
El cuento está fechado en 1996, se titula La última cena y en él un padre desesperado porque al día siguiente será 31 de diciembre, se va al campo con la esperanza de que podrá cambiar la mediocre grabadora de sus hijos por un puerco.
El campesino que se topa (y que terminará siendo un personaje de corte fantástico en su concepción literaria), luego de mostrarle un estante lleno de artículos electrónicos de primera calidad —canjeados por carne—, se reirá de él y, entre ironías, le trazará un cuadro económico social nada complaciente, por cuanto evidencia lo absurdo del ropaje burocrático desnudado por las realidades cotidianas.
El cuento forma parte de la antología Cuentos completos, Eduardo Heras León (Letras Cubanas, 531 páginas, 2013) y viene a confirmar que a lo largo de más de cuarenta años el autor —que siendo muy joven se diera a conocer con dos libros emblemáticos de la literatura cubana— no ha dejado de tomarle el pulso a los escenarios de su tiempo.
Francisco López Sacha, en su enjundioso prólogo, y refiriéndose tanto a este cuento, como a otros que toman como sujeto el confuso panorama económico de los años noventa, señala que Heras se apoya en “esos factores como referencia pero en modo alguno (sus cuentos) pretenden denunciar o convertir en panfleto esa materia ingrata. Heras León traslada la grisura del mundo cotidiano, y hasta su violencia soterrada, a una dramática distinta para ofrecer un criterio de arte sobre una experiencia histórica muy difícil de estilizar”.
Si algo ha caracterizado la literatura de Eduardo Heras ha sido la sinceridad para no dejarse encasillar por visiones preconcebidas de la realidad. Un escritor que al dimensionar al ser humano junto al contexto, sale a buscarlo y lo disecciona, lo mismo mediante la épica (los cuentos nacidos de su experiencia miliciana en Playa Girón) que convirtiéndolo en sujeto de lo que para él ha sido un ejercicio reiterado: la digna función crítica de la literatura y el arte.
Cierto que al tomarle el pulso a su país, Heras ha sido un cronista de su tiempo, pero sus cuentos son más que eso por cuanto —además de una visión realista— impera en ellos una transposición poética que, aun cambiante con los años en su estilo literario, no deja de tener los pies sobre la tierra y de alimentarse del día a día que conforman el tejido social y humano de una nación.
Hace unos treinta años le pregunté al Chino Heras qué era lo primero que hacía temprano en la mañana y creyendo que respondería:”sentarme a escribir”, dijo: “informarme, por cualquier medio, de lo que sucede en Cuba y en el mundo, solo luego de saber, escribo”.
Informarse para bien de la literatura, habría que decir, porque este escritor que con maestría y cambiando voces se disimula él mismo detrás de muchos personajes, este periodista y crítico de ballet, que antes fue limpiabotas y operador de una batería antiaérea durante la invasión de Girón, este maestro de generaciones, que no escatima horas de creación para dedicárselas a la enseñanza literaria; el editor por excelencia, el joven que a los 28 años sorprende con su primer libro, La guerra tuvo seis nombres, que junto al siguiente, Los pasos en la hierba, recibirá el ataque de los obtusos que abogaban por héroes de cartón y conflictos en blanco y negro, este Chino Heras, afable, buena gente, trabajador incansable, será esencial a la hora de que nosotros, o los hijos, o los nietos, viremos la página para saber qué colores tuvo la épica, o luces y tropiezos el transcurrir de una vida que pocas veces transitó por fáciles senderos.











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adela dijo:
1
18 de septiembre de 2014
09:05:16
Enrique el Antiguo dijo:
2
18 de septiembre de 2014
14:08:19
Doris dijo:
3
18 de septiembre de 2014
15:28:12
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