
Estoy sentado bajo el cielo raso en un patio santiaguero. A unos metros rasguean, todavía, las cuerdas de una guitarra, de un contrabajo. Suena a son cubano, tradicional. Y en varios taburetes, alrededor de mí, gentes a las que acabo de estrecharles la mano por vez primera hace pocos minutos desperdigan una botella de ron. Un poco al suelo, “para los santos”, luego baten palmadas. Un, dos, tres; un, dos, cuentan, a ritmo, y me llaman hermano.
Beben con calma y me alcanzan un trago, traquetean una vieja fosforera. Hablan de músicos que no conozco, con nostalgia, me arriman hacia ellos porque dije, al llegar, que era del periódico Granma y que necesitaba hacerles unas preguntas. Las hago, responden. Coinciden en que la Casa de la Trova es un sitio mágico. Coincido. Lo noté cuando puse un pie en la puerta y apareció ante mí, sepia, tremenda, la imagen de Pepe Sánchez en una pared al final del pasillo que lleva al patio. Entonces no sabía que Pepe Sánchez fue un hombre notorio. Pero esa imagen lisa, sonriente, al otro extremo de la puerta grande, me hizo temblar.
Dice Santiago Puentes Isaac, especialista comercial del local, que José Sánchez era sastre y dueño de una impresionante voz barítona capaz de crear melodías notables a pesar de no dominar las leyes del pentagrama. También, según el musicólogo Radamés Giro, fue Sánchez quien confirió al bolero su actual forma, pues a partir de su canción Tristeza el bolero comenzó a escribirse bajo la norma de 32 compases.
Estas fueron razones suficientes para que en julio de 1968 se le llamara a este sitio, de manera oficial, Casa de la Trova Pepe Sánchez, explica Puentes Isaac.
Además, me propone que demos un pequeño recorrido. La historia, es lógico, no escapa de este, pues mientras caminamos los cuatro espacios básicos que la componen, el especialista no puede evitar, con cierto deje pasional en la garganta, relatarme lo que vivencias propias y años de estudio en la Casa de la Trova han dejado en él.
Así supe, por ejemplo, que hay un primer espacio en el que tocan a diario, trovadores, dúos, tríos; descargas a guitarra limpia y voces, entre las 11:00 a.m. y la 1:00 p.m. Este es el más antiguo de esos espacios y es conocido como La Trovita. Sin embargo, el especialista confiesa que no aprueba este nombre popular, pues “demerita la importancia de la trova cubana”.
No lo creo, pero uno de aquellos maestros con los que conversé en el patio, horas más tarde, confirma esta opinión. No puede ser Trovita, me dijo Víctor Lusson Bueno, vocalista del conjunto Melodías de Ayer (agrupación que dio paso al actual Septeto Santiaguero). No puede ser porque de aquí salió el hombre que compuso el primer bolero–son que vio este mundo: Lágrimas negras. Ahí cambió todo, con Miguel Matamoros, en 1929. Por eso tiene que ser Trova, La Trova.
Y es La Trova (o Trovita) un pequeño escenario decorado con cientos de fotografías de artistas que han dejado su huella en este sitio. Destaca un taburete empotrado en una esquina alta de una pared. Es donde se sentó el exbeatle Paul McCartney cuando nos visitó, en el 2000, dice orgulloso Puentes Isaac.
Hay otro espacio: el salón principal, que funciona entre la 1:00 p.m. y las 3:00 p.m. Aquí se presentan quintetos, septetos; agrupaciones de pequeño formato que cultivan nuestra música tradicional.
Luego, en una tercera área —conocida como El patio de Virgilio, en homenaje a Virgilio Palais, creador de la peña El callejón de Virgilio, matriz de la actual Casa— se presentan, de 6:00 p.m. a 8:00 p.m., grupos de mayor formato, lo cual resulta de gran atractivo turístico y para el pueblo en general.
Igualmente, constituye un sitio de gran afluencia pública el llamado Salón de los grandes, donde actúan, desde las 10:00 p.m. y hasta la 1:00 a.m., orquestas pertenecientes al Centro de la Música, a la Egrem u otras instituciones similares.
Todos estos espacios están abiertos de lunes a lunes. Puedo afirmar, dice Puentes Isaac, que esta es de las pocas instalaciones en el país que trabajan con música durante casi 24 horas.
VEN TÚ Y RAYA LA GUITARRA
Antes de este hubo varios locales aislados donde se tocaba música de manera espontánea. Y Virgilio Palais, también intérprete, con mentalidad de comerciante, abrió un recinto donde, además de rasgar la guitarra, ganaba algún dinero. Sucedió que este sitio fue haciéndose popular. Primero por su ubicación geográfica, cercana al parque Carlos Manuel de Céspedes, considerado el centro de la ciudad. Luego por las personas que comenzaron a reunirse allí: Ángel Almenares, Emiliano Blez, trovadores que aunaban alrededor suyo a un sinnúmero de amantes de la música.
