Están de moda las películas en que un grupo de personas (preferentemente parejas) se reúne para hacer patente un siniestro juego de relaciones que irá ganando en intensidad hasta que el globo explote.
Las hay burdas, con el terror chabacano viniendo a coronar el suspenso, explícitas (de manera que el espectador menos participativo no se quede fuera del «cocinado») e inteligentes, a partir de un sabio juego de sugerencias discurriendo en diálogos finamente hilvanados.
Buena parte de la crítica se ha empeñado en clasificar a Cegados por el sol (Luca Guadagnino, 2015) en el último acápite, es decir, una gran película que, apoyada en recursos del cine negro, establece un vínculo se sensualidades, pasiones contenidas y verdades a medias entre dos mujeres y dos hombres reunidos, buena parte del tiempo, en torno a una piscina, en una isla del Mediterráneo.
Cuatro buenos burgueses amasando recuerdos, sentimientos y alguna que otra secreta intención, mientras a la isla italiana llegan refugiados africanos que dejan atrás un mundo de desolación y muerte.
El toque social, sin embargo, no pasará de ser un telón de fondo, interesado como está el director en que nos concentremos en la intensidad de sus cuatro figuras y en los constantes giros de la trama, propósitos que se resienten cuando la policía local, con sus aires costumbristas, hace su aparición y hasta uno de ellos le pide un autógrafo a la diva envuelta en el conflicto. Y también por algunos excesos resaltantes en la faena artística, entre ellos, la sobreactuación de ese eterno contenido y buen actor que es Ralph Fiennes.
Fiennes y su hija pimpollo (Dakota Johnson) son los recién llegados a la casa donde vacacionan una cantante de rock (Tilda Swinton) junto a su pareja (Matthias Schoenaerts); ella condenada a mantenerse callada, a causa de una afonía. Hablador hasta el cansancio, el personaje de Fiennes había sido representante y amante de la cantante. Y mientras diálogos y revelaciones suben y bajan los tonos y en las cenizas de la vieja pasión se presiente un rescoldo, la muchacha, fruta fresca y silenciosa, se deja ver en la piscina.
Precisamente en el clásico de Jacques Deray, La Piscina (1969) se basa Cegados por el sol y quizá sea recomendable que el espectador no lo tenga muy en cuenta porque si bien ahora se busca la misma sensualidad y erotismo que hace casi 50 años concretaron Alain Delon y Romy Schneider, con una rutilante Jane Birkin dando vueltas, la película no lo logra.
Todavía sin una vasta obra, Luca Guadagnino ha demostrado ser un buen director. En este remake de La piscina se impuso cambiar no poco del original e imprimirles a sus personajes una profundidad que en la primera parte del metraje nos sobrecoge y promete. Luego, a medida que la intriga avanza hacia el final, el clima de tensión se le diluye y el tono hasta entonces mantenido raspa la opulencia operística.
Tiene valores Cegados por el sol, pero insuficientes para asegurar —como proclama una «publicidad critica», ligera y cortesana (que en todas partes hay)— que es una gran película.











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gretter dijo:
1
25 de abril de 2017
07:47:01
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