Revisando notas, encuentro unas declaraciones del reconocido escritor argentino Guillermo Martínez (1962) en las que expresa que en la narrativa actual de su país conviven al menos cuatro generaciones con tendencias estéticas agudamente contrapuestas.
A partir de los años 80 —opina él— se desarrolló un bando dominante en los espacios de poder cultural y en la crítica académica, que trató de instalar un pensamiento crítico único: el desprecio automático por las novelas que proponen una trama (y la celebración automática de cualquier novela sin trama como estadio supuestamente superior), el rechazo a las novelas “de ideas”, o de personajes, la exaltación de lo fragmentario, lo moroso, lo incompleto, lo paródico, como si fueran por sí mismos atributos de sofisticación narrativa, y la invocación de supuestos “experimentos” del lenguaje, que repiten, entre la ignorancia y la mala fe, el repertorio exhausto de cien años de modernismo.
Por suerte también hay —aclara Martínez—escritores que siguen creyendo en la imaginación, en la posibilidad de ir más allá de lo “ya dicho”, y que se plantean todavía el desafío de la originalidad.
En este último cuadro expuesto por Martínez es donde, sin explicarlo él mismo, se inscribe su obra, con más interés en crear atmósferas que en hacer gala del detalle gráfico, o de un dominio del lenguaje que lo convierta en un estilista.
Pero no es hacia Martínez, también doctor en Matemáticas y con una de sus novelas (Crímenes imperceptibles) llevada al cine por el director español Álex de la Iglesia en 2008 como Los crímenes en Oxford, hacia donde apuntan estas líneas, sino a las estéticas defendidas por aquellos que las toman como sostén del oficio, al tiempo que excomulgan a los que no rindan pleitesía.
Novela realista, novela experimental, novela barroca, novela posmodernista, novela comprometida, novela nacional, novela histórica, novela insistiendo todavía en el realismo mágico, novela de aventuras, policiaca, erótica; se escribe lo que se quiera escribir y detrás parecieran ir quedando los tiempos de los dictados críticos profesionales, entre otras razones porque los críticos —no pocos escritores también— a ratos dan prueba de su incapacidad para desprenderse del más pernicioso de los juicios: “solo lo que me gusta a mí... es bueno”… y por lo tanto, sus “directivas” cada vez son tomadas menos en serio.
Hay una literatura a la que el tiempo hace “vieja” irremediablemente, pero a nadie se le puede obligar a que escriba a tono con una proclamada última moda (o nuevo rompimiento con el canon tan llevado y traído) porque la imaginación, la posibilidad de ir más allá de lo “ya dicho”, la originalidad, lo poético, la facultad de conmover (o de estremecer) son los factores que deben prevalecer en cualquier estética asumida, y no la estética por sí misma
Además, ¿cuántas modas, deslumbrantes en su tiempo y copiadas hasta el delirio —al igual que hoy se hace con mayor o menor fortuna—, no se convirtieron en pasto del olvido?
En la novela todo vale y todas las tendencias y temas deben tenerse en cuenta como la mejor de las convivencias en una confrontación estética donde no siempre las reglas del juego (esas decisiones en sus diferentes niveles; escritor-escritor, escritor-editorial, escritor-jurados de premios) se encuentran bien definidas.
O lo que es lo mismo: la novela y los novelistas expresándose con calidad en el terreno que mejor se sientan y sin ningún tipo de corsé que los invalide antes de ser enjuiciados, o peor aún, leídos.











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Alberto Salazar dijo:
1
6 de octubre de 2014
00:58:04
Arturo dijo:
2
6 de octubre de 2014
07:36:43
Asela dijo:
3
6 de octubre de 2014
08:30:52
Mario R dijo:
4
6 de octubre de 2014
13:38:16
Asela dijo:
5
6 de octubre de 2014
16:00:50
olga dijo:
6
11 de octubre de 2014
13:36:49
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