Como cada mañana, Alina se dirige a la parada de la guagua a esperar cualquier cosa que le acerque al Vedado. Es de Jarahueca pero vive en La Palma, así que si de algo entiende es de viajes. P9 o P13, da igual, pero el último llega primero. Está inhumanamente lleno, escribiría luego en su diario. Es miércoles. Un miércoles inolvidable.
De uno en fondo o todos a la vez. Logra poner un pie en la escalerilla y sabemos que donde entra un pie, entra el cuerpo entero. Detrás de ella una madre con un pequeño de cinco años consigue subir también. El niño, descontrolado, comienza a lanzar golpes al aire. A Alina, uno la alcanza. Se gira. Tiene la intención de requerirlo. La madre se disculpa. Le explica que el niño está enfermo de los nervios, que necesita un asiento.
Ya sentados, el niño incontrolable continúa mordiendo y agrediendo a su mamá. Desesperada, ella lo amenaza con dejarlo sin ropas, con amarrarlo delante de todos, “para que pasara una vergüenza”.
“Yo no sabía cómo reaccionar, pero aquello me estaba haciendo mucho daño”, registra después Alina en su diario.
“Todos en la guagua se apartaban con temor de ser agredidos. Me acerqué al niño, y sin la certeza de que él me escuchara, comenté en voz alta que mi bolso era mágico… Sin más, saco una nariz de payaso y manteniéndola en mi mano la pongo en el campo visual del niño. Entonces sucedió el ‘milagro’: el niño comenzó a reír. Al ver la reacción que tuvo, le pedí permiso para ponerle la nariz.
“En ese momento me miró a la cara por primera vez, me aterré, sus ojitos de niño se pusieron en blanco y su cara se contrajo de una manera que no puedo calificar. Entiendo que accede a ponerse la nariz, porque me la arrebata, e intenta ponérsela él solito. Entonces lo ayudo e insistí en comentarle que mi bolso tenía muchas sorpresas, saco otra nariz y me la pongo.
“Comenzamos a jugar hasta tal intimidad que pegamos nariz con nariz. La guagua era un desierto de silencio, se escuchaban las risas del niño y todos atendían a lo que sucedía.
“La mamá me mira a la cara y exclama aliviada: ‘¡Ay, Dios mío, gracias por ponerme una payasa en esta guagua!’… Me pregunta: ‘¿Tú piensas que esto es vida?’, solo pude sonreír con la nariz puesta, pasar mi mano por su cabeza y decirle: ‘Con calma, mamá...’
“Llegó la parada donde debía bajarme, cuando lo hice, en aquel P13 solo se escuchaba la risa del niño, el silencio impresionante de los pasajeros y un sollozo entrecortado, que al fin pude liberar… Ya en la acera no podía dejar de llorar, tuve que sacar mi agenda para escribir estas letras… de alguna manera debía canalizar las emociones.
“Hoy he vivido una experiencia que no puedo describir con palabras, es una sensación de inmensidad de fe a través de una nariz roja”.
TITA Y CELESTE… ESTRELLAS
El bolso de Alina, en realidad, no es mágico, ni las narices estaban allí por casualidad. Alina es una de las payasitas terapéuticas de La Colmenita y ese miércoles se dirigía a una visita habitual en la sala de pediatría del hospital Oncológico, de La Habana. En el bolso guarda su vestuario de payasa y varias narices rojas, que usa para jugar con los niños, que allí están hospitalizados. Su nombre de pila es Alina García pero muchos la conocen como Tita.
Tita milita en una tropa —digamos— especial, sobre todo en estos tiempos modernos donde pocas veces encontramos acciones puramente altruistas y desinteresadas. Gipy, Mantequilla, Jeringuilla, Contentura, Trencita, Dosminutos, Fresita, Bluetooth, DiDi, Dorita y Celeste Estrella son algunos de sus compañeros de batalla, que una o dos veces por semanas invaden las salas de varios hospitales pediátricos de La Habana, Santa Clara y Santiago de Cuba.
Aunque son todos voluntarios y realizan su labor de manera gratuita y —a veces— hasta anónima, los payasos terapéuticos existen en Cuba desde hace mucho tiempo. En estos últimos tres años, se han agrupado en un movimiento cuya coordinación nacional está a cargo de Aniet Venereo o Celeste Estrella, que pertenece a las payasitas terapéuticas de La Colmenita.
El grupo nació bajo la guía de la paramédica canadiense Joan Barrington, directora de Therapeutic Clowns International, quien impartió en el 2012 el primer taller en Cuba a instructores de la compañía infantil, que dirige Carlos Alberto “Tin” Cremata, y que durante ocho años consecutivos recibió la visita del norteamericano Doherty Hunter “Patch” Adams.
