El Paisa, Edurdo Jardines Rosell, estaba entre los menores de los cinco hermanos —entre ellos una hembra—, nacidos y criados bajo la tutela de Estela. Su padre, Antonio, se separó de la madre cuando ellos eran unos niños. «Dice la vieja que no nos abandonó, aunque no lo veíamos tan a menudo. Ella jamás abrió la boca para hablarnos mal de él».
Los cuatro varones nacieron con el don de «negritos guapos», de la única manera que se podía vivir en Los Arabos, de donde son oriundos, hasta que llegaron al central Ecuador, en Baraguá y, después, al barrio La Turbina, una zona de tolerancia donde las mujeres iban a limosnear, a prostituirse por la necesidad de una época que ya es difunta, pero que todavía duele.
Eran tiempos pasados y los hermanos Jardines vieron en el boxeo el deporte que daba autoridad en el barrio. Fue así, casi por unanimidad, que se pusieron a practicarlo para defenderse y ayudar a la vieja, que tenía la misión de alimentar las barrigas de cuatro «pichones» de seres hambrientos.
Tres de los cuatro varones combatieron en los más encumbrados cuadriláteros de la época: Florida, Jatibonico, Gato Prieto, Sanguily, Morón… y otras plazas «famosas» de aquel tiempo.
El Paisa, combatiente de Playa Girón, encima de una de las cuatrobocas que hizo huir a uno de los aviones enemigos. «No sé si fue la dotación mía, pro lo vi caer».
Plomero, albañil, trabajador de un contingente, despedidor de duelos, hombre dicharachero que, a los 83 años, está tan duro como el jiquí, y presto a defender lo que en Girón, me comentó la anécdota hace algún tiempo; anécdota inédita hasta ahora para la prensa.
Resulta que, en una de esas peleas profesionales de antaño, el ganador percibía seis pesos y el perdedor la mitad de esa cifra.
A Jatibonico llegaron por sus medios los tres hermanos boxeadores. A las 3: 00 de la tarde inició el cartel y allí estaban, llenos de ilusiones, casi seguro de que regresaría con los 18 pesos, entonces un tesoro que emplearían en pagar deudas y llenar las barrigas en lo que presagiaban sería un memorable fin de año, como en realidad sucedió.
La madre, conocedora de las habilidades y las impericias de sus hijos, confiaba en que Antonio «El Baby» Jardines—, que ya había cruzado guantes con el mismísimo Kid Gavilán, traería los seis pesos de vencedor, al igual que Eduardito, todo un estilistas y especialista en dar y no recibir golpes. De Jorge también podía esperarse la victoria, pero no era tan segura como la de los otros dos.
Eduardito sería el último en pelear, por lo atractivo que se presagiaba resultaría el combate con un hombre que no daba ni pedía tregua: Mario Cocula, también en la división de las 114 libras.
El Paisa, todavía hoy, tiene en la memoria la imagen de aquella pelea y en el hígado la fuerza del golpe de Cocula, un jabao de manos grandes y músculos fibrosos. Desde las sillas improvisadas, especie de graderío de la época, desde el comienzo del combate, los hermanos le gritaban: «Muévete, Eduardito, muévete. Ten cuidado que tiene pegada, lo mismo con la derecha recta que con el gancho de izquierda».
Eduardito se movía como un felino. Había sorteado con elegancia cuantos golpes Cocula había intentado. Iba rumbo a la victoria, creía él, pero el contrincante pensaba distinto.
No habían pasado los dos minutos de combate y Cocula aprovechó un descuido de Eduardito y desembarcó la combinación letal, arriba y abajo, y Eduardito cayó como un saco de papa, muy cerca de donde estaban sus hermanos.
—Párate, Eduardito que son seis pesos, párate.
Y Eduardito, retorcido de dolor, escuchaba aquel lejano «párate, Eduardito, que son seis pesos» que le repetían al unísono una y otra vez. Y cuando volvió en él y despertó de la anestesia del golpe, ni corto ni perezoso, le respondió medio gago y con la mano puesta a la altura del hígado: «Coño, no jodan más, con tres pesos me basta».
Como pudo se puso de pie y ni cuenta se había dado que el árbitro había decretado el nocao a favor del de Jatibonico. Fue una de las pocas peleas que perdió el El Paisa, quien a los 83 años todavía hace cuclillas, se mueve al estilo de Kid Chocolate y hace esparrin y sombra en la soledad de su casa, con unos gantes «de afuera» que le regaló uno de sus nietos.
Y a cada rato recuerda aquel golpe de Mario Cocula —el hombre más fuerte que enfrentó en su vida de boxeador— y las palabras de sus hermanos: «Párate, Eduardito, párate, que son seis pesos».













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