Hay boxeadores que ganan títulos. Hay otros que construyen imperios. Y luego está Teófilo Stevenson Lawrence, el hombre que hizo del ring un territorio inexpugnable durante veinte años y que, a la hora de elegir entre el dinero y la dignidad, respondió con una frase que aún resuena en la memoria de Cuba: «¿Qué es un millón de dólares comparado con el amor de ocho millones de cubanos?».
Nacido el 29 de marzo de 1952 en el batey del central Delicias (hoy Antonio Guiteras) en Puerto Padre, Las Tunas, Stevenson llegó al mundo con el boxeo en los genes.
Su padre, Teófilo Stevenson Parsons –inmigrante de la isla de San Vicente que había cortado caña y también subido a algunos cuadriláteros por necesidad económica– fue el primero en transmitirle el amor por el deporte de los puños. Sin embargo, fue John Herrera, excampeón nacional cubano del peso pesado, quien le enseñó a tirar los primeros golpes en el pueblo natal.
Más tarde, bajo la tutela del ucraniano Andrei Chervonenko y de Alcides Sagarra –el arquitecto de la legendaria Escuela Cubana de Boxeo–, el joven Teófilo se convertiría en el más perfecto de los pesos pesados amateur que haya dado la historia.
Los inicios no fueron sencillos. Stevenson perdió catorce de sus primeras veinte peleas. Boxeaba en los 71 kilogramos y aún no era aquel coloso que años después aterrorizaría al mundo.
Cuando llegó a la categoría pesada todo cambió. En 1969, con apenas 17 años, noqueó de forma fulminante a Nancio Carrillo, el representante de Cuba en los Juegos Olímpicos de México-1968. El aviso estaba dado.
Después, en septiembre de 1972, Múnich fue testigo del nacimiento de la era Stevenson, quien llegó como un desconocido para muchos, pero con un puño derecho que empezaba a tumbar rivales. En los cuartos de final se enfrentó a Duane Bobick, quien sirvió en la marina estadounidense y llegó invicto en 62 peleas. La llamada «esperanza blanca» se veía con el oro al cuello y un contrato millonario en el bolsillo.
Bobick había vencido a Stevenson un año antes en los Panamericanos de Cali y venía dispuesto a derrotarlo, pero aquel cubano que enfrentó en Múnich ya no era el mismo. Durante ocho meses, Chervonenko y Sagarra habían trabajado en su talón de Aquiles: el empleo de la izquierda, y Bobick lo pagó caro. En el tercer asalto, Stevenson lo derribó en tres ocasiones. El combate fue detenido. Acababa, así, el reinado de la «esperanza blanca».
Robert Surkein, veterano federativo estadounidense que llevó equipos a varios Juegos Olímpicos, sentenció después de aquella pelea: «El Stevenson que vi ganarle a Bobick en Múnich-72 era entonces superior al Clay que ganó los 81 kilos en Roma-60 y al Frazier y al Foreman que ganaron en la categoría superior en Tokio-64 y México-68».
En semifinales, el local Peter Hussing –la gran esperanza alemana– duró apenas cuatro minutos y tres segundos ante el vendaval cubano. Hussing confesaría años después: «Uno no tiene tiempo de ver su derecha. Y cuando la ve, es porque la tiene ya sobre el mentón».
La final nunca se peleó: el rumano Ion Alexe se lesionó un brazo en semifinales y Stevenson recibió su primera medalla de oro olímpica. También se llevó la Copa Val Barker como el boxeador más técnico y destacado del torneo.
Con 1,96 metros de estatura y un estilo que combinaba elegancia y poder, Stevenson construyó un repertorio inolvidable: un jab de izquierda penetrante que mantenía a raya a cualquier adversario y una derecha recta demoledora que, cuando caía, rara vez dejaba a su oponente en pie.
A diferencia de otros pegadores, tenía una cualidad que lo hacía aún más grande: no castigaba a sus rivales. Su mano derecha era literalmente prohibida, pero nunca abusó ante oponentes de menor consideración. Se dedicaba a marcar puntos, a boxear con la elegancia de un bailarín. Por eso lo llamaban «el caballero del ring». Aplicaba su arma letal solo si el combate lo requería.