“Todo comenzó con un encuentro casual de Adrienne Hunter, una canadiense que vive en Cuba hace 40 años y Joan Barrington. Ambas ‘cocinaron’ la idea de traer aquí la experiencia y adonde primero se dirigieron fue a La Colmenita.
Después del taller que impartió Joan, le presentamos la idea al Programa Materno Infantil del Ministerio de Salud Pública y el proyecto para formar payasos terapéuticos se aprobó en el 2013”, cuenta Celeste, quien es economista de profesión.
En Cuba, existían payasos terapéuticos en Santiago de Cuba y Santa Clara, pero sin la metodología de Barrington. Con estos talleres nos hemos ido uniendo. Nos pensamos como un movimiento para que en cada pediátrico del país exista un payaso. Eso sí, nacimos pensando en la ética desde el principio, dice.
El SER Y EL DEBER SER
Nos definimos como personas que se ponen una nariz roja para establecer una relación de apoyo con los niños enfermos aunque también tenemos experiencias con ancianos.
Un payaso terapéutico visita periódicamente, mínimo una vez por semana, a niños que están en largas estadías en el hospital. Nos ponemos a disposición de ellos, somos sus compañeros de juego. Estamos todo el tiempo pendientes de lo que necesitan tanto el niño como sus acompañantes.
En el entrenamiento trabajamos mucho el contacto visual porque estamos viviendo, a veces, tan agitados que la gente evita mirarse a los ojos. Lo primero que hace un payaso cuando llega es establecer contacto visual con todos los niños y el permiso para entablar una relación con ellos es así: directo a los ojos.
Por supuesto que el vestuario y el maquillaje de un payaso terapéutico son diferentes al que puede tener un payaso del Circo o de espectáculos. Todo debe ser mínimo para no asustar al niño.
Actualmente, en La Habana, las ocho payasitas de La Colmenita estamos en la sala pediátrica del Oncológico, pero hay equipos en el William Soler, en el pediátrico de Centro Habana y en el Juan Manuel Márquez. En el Infantil Norte de Santiago de Cuba también se trabaja una vez a la semana, realizando espectáculos de pequeño formato delante de sus camas; y en Santa Clara hay tres payasas, dos forman parte del personal de salud, una de ellas es sicopedagoga y está casi todos los días con los niños.
Hasta ahora todos somos voluntarios. Me imagino que sea así por algunos años, pero nuestro horizonte es que se convierta en una profesión. Hay países donde se estudia como una carrera y donde se ha visto que es importante la permanencia de un payaso en el hospital. Es una profesión que su nacimiento se sitúa por los años 80. Es muy nuevecita y en Cuba apenas está comenzando.
Tenemos diferentes móviles pero ninguno es el lucro. Nos estamos organizando y estamos creciendo rápidamente. Tenemos en el proyecto amas de casa, médicos, actrices, ingenieras, economistas, aunque hay más mujeres que hombres.
Queremos gente que tenga ganas de hacer y ofrecer ese servicio. Vamos a planificar talleres para todas las provincias.
EL PODER SANADOR
Tanto histórica como culturalmente, los payasos se han asociado con el bienestar de la sociedad y las artes de la curación. Varias investigaciones aseguran que ya Hipócrates recomendaba el humor como terapia curativa y mantenía grupos de actores y payasos en el hospital.
La práctica terapéutica con payasos se formalizó en 1986 cuando, de manera independiente, Karen Ridd, conocida como Robo el Payaso, en Canadá, y Michael Christensen, Doctor Payaso, del Circo de Nueva York, comenzaron a visitar hospitales, vestidos con sus disfraces. Por su parte, en la misma década, Patch Adams, conocido como el doctor de la risoterapia, introdujo el uso de la risa en su interrelación con los pacientes.
A esta labor realizada por los payasos con el fin de mejorar la calidad de vida de los pacientes hospitalizados, se sumaron médicos y personal de salud, entrenados en el arte de los payasos. En Cuba, desde hace varias décadas, especialistas han demostrado que, en el ámbito de la salud mental, elementos como la risa y los juegos alejan las preocupaciones de los pacientes y le facilitan sentirse con mejor disposición psicológica para adaptarse a la vida.
En el Hospital Infantil Norte, en Santiago de Cuba, el psicólogo clínico Eduardo Montoya, asegura que “está demostrado científicamente que el hacer reír a un niño genera cambios bioquímicos en su cuerpo que se traducen en bienestar psicológico”.
