Giacomo Puccini (1858–1924) no solo escribió óperas para el oído, también para los ojos y el corazón. La visualidad y el drama son consustanciales a sus obras para la escena, sobre todo a partir de Manon Lescaut (1893).
En el caso de Tosca (1900) la unidad de acción –menos de un día, del 14 al 15 de junio de 1800, es el plazo en que se desarrolla la trama– y el ambiente –una Roma que aguarda por el desenlace de la batalla de Marengo, decisiva para el triunfo de la campaña italiana de Napoleón–, sostienen la intensidad de un argumento que habla de celos, engaños y manipulaciones sentimentales, pero también sobre el sentido de la lealtad y la libertad.
Dejar esto de lado es confinar la obra pucciniana a una mera sucesión de momentos musicales que, en efecto, tienen valor por sí mismos, pero no hacen el todo ni le dan pleno sentido a los sentimientos y situaciones que expresan. Descuidar la proyección escénica de los tres personajes principales –la diva Fioria Tosca, el pintor Mario Cavaradossi y el barón Scarpia, jefe de la policía política romana– reduce la representación a la nada.
La debilidad de la Tosca puesta en escena por el Teatro Lírico Nacional a finales de octubre en la sala García Lorca radicó precisamente en su falta de armazón dramática y de compromiso de los protagonistas con la caracterización que debían asumir.
No llegó al espectador la dosis de intriga necesaria para intuir la trampa que Scarpia le tiende a Tosca a fin de que revele dónde se esconde el perseguido Angelotti, ni el temor de los que van a celebrar el Te Deum ante la irrupción de los esbirros, ni la tensión que debía respirarse ante los sucesos que tienen lugar en el despacho del jefe de la policía en el Palacio Farnese, ni el suspense que se espera del desenlace cuando Cavarodossi es finalmente fusilado mientras su amante y él piensan en una simulación que les salva la vida.
Nunca Scarpia abrió el abanico con el escudo de los Attavanti para inducir los celos de Tosca e increíblemente esta, en lugar de despeñarse de lo alto del Castel Sant' Angelo, saca una pistola de no se sabe dónde y se dispara en la sien.
Esas carencias se vieron acentuadas en la última función por los desniveles de las actuaciones del elenco. Salvo el armenio Vazgen Gazarian, que en el sacristán dio una lección de despliegue de cualidades histriónicas y potencia vocal, dio la impresión de que nadie estaba en su lugar. Ni las luces, erráticas.
Una adecuada dirección actoral hubiera logrado que el desempeño del tenor Yuri Hernández, espléndido en las arias Recondita armonía y E lucevan la stelle, encajara en su papel. O que el Scarpia del ucraniano Yuri Batukov, de apreciable altura en el Ha piu forte sapore del segundo acto, fuera realmente convincente.
La Fioria de Aliosca Jiménez fue un reto vencido a medias. Atentó contra ella el vestuario y el maquillaje, y más aún, la indefinición de lo que debía afrontar su personaje. En el registro grave más de una vez resultó inaudible. Por fortuna el Vissi d’arte lo sacó adelante con dignidad.
Se puede ser un gran cantante. Andrey Maslakov, primera figura de la Ópera de Kiev, lo es sin dudas. Pero la dirección escénica responde a otros rigores, más en una época en que se renuevan los códigos del teatro musical.
Como signo alentador recibimos la conducción de Giovanni Duarte y la entrega de los instrumentistas de la Orquesta del Gran Teatro de La Habana Alicia Alonso. Su lectura de Tosca dio en la diana.











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pjmelián dijo:
1
6 de noviembre de 2017
12:47:16
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