Este lunes falleció en Roma Bernardo Bertolucci, y el mundo del cine lo siente como si con su partida le estuviera diciendo adiós al último emperador de una generación irrepetible de directores italianos, que hicieron de Marx y Freud los sostenes fundamentales de sus obras.
Tenía 77 años de edad, murió de cáncer y desde hacía casi una década se movía en una silla de ruedas, lo cual no fue obstáculo para que en el 2012 presentara en el Festival de Venecia su último filme, Tú y yo, suerte de testamento artístico con referencias a algunas de sus películas insignes y una trama que habla del amor filial, adolescente, de dos hermanos encerrados en un sótano.
El encierro (El último tango en París, Los soñadores) y los grandes escenarios (Novescento, El último emperador, El cielo protector) fueron locaciones contrastantes en las cuales el director italiano se movió con igual soltura para entregar filmes instalados, desde hace rato, en las mejores páginas de la Historia del cine.
Hijo de poeta, Bertolucci llegó de casualidad a las pantallas cuando a los 20 años de edad se encontró en el ascensor del edificio donde vivía con Pier Paolo Pasolini, amigo de su padre. Pasolini le preguntó si quería ser su asistente en la película que en breve filmaría; el joven le respondió que no sabía qué era ser un asistente, y el escritor le dijo que él tampoco, pues se aprestaba a realizar su primera película, Accatone.
Pasolini, férreo comunista asesinado en 1975 en circunstancias todavía no esclarecidas, influyó grandemente en el joven, no solo en lo artístico, sino igualmente en sus convicciones políticas: «Mientras exista la injusticia, seré un hombre de izquierda», no se cansaría de repetir Bernardo Bertolucci, también un polemista político de primera línea.
La Cinemateca de París le sirvió al joven italiano de escuela para suplir su falta de estudios cinematográficos. La Nueva Ola lo entusiasmó, pero pronto la dejó atrás movido por la necesidad de hacer un cine político-social desde las perspectivas de la experimentación, juicio nacido en buena medida tras haber sido testigo (y participante) del papel de la juventud en el convulso mayo parisino del 68.
Una preocupación, la juventud, que tanto en lo social como en el plano existencial-erótico plasmó en las pantallas, y en no pocos debates, y que lo llevó a filmar el monumental Novecento, frescos de la historia de Italia y un retrato revelador del fascismo, que en su carácter de denuncia se extiende hasta nuestros tiempos.
El último tango en París lo lanzaría en grande, tanto por la importancia del tema como por las polémicas surgidas a partir de la filmación. Poco antes de morir, Bertolucci volvió a participar en una de ellas para aclarar que la actriz María Schneider no había sido violada, que la escena estaba en el guion y lo nuevo había sido «usar la mantequilla» –por sugerencia de Marlon Brando– y tomarla de sorpresa «para que reaccionara como una chica, no como una actriz».
Brando moriría en el 2004 y la Schneider en el 2011. Al unírseles ahora el maestro Bertolucci, se sella el peso de la leyenda.











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