Autoridad de la discrepancia

ANNERIS IVETTE LEYVA

El poco empeño para sostener argumentos divergentes, el temor a desentonar en un colectivo, la conveniencia de no entrar en desacuerdo con el "nivel superior"..., podrían ser los móviles de quienes, teniendo elementos para discordar y en posición de esgrimirlos, decidieron alguna vez enmudecer una opinión, o a más dar compartirla en el pasillo.

Foto: José M. CorreaLa discusión del Proyecto de Lineamientos constituyó un ejemplo de cuánto se enriquecen las ideas con el intercambio franco de criterios.

Así, entre muchas evidencias, nos gritan el costo de nuestros ineficientes mutismos incumplimientos de planes productivos que a la hora de ser ratificados no contaron con alguien que alertara de su improbabilidad, y edificaciones que burlan la armonía urbanística porque quien debía percatarse de la violación no avisó a tiempo.

Las consecuencias de tales irresponsabilidades individuales, pesan sobre los hombros de todos.

Es cierto —y lo ha reconocido la máxima dirigencia del país— que determinadas prácticas institucionalizadas hace décadas en nuestra sociedad, bajo la necesidad de mantener incólume un consenso nacional en los más diversos ámbitos como principal arma defensiva ante un escenario de perenne agresión contrarrevolucionaria, llevaron a escuchar con suspicacia cualquier voz discrepante y, por momentos, aun con las mejores intenciones, a confundir el camino de la unidad construida desde lo diverso por el de la unanimidad esquemática.

Pero nunca fue este el espíritu de la Revolución y abundan los ejemplos. En fecha tan temprana como el 8 de enero de 1959, a la entrada triunfal en La Habana, Fidel decía en el antiguo Columbia, hoy Ciudad Libertad: Decir la verdad es el primer deber de todo revolucionario. Engañar al pueblo, despertarle engañosas ilusiones, siempre traería las peores consecuencias... [... ] cuando no tengamos delante al enemigo, cuando la guerra haya concluido, los únicos enemigos de la Revolución podemos ser nosotros mismos [... ].

Luego, en una de las reuniones bimestrales del Ministerio de Industrias, el Che planteaba: "Nosotros hemos insistido mucho en una cosa y es la discusión colectiva y la responsabilidad única, el hecho de dar participación a la gente en las cosas, de discutir, de aceptar las sugerencias que sean correctas, de discutir las que sean incorrectas, no quitan, de ninguna manera, la autoridad".

Esa voluntad política latente en los años iniciales del triunfo revolucionario, renovada a mediados de la década de los años ochenta con el proceso de rectificación de errores y tendencias negativas, y fortalecida en los parlamentos obreros al despuntar los años noventa con su alud de cambios, nos pide hoy superar otro peldaño.

En la Primera Conferencia Nacional del Partido, el Primer Secretario de la organización, Raúl Castro, subrayó: "Es preciso acostumbrarnos todos a decirnos las verdades de frente, mirándonos a los ojos, discrepar y discutir, discrepar incluso de lo que digan los jefes, cuando consideramos que nos asiste la razón, como es lógico, en el lugar adecuado, en el momento oportuno y de forma correcta".

A este planteamiento le siguió la alerta de que la incapacidad para erradicar los errores pasados y en los que pudiéramos incurrir, constituía la mayor amenaza de nuestro proyecto social. ¿Y de qué otra forma reconocerlos sino pronunciándolos?

Por tal motivo una y otra vez —incluida la última reunión del Consejo de Ministros—, el compañero Raúl ha insistido en la necesidad de intercambiar criterios, de hacer nacer las mejores ideas del diálogo entre interlocutores diversos con un mismo fin.

Un buen referente, celebrado por él mismo, lo constituyó la discusión popular del Proyecto de Lineamientos de la Política Económica y Social, previa a la celebración del Sexto Congreso del Partido. Como fruto de este ejercicio democrático, resultó modificado el 68 % de las 291 directrices iniciales. ¿Qué habría pasado si las más de tres millones 19 mil intervenciones que propiciaron estos cambios hubieran terminado en intención?

Saber callar es un acto de sabiduría cuando la idea poco aporta o