Cuenta Víctor Lusson que, en los años 50, Virgilio comenzó a vender tabaco, manjúa y galleticas. Y que el local, entonces, era apenas un zaguán. Los trovadores, explica, terminaban de dar sus serenatas y se reunían aquí. Descargaban, bebían hasta tarde en la noche…
En 1968 el Comandante Juan Almeida Bosque hizo reverdecer la peña de Virgilio, afirma Lusson Bueno. Narra que Almeida, sin escolta, con sombrero de paja, llegaba al local a beber café, a escuchar música. “Fue él quien hizo de la calle Heredia —donde está emplazada la Casa— el centro cultural de Santiago de Cuba”, dice.
A partir de ese momento el Estado comienza a aglutinar a estos trovadores empíricos como una vía más para hacer cultura, apunta Puentes Isaac. Entonces se autoriza a Palais a abrir el centro de manera legal. Y Virgilio, que era un promotor natural, comienza a comercializar, también, algunas bebidas alcohólicas. Así se hizo distintiva del local la frase “tócate y despega”, o sea, “date un traguito y sigue amenizando; porque la trova, sin trago, se traba”.
Luego, debido al éxito cada vez más notable, las autoridades culturales licencian estas descargas de trova, y dan la posibilidad a aquellos músicos autodidactas de formarse como profesionales. Muchos de ellos ingresaron entonces en academias, y el Estado comenzó a pagarles un salario a los que se presentaban habitualmente en la Casa, a través del Centro Provincial de la Música. Así, estos trovadores fueron formando sus propios grupos, los conocidos ventú: “Ven tú y toca las maracas, ven tú y raya la guitarra…”. Y surgieron los primeros grupos trovadorescos: Septeto La Trova, Septeto
Oriente, entre otros.
De ese modo, la Casa se convirtió en la fuente de alimentación de los artistas santiagueros; porque a pesar de solo tocarse en ella ritmos tradicionales, muchos de los músicos que aquí nos presentamos tenemos facultades para interpretar también otros géneros. O sea, que este centro ha contribuido en la formación de músicos integrales, afirma Gabino Jardines Cisneros, cuya guitarra ha sonado, entre otras, junto a la Orquesta Sinfónica de Oslo (Noruega).
A partir del 2005, la Casa se subordina a la Egrem, pero mantiene su objetivo: defender la música tradicional cubana, expone Puentes Isaac. Añade que, con motivo del aniversario 500 de la ciudad de Santiago de Cuba, la Casa fue restaurada. Se llevó a cabo un amplio proceso de reparación, “porque si esto se pierde se pierde nuestra cultura y, con ella, nuestra nacionalidad”.
Por ello, también prestamos especial atención a la juventud, porque los trovadores se están poniendo viejos. Y si a la gente nueva le inculcamos el amor por esta música, aseguramos el futuro, asevera.
Héctor Currá González , un trovador veinteañero de la AHS, lo corrobora. Llega, guitarra al hombro. Dice que el centro le brinda la oportunidad de mostrar su arte, “contemporáneo, pero con la esencia que nos legaron los fundadores de este movimiento”.
Yo no trabajo en la trova, pero para mí es lo máximo llegar a este lugar, escuchar música, aprender la historia de la Casa de boca de esa gente que le ha dado su trascendencia, afirma Salvador Llorens Peláez, percusionista de la orquesta Suena Cubano. Añade que muchos jóvenes tildan de locos a los que ahí se reúnen, que lo ven como un sitio decadente. “Ellos no saben —dice— la importancia histórica y cultural que tiene este lugar para los cubanos”.
La Casa de la Trova fue creada para que no se perdiera el espíritu de Pepe Sánchez, de Sindo, de Almenares, de aquellos trovadores que marcaron un hito en la cultura cubana, dice Víctor Lusson Bueno.
Hoy en día trabajamos para eso, para que aquel espíritu de “tócate y despega” no muera nunca, y que con él no muera nuestra música tradicional, insiste. Luego levanta el vaso y, por cuarta vez, me brinda. Yo me “toco”. “Despego”. Horas más tarde salgo de allí. Dejo atrás, poco a poco, la Casa de la Trova. Y me adentro en las calles sonoras de Santiago. Queriendo regresar.











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paco dijo:
1
22 de enero de 2016
08:26:44
Magdalena Ruiz Padilla dijo:
2
23 de enero de 2016
11:23:28
magdalena ruiz padilla dijo:
3
23 de enero de 2016
11:33:41
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