Amanece en La Habana con esa resolana turbia que anuncia tormenta, enciendo la radio de baterías mientras preparo el café de la mañana –costumbre adquirida en los días de apagón– y la noticia macera como un mal presagio: el Reloj del Apocalipsis se ha fijado a 85 segundos de la medianoche.
Me quedo unos instantes con la cuchara en el aire, suspendida entre la taza y el azúcar, son 85 segundos, es decir, nada, apenas un suspiro, el tiempo que tarda un religioso en persignarse antes de cruzar la calle.
Pero luego tomo el café, hojeo el resto del periódico y sigo con la rutina, la vida continúa, y ahí, en ese gesto tan humano de normalizar lo que debería aterrarnos, anida el verdadero peligro de nuestra era.
Vivimos rodeados de amenazas sin sobresaltarnos, en tanto las grandes potencias rebajan peligrosamente el umbral de la disuasión atómica.
Mientras escribo estas líneas, Estados Unidos e Israel se alistan para atacar instalaciones nucleares iraníes sin que la comunidad internacional alcance a pronunciar una condena firme.
Lo extraordinario de todo esto no es que ocurra, lo asombroso es que lo recibamos con la misma emoción con que consultamos el pronóstico meteorológico, o leemos los resultados del béisbol o el fútbol.
Así, la frialdad burocrática, ese lenguaje de trámite administrativo de las élites que gobiernan el planeta, aplicado al fin del mundo, es, quizá, el síntoma más inequívoco de nuestra época.
La industria del miedo, entretanto, hace su agosto particular, la construcción de refugios privados se ha disparado a un 200 % desde 2022, proliferan como hongos los búnkeres de lujo, dotados de duchas antirradiactivas, muros de hormigón y acero, y depósitos de agua potable para resistir durante meses.
El costo de estas modernas arcas de Noé oscila entre los 150 000 y los 350 000 euros en Europa; los científicos, sin embargo, se apresuran a desmontar la fantasía. Brooke Buddemeier, del Laboratorio Nacional Lawrence Livermore, recuerda que, tras una explosión nuclear, una persona dispone de apenas 15 minutos para buscar protección contra la lluvia radiactiva.
La realidad es que los búnkeres subterráneos no protegerán a las personas. Debemos invertir en impedir la «proliferación nuclear»; no obstante, la gente prefiere creer en la salvación individual antes que en la responsabilidad colectiva. Nos hemos convertido en una sociedad de tarados que almacenan latas de conserva, mientras los arsenales crecen y los tratados caducan.
LA MENTIRA DEL SUPERVIVIENTE
Hay una escena que resume esta intoxicación ideológica mejor que cualquier ensayo académico, en la serie de Netflix, El refugio atómico, un grupo de multimillonarios se recluye en un lujoso búnker para sobrevivir al holocausto nuclear, la premisa es atractiva, cinematográficamente impecable: el dinero compra la inmortalidad, al menos durante unos capítulos.
Pero la realidad es bastante menos fotogénica, los expertos coinciden en que, aun si alguien lograra refugiarse a tiempo, el llamado «invierno nuclear» colapsaría la agricultura mundial y condenaría a los supervivientes al hambre, las epidemias y la violencia extrema.
La prensa occidental, entretanto, ha ido inoculando la peligrosa idea de que una guerra nuclear es una forma más de conflicto, un peldaño adicional en la escalada bélica, como quien pasa del machete al fusil, y del fusil al misil.
Esta «normalización» del apocalipsis, es, quizá, el triunfo más perverso de la industria armamentista: lograr que la destrucción total nos parezca, sencillamente, inevitable.
Hace algunos años, el cineasta japonés Ryusuke Hamaguchi estrenó una película que nada tenía que ver con la guerra atómica, pero que hablaba, en el fondo, de lo mismo: de cómo las heridas no cicatrizan si no se nombran, de cómo el silencio pudre el alma.
Quizá nos ocurre algo parecido con la amenaza nuclear, hemos callado tanto, nos hemos acostumbrado tanto a su presencia invisible, que ya ni siquiera la percibimos.
La madrugada en la que corregía estas líneas, me asomé al balcón, el barrio estaba en calma, un perro carmelita cabeceaba perezoso en la acera, y el cielo empezaba a teñirse de ese azul profundo que antecede al amanecer.
Pensé en mis nietos, pensé en los niños de Hiroshima, carbonizados en un instante mientras jugaban en los patios escolares, recordé la frase que Albert Camus escribió al día siguiente de aquella primera explosión: «La civilización técnica acaba de alcanzar su mayor grado de salvajismo».
Han pasado muchos años, pero el reloj sigue su cuenta regresiva, imperturbable, mientras nosotros tomamos café y hojeamos el periódico, como si no pasara nada.













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Ricardo Hernández Merino dijo:
1
11 de junio de 2026
10:39:32
María Villarreal dijo:
2
11 de junio de 2026
19:27:44
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