Coordinador del proyecto Psicopayasos, Montoya también conocido como Dr. Pon, labora —hace más de 25 años— en el área infantil del hospital, en donde los integrantes del proyecto trabajan en dos direcciones: con niños en grupo de psicoterapia infantil y con niños hospitalizados por trastornos renales.
“Dentro de un hospital, el rol que desempeña el payaso es acompañar a los niños y alejar de sus mentes todos los pensamientos que le puedan causar ansiedad y temor. El payaso es una incongruencia dentro de un hospital donde todas las cosas se toman con mucha seriedad y su labor es hacer la vida más alegre, por eso esa incongruencia se celebra con risas y expectación”.
Sin embargo, los payasos terapéuticos no curan, aclara el especialista desde la oriental provincia, “pero son una medicina complementaria a la labor de los médicos, son la alegría y la esperanza cuando se ha perdido un poco la fe por la vida”.
“Nuestra labor es aceptada de forma incondicional por los niños, sus familiares y el propio personal médico, quien también se ve beneficiado con las visitas de los payasos. Acompañamos a los pequeños cuando tienen que realizarles algunos procederes dolorosos y desviamos su atención con magias, canciones y títeres”.
Sin embargo, el camino hacia la aceptación de los payasos terapéuticos no ha sido siempre suave, lo que refleja la naturaleza ambivalente de la relación entre el payaso y la sociedad de la que forman parte.
Con respecto a esto, Dr. Pon agrega que “es importante que las personas entiendan que los payasos son necesarios dentro de los hospitales. Su accionar es estudiado, se pide permiso para trabajar con los niños, se coordina con el personal médico. Se utilizan recursos terapéuticos como el apoyo, el empoderamiento, la desdramatización de locales y accesorios, la sugestión…es decir, a la vez que alegramos la vida de un niño enfermo hacemos ciencia. Por eso necesitamos la comprensión de todos y de nuestras autoridades institucionales”.
Sobre los contactos que están estableciendo, Celeste añade que más allá del estrecho vínculo que tienen con el Minsap pretenden entablar relaciones con los ministerios de Cultura y Educación.
DIARIO DE UN(a) PAYAS@
Después de cada sesión de trabajo, las payasitas de la Colmenita anotan en sus diarios personales todo lo que aconteció en el día. Así llevan el registro de los niños, sus nombres, la familia, el tipo de tratamiento médico, los juegos que realizaron...
Hay en esas páginas historias tan entrañables como la del pequeño Israel que, con sus tres añitos, se resistía a tomar agua para un ultrasonido y la payasita Tita le mostró una pelota que podía crecer al soplarla. El niño sopló y nada pasó, pero Tita le brindó agua con poderes “sobrenaturales” y la pelota creció y creció hasta que Israel, sin darse cuenta, vació su pomo de agua. Y otras tan conmovedoras como la de María Luisa que estaba aterrada cuando le iban a canalizar una vena y Fresita, Gipy y Tío Popo la entretuvieron de tal manera cantando Vinagrito, que la niña ni cuenta se dio cuando la enfermera la pinchaba.
Yo trabajo con la parte sana del niño, dice Celeste. Me concentro en el juego, en sus gustos, en lo que está necesitando para sentirse bien. Me cuesta un poco más de trabajo hacerlo con los padres. Por lo general, cuando me doy cuenta que los familiares están necesitando un payaso busco apoyo. Trabajamos en equipo y nos respetamos mucho las cosas que sentimos. Hay que cuidarse tanto física como emocionalmente cuando uno hace este tipo de profesión. No puedo llorar ni emocionarme de una manera triste, enfrente de ellos.
Recuerdo los nombres de casi todos…es muy difícil olvidar. Muchos de los pequeños nos visitan luego que salen del hospital, se convierten en nuestros amigos.
La gente me dice que lo que hacemos es muy triste y no es así. Estamos todo el tiempo divirtiéndonos con los niños. Cuando toca despedirse, lo hacemos alabando los momentos lindos… tenemos muchas fotos, con muchas sonrisas. Eso sí nos queda.
El llanto es la alarma de que hace falta un payaso. Eso se extrapola a la vida cotidiana, siempre buscamos en qué lugar podemos ser útiles. Muchas veces siento que cuando contamos lo que hacemos, la gente se esperanza. Lo asumimos de esa manera. Creo que de las cosas buenas, la gente se contagia.











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Daysi dijo:
1
25 de marzo de 2016
01:09:52
Amelia Respondió:
28 de marzo de 2016
10:01:21
Jose Arroyo Campohermoso dijo:
2
25 de marzo de 2016
21:02:35
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