La maestra escucha atenta desde el primer balcón la música de Schedrin sobre Bizet. Las cortinas se corren y el gran rodeo comienza. La vida y el destino se tejen en torno a Carmen, la cigarrera peligrosa y sensual a la que la prima ballerina assoluta Alicia Alonso, ahora sentada desde el balcón, dotó de incomparables formas de ejecución.
El elenco se rejuveneció doce años después de la última puesta que hiciera el Ballet Nacional de Cuba de la obra cumbre de Alberto Alonso. Solamente las primeras bailarinas Viengsay Valdés y Anette Delgado lo asumieron en aquella ocasión.
Carmen es un ballet exigente para los danzantes, les obliga a asumir la técnica como vía y no como fin. No precisa el desborde de virtuosismo, sino la limpieza, atender el distintivo trabajo con los pies, los brazos y la pasión de los movimientos tan característicos de Alberto y entender el rol de cada personaje, su contexto, la relación con los otros, para que las interpretaciones no desentonen con estériles sobreactuaciones.
Esta vez se sumó a las Carmen cubanas Sadaise Arencibia con particulares acentos en la interpretación y una feliz definición; Anette lució cómoda y explosiva en el personaje; mientras que la Valdés disfrutó sus dos noches a plenitud, lo hizo suyo y lo proyectó al público con elegancia y majestad.
Carmen teje la historia de tres hombres engañados por una mujer cuya desvergüenza y erotismo para asumir la vida eran criticados por la sociedad, representada por un cuerpo de baile estricto, rígido e impávido.
Los diseños de Salvador Fernández y su representativo rodeo de toros aluden a la vida como un rejuego de relaciones de poder. El juego de seducción de Carmen teje su propio destino.
Se unen en un mismo personaje el toro y el destino, fatal dupla que dispone su trágica muerte a manos de José. Tocó asumir el difícil doble rol a las jovencísimas Estheysis Menéndez, de línea e interpretaciones fantásticas, Dayesi Torriente, de agraciada musicalidad y seguridad pasmosa; y Ginett Moncho, de belleza y proporciones exquisitas.
Tres hombres son engañados por la seductora Carmen: Zúñiga, disciplinado capitán asumido por José Losada y Leandro Pérez; el torero Escamillo, compartido por Dani Hernández, Luis Valle y Esnel Ramos; y José, el enamorado militar degradado por dejarla escapar. Tocó el turno de dar vida a este personaje a Dani Hernández, Víctor Estévez y de estrenarse a Alfredo Ibáñez.
Para destacar el Escamillo de Luis Valle, portento físico de la compañía, con cualidades técnicas a seguir y facilidades interpretativas para este tipo de personaje de macho español.
Además Alfredo Ibáñez regaló un debut para la historia como Don José. El bailarín posee formas exquisitas para la caracterización de los personajes (ya lo ha demostrado en otros roles exigentes) y esta ha sido, tal vez, una de sus graduaciones como un bailarín de categoría, con una técnica sin alardes ni altisonancias, precisa y justo donde se necesita. Tiempo al tiempo.
Las cinco funciones que ofreció el Ballet Nacional de Cuba son muestra de la seguridad de la principal compañía danzaria del país. No importan la juventud y la inexperiencia, pues el talento y las ganas están. Asumieron tres estilos diferentes con igual prestancia: Las sílfides y Celeste completaron el programa de la noche.
Puede estar tranquila la maestra en su balcón, el relevo está garantizado.











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