Su reinado en Montreal-1976 fue todavía más arrollador. Ganó sus tres primeros combates en un tiempo total récord de siete minutos y 22 segundos. No hubo quien le hiciera sombra. Segunda medalla de oro.
En Moscú-1980 el abanderado de la delegación cubana subió al ring, venció a sus rivales y ganó la tercera corona olímpica, el segundo pugilista en la historia del boxeo en lograr la hazaña, luego del húngaro Laszlo Papp. Además, «pirolo», como le decían no pocos, conquistó tres campeonatos mundiales amateur (1974, 1978, 1986) y fue dos veces dorado panamericano. Su récord final: de 321 combates, ganó 301.
En 1978, mientras su leyenda crecía, los promotores del boxeo profesional movieron fichas. La oferta llegó clara y millonaria: cinco millones de dólares para enfrentar a Muhammad Ali por el título mundial de los pesos pesados. Muchos boxeadores habrían firmado sin pensarlo; Stevenson, no.
Su respuesta fue inmediata y se convirtió en historia: «¿Qué es un millón de dólares comparado con el amor de ocho millones de cubanos? No cambiaría un pedazo de tierra cubana por todo el dinero que me pudieran dar».
También se cuenta que en Múnich-1972, tras su primera medalla de oro, un agente norteamericano se le acercó con una oferta de dos millones de dólares para pelear contra Joe Frazier. Stevenson declinó y dijo que prefería consagrarse a sus estudios y a la Revolución Cubana.
Hay quienes sostienen que Stevenson no fue campeón olímpico tres veces, sino que debieron ser cinco. La no asistencia de Cuba a Los Ángeles-1984 y Seúl-1988 le impidieron participar cuando aún estaba en plenitud de forma. Especialistas del deporte de los puños aseguran que habría ganado sin discusión
El propio Fidel Castro lo reconoció en un homenaje: «Se podría haber logrado otros dos títulos olímpicos si no hubiera sido por ciertos deberes que los principios del internacionalismo imponen a la Revolución».
Igor Vysotsky, un soviético de escaso palmarés boxístico (estuvo activo solo seis años) fue el único verdugo que tuvo Teófilo en su extensa carrera encima de los cuadriláteros.
El soviético se retiraría poco después sin más gloria que haber sido, por un momento, el hombre que le plantó cara al más grande. Y aunque los puristas argumentan que aquellas peleas ocurrieron en territorio soviético con arbitrajes cuestionables y que Stevenson no estaba en su mejor momento físico, lo cierto es que el nombre de Visotsky sobrevive pegado al del campeón cubano como una sombra inseparable; sin embargo, el destino quiso que nunca se enfrentaran en unos Juegos Olímpicos. La historia del boxeo aún se pregunta qué habría pasado si aquellos dos titanes hubieran chocado en Montreal.
El 11 de junio de 2012 un infarto agudo de miocardio apagó la vida de Teófilo Stevenson en La Habana. Tenía 60 años. Con él se fue el último gran representante de una época en la que el boxeo amateur tenía un rey indiscutible.
«Pirolo», como le decían cariñosamente sus amigos, fue descrito por René González –uno de los Cinco Héroes Cubanos que estuvieron encerrados injustamente en las cárceles de los Estados Unidos– como un hombre tan modesto que aparentaba rechazar la idea de su propia grandeza. «Como atleta hizo vibrar a millones de sus compatriotas; como ser humano se fundía con ellos, y a pesar de su impresionante físico era uno más».
Cuando se habla del más grande boxeador de Cuba, los nombres pueden discutirse. Pero hay uno que se impone sin necesidad de argumentos. Teófilo Stevenson, fallecido un día como hoy, hace 14 años, no solo fue el mejor peso pesado amateur de todos los tiempos. Fue, además, el hombre que enseñó al mundo que se puede ser gigante dentro y fuera del ring.






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