
Conversar con Eugenio Hernández Espinosa (La Habana, 1936) es asistir –casi literalmente– a un remanso. La palabra pausada, sabia, húmeda de emociones… narra pasajes de su vida y de las circunstancias en las que le ha sido dado existir, y suena firme al recorrer no pocas turbulencias en las que ha sabido nadar virtuosamente.
Aunque son muchas y merecidísimas las distinciones que ha recibido este hombre, dramaturgo de talla mayor, guionista de cine, director de teatro y maestro –entre ellos, el Premio Casa de las Américas 1977 por La Simona; la Medalla Alejo Carpentier, en 1995; el Premio Nacional de Teatro, en 2005, además de un sinnúmero de diplomas y homenajes–, toca ahora a su puerta la que le concede la 29 Feria Internacional del Libro de La Habana, al elegirlo, junto a la eminente doctora Ana Cairo Ballester –fallecida el pasado año– como uno de los autores a los que se dedica el populoso encuentro literario.
«No esperaba este reconocimiento», nos comenta, cuando nos acercamos a él para que nos comparta algunas de sus impresiones. «El de Casa de las Américas sí, porque había competido en varias ediciones del premio. Pero esto de la Feria sí me sorprendió, porque hay muchos creadores importantes en este país, y yo jamás pensé que me lo darían a mí. Me tomó por sorpresa y me siento como el actor que va a entrar por primera vez al escenario, que está temblando. Cuando se llega a ese nivel, la gente cree que uno va a decir cosas trascendentales, y a veces en esa trampa se dicen cosas huecas. Yo solo rezo para que me baje la musa», confiesa con desinhibida sinceridad.
Cuando habla de la Feria recuerda a su compañera de honores: «A Ana Cairo la conocí muy bien y tuvimos una relación exquisita. Escribió sobre obras mías. Siempre me sentí muy identificado con ella y su muerte me dolió mucho», asegura.
Larga es la lista de obras firmadas por este autor que se desempeña como director general de la compañía Teatro Caribeño de Cuba, que ya llega a sus tres décadas, cuyo elenco pone en alto la voz de la cultura popular sin prejuicios de clase, y da espacio a la tradición religiosa sincrética, recreando sus diversos escenarios, incluso más allá de la Isla.
Entre muchas otras obras, engrosan su catálogo: María Antonia; Calixta Comité, Mi socio Manolo, La Simona, Obba y Changó, Emelina Cundiamor, Lagarto Pisabonito, Quiquiribú Mandinga, Tíbor Galarraga, Las lamentaciones de Obba Yurú y Gladiola, la Emperatriz.
Consciente de que la mujer descuella en sus creaciones, le resulta inevitable, si le pedimos que nos hable de algunas, citar a Simona, y a María Antonia: «Para escribir Simona usé como contexto a Chile y tomé de la vida de Violeta Parra. En la obra está la mujer en un mundo marginal. Por amor toma conciencia y se va con Taita, que era un revolucionario, hacia las montañas. A él lo matan, pero ya le había transmitido toda su ideología y ella la había asimilado».
Le brillan los ojos con solo pensar en María Antonia, esa tragedia clásica del teatro latinoamericano, donde vibra una hermosa mujer que vive en un ambiente sórdido, sobre los años 50. «Es la más famosa de mis obras. Se estrenó en el Mella, y eso fue increíble», recuerda. «El teatro estaba repleto y no pudieron entrar personas que habían ido hasta allí. María Antonia tiene el coraje de fajarse con un mundo que oprime a la mujer. Y la mujer tiene que elevarse para que la respeten, dice, y evoca el recuerdo de la inolvidable actriz Hilda Oates en el papel protagónico.
Cuenta Eugenio que cuando empezó a escribir no veía en la escena, porque no estaba, al negro, como no fuera en roles de esclavos, o delincuentes; no veía, como veía él en la vida real «al negro y al blanco queriéndose como hermanos». Colocarlo en las tablas como un hombre de carne y hueso ha merecido el aplauso, que no es para Eugenio sino «un sí muy grande».
Para el autor, hay una recompensa que no llega tras la deliberación de un jurado. «Para mí, el premio mayor es el público. Tú puedes coger premios y guardarlos en el estante, pero ninguno es más grande que cuando yo estrene una obra el público responda, como me pasó con Calixta, con Mi socio Manolo, con María Antonia, con monólogos como Emelina Cundiamor, en que el público, sobre todo el de a pie, te ovaciona.
«Si el público no entiende no aplaude», explica. «Si el novelista no gusta no siempre se entera. No sabe cuál fue la reacción del lector, pero el teatrista sí sabe. El teatrista se expone a que te dejen el teatro vacío».
Apasionado por los conflictos, tanto que los esboza «aunque le cueste la vida», Eugenio ha sido tocado también por la gracia del cine. Como pasa con un padre al que se le pregunta por cuál es de entre sus hijos el preferido, no sabría decir cuál de sus trabajos para el séptimo arte lo ha hecho más feliz. Películas como María Antonia, de Sergio Giral, y La inútil muerte de mi socio Manolo, de Julio García Espinosa, han estado inspiradas en sus obras María Antonia y Mi socio Manolo; y en los filmes Roble de Olor y El Mayor, ambos de Rigoberto López, recientemente fallecido, ha sido junto al director coguionista.
En la salita donde nos habla viven no pocos libros. Se les ve usados, marcados, releídos. Entre ellos está Cien horas con Fidel. Del Comandante en Jefe nos habla: «Antes de Fidel jamás la cultura tuvo esa visión popular. A ella antes solo tenían derecho determinados escogidos, pero no los pobres ni los negros. Él contribuyó a destruir ese concepto. Con Fidel se construyó el Conjunto Folclórico Nacional, las Escuelas de Instructores de Arte, los festivales de aficionados…, es decir, la cultura creció de una manera vertiginosa. Fue mi paradigma desde el punto de vista ideológico».
Eugenio contribuyó a cambiar el mundo prejuicioso de su niñez en que «no me dejaban entrar a un bembé, ni a una rumba, porque yo tenía que ser un negro distinto y diferente, para no ser chusma». Por eso fue miembro de la Juventud Socialista Popular, y escribía en las noches, en las calles, lo que fue «su protesta»: ¡Abajo Batista!
Si se le pregunta cómo le gustaría definirse, prefiere que lo definan los demás. Estas líneas son solo algunos de los elementos que bien podrían contribuir a esa idea justa que debemos tener cuando pensemos en quién es el autor al que se dedica la Feria, un hombre que entre sus amores más sagrados tiene el recuerdo de sus padres, su familia y sus amigos, «que son muy fieles». Al que no aceptaría jamás es al que no compartiera sus principios. «Ese –dice– no puede ser mi amigo».











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