A Juan de Dios Ventura Soriano lo llevaron engañado. Corría 1956 y sus amigos, que ya le habían visto madera, lo inscribieron sin decirle en un programa de aficionados de La Voz de la Alegría, en su natal República Dominicana.
Él ni se lo esperaba, pero subió, cantó y ganó. Aquel chico nacido el 8 de marzo de 1940 en Santiago de los Caballeros, en el corazón del Cibao, acababa de poner un pie en la música sin proponérselo.
Lo que vino después fue una revolución. Juan de Dios pasó a Johnny Ventura y de ahí, se posicionó en la industria musical como El Caballo Mayor.
Cuando formó el Combo Show en 1964, el merengue aún arrastraba sus orígenes rurales. Él le inyectó saxofones, pianos, un tempo más veloz y letras que hablaban de amor, de patria y también de la realidad de los dominicanos negros, todo envuelto en un humor pícaro y sabroso.
Por eso muchos lo consideran el padre del merengue moderno. Su voz de barítono y sus movimientos de cadera, que le valieron comparaciones con Elvis Presley, convirtieron cada concierto en una fiesta.
Los números hablan por sí solos: más de cien álbumes, 28 discos de oro, dos de platino, un Grammy Latino en 2004 por Sin Desperdicio y el Grammy a la Trayectoria Artística en 2006.
En 1974 ya electrizaba el Madison Square Garden de Estados Unidos. El Caribe conquistaba territorio estadounidense.
Entre los aspectos más interesantes de su vida, es que su trayectoria profesional no se limitó a la música. El Caballo Mayor guardaba un as bajo la manga: también era abogado.
Esa doble condición le permitió galopar del escenario al Congreso (fue diputado entre 1982 y 1986), luego a la vicealcaldía de Santo Domingo (1994-1998) y, finalmente, a la alcaldía capitalina (1998-2002). Gobernó la ciudad sin soltar la güira.
Superó el Covid-19 en 2020, pero un infarto lo apagó el 28 de julio de 2021, a los 81 años. Ocho meses después, su hijo Jandy lanzó con él la canción póstuma Yo Soy El Merengue.
Aquel muchacho al que sus amigos inscribieron a escondidas en un concurso se había convertido en embajador eterno de la alegría dominicana.











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