ÓRGANO OFICIAL DEL COMITÉ CENTRAL DEL PARTIDO COMUNISTA DE CUBA
Foto: Portada del libro

La poesía de Ismaray Pozo era desconocida para esta lectora cuando hice parte del jurado del premio Luis Rogelio Nogueras 2018, que otorgó el premio a su libro La Recitante, publicado por la Editorial Extramuros. Ya Ismaray había publicado Regresiones, por el sello español Guantanamera, y en 2018 salió a la luz Abisales, de Ediciones Loynaz, de Pinar del Río.

El concurso Luis Rogelio Nogueras, como otros tantos, exige que los manuscritos aparezcan con seudónimo. Al dar a conocer el fallo, alguien la describió como una mulata alta, bonita, con swing, de unos 30, graduada de Historia del Arte, de Pinar del Río, de Puerta de Golpe, para mayor seducción, radicada un tiempo en La Habana, pero ya no. Nada que ver con la autora de La Recitante que había resuelto en mi cabeza. ¿Por qué? Pues por prejuicio. Cuando una lee un libro que fundamenta todo un imaginario sobre la convicción de lo poético, se

afirma en el acto de la escritura y dinamita todo lo demás para vivir lo literario y referenciar a nuestro antojo. Así de simple, aunque leer La Recitante, título de 83 páginas, editado por Eliana Dávila, no marche precisamente en esa dirección, en la de la lectura de la sencillez. Todo lo contrario, la fuerza de lo expresivo y esa coherencia entre lo que comprendería lo intelectual y la validez de la resolución alegórica, discurre en La Recitante a otro nivel. Realmente a un nivel muy notable.

Las atmósferas en La Recitante sorprenden por hechas. Igual las imágenes: «…el mar es una carrera, un prodigio/ que de niños poníamos en un frasco/ y moría», dice en el poema Umbrías o Repetición.

Lo que se inscribe como referencia, conocimiento, gustos estéticos, suma a una identidad textual, individual, que se construye y reconstruye en la indagación y en las representaciones. Voces que mutan. De mujer. Que se verbalizan para significar. Lo femenino se fundamenta en algo más arduo, retador, que la queja, la demanda, u otra aludida arquitectura de proyección de imagen, igual ocurre con la comprensión de lo racial. Entonces supones otra edad, otras vidas, otros rostros de autor, mientras lees un original con seudónimo.

El título del libro La Recitante remite a una pieza teatral del intelectual martiniqués Aimé Césaire, influencia mayor en esta poesía de Ismaray Pozo, aunque la autora posee una respiración personal poderosa, muy suya. Autonomía constructiva y pulimento en la escritura serían dos cuestiones difíciles de olvidar de este libro.

Confluyen y aluden aquí, por ejemplo, el general de la independencia Quintín Banderas, las creencias yorubas, el origen de los ritos Abakuá, el jazz, el blues, incontables sesgos a las culturas antiguas, África, o el cine del maestro de lo simbólico, el polaco Kielowski, explorando en el miedo, la frustración, el amor, la muerte…

Sus confesados silencios contemplativos en interés de procurar contención para la palabra, denotan un trabajo de orfebre. La medida estricta funciona del mismo modo para el trato de las emociones, en un régimen de ajuste que ni escamotea ni regala a lo sentimental.

En ese «paisaje después de la guerra» al que la autora termina arribando en un final de poema, y en esas tantas guerras mentadas o aspiradas en La Recitante, hay fija una gravedad trascendente que atraviesa el cuerpo de un libro, de lo mejor de la poesía nuestra que he disfrutado leyendo y releyendo en los últimos tiempos.

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