Como cualquier otro género, el cine de terror tiene fieles seguidores y también detractores que alegan que después de ver una película de «monstruos y mataderas» no hay quien duerma, mientras no faltan aquellos en asegurar que la adrenalina segregada es el mejor vehículo para hacerlos dormir plácidamente o, vaya usted a saber, alargar la tensa vigilia hasta la madrugada en brazos de Cupido.
Tras el nacimiento del llamado cine de terror, fueron los hombres los primeros en aplaudir el género, porque en tiempos en que no era fácil «tocar», nada mejor que una película de monstruos para que las acompañantes, muertas de susto, a puro grito, (a veces «haciéndose») carenaran en brazos de su protector.
El primer filme hecho a plena conciencia para infundir miedo lo realizó Searle Dawley para los estudios Edison, en 1910, y estaba basado en el mito de Frankenstein.
Aquellas primeras cintas se inspiraban en obras literarias y en leyendas tradicionales, cuentos de miedo que nunca han faltado en cualquier cultura y que tanto abundan en comunidades rurales. Tomando de aquí y de allá pasaron al celuloide un ejército de fantasmas, monstruos, árboles moviéndose en el bosque, brujas, lechuzas habladoras, vampiros, hombres lobos, zombis, Frankenstein en sus más diversas variantes y, como escenario ideal, casas embrujadas y cementerios.
Todos, en su nuevo hábitat, resultaron más pavorosos gracias a las atmósferas lúgubres, la tendenciosa iluminación de los protagonistas (bendito expresionismo) y, más tarde, los sonidos y la banda sonora (que todavía conozco a dos o tres que si al entrar a la playa le tararean el tema de Tiburón, sencillamente no se bañan).
Nadie puede negar, sin embargo, que la primera película que aterrorizó y puso a correr a los espectadores fue la que dio lugar al nacimiento del cine, el clásico de los hermanos Lumière La llegada del tren, de 1896. Ni monstruos, ni anormalidades de ningún tipo, solo un tren aproximándose a una estación, pero una mole rodante que se acercaba peligrosamente, que no paraba y ¡a correr, conciudadanos, que la locomotora se sale de la pantalla y nos aplasta! (pocos antes de aquella exhibición, los periódicos parisinos habían dado cuenta de un estruendoso accidente ferroviario de origen parecido).
Los estímulos emocionales que sin duda siente el espectador ante lo misterioso y lo macabro hizo que la industria convirtiera el cine de terror en un género que, a su vez, tiene subgéneros muy precisos que gustan de no contaminarse, siempre y cuando el asunto vaya en serio (ya se sabe que sobran comedias que no respetan ni a Drácula, ni a Frankenstein y mucho menos al resto de la escalofriante familia).
Hay clásicos del género que nunca han podido ser superados. También excelentes títulos que elaborando nuevos signos del miedo han marcado tendencias y épocas y, no es noticia, un extenso basural cebado en el más burdo sensacionalismo para suplir la falta de imaginación y de talento.
De esos últimos, la «industria cultural», bajo el concepto de «consume y bota» está fabricando muchos últimamente. Y en memorias y pantallas caseras, para menoscabo del buen cine de terror, se están viendo.











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