noviembre se inscribe en la memoria de Cuba con una singularidad extraordinaria, uniendo dos siglos en un mismo grito de libertad. Sesenta y un años los separan, pero la fecha es idéntica: en 1895, los potreros de Lázaro López fueron testigos del nacimiento y forja del Ejército Invasor, la maquinaria libertadora que llevaría la guerra a todo el país.
En 1956, las calles de Santiago de Cuba se convirtieron en el escenario de un alzamiento heroico, diseñado para distraer a la tiranía y apoyar el inminente desembarco del Granma. Esta casualidad histórica constituye un legado; es como si el calendario insistiera en que el final de una lucha y el comienzo de la siguiente estuvieran unidos por el mismo espíritu indómito, haciendo del 30 de noviembre un día consagrado a la continuidad de la rebeldía nacional.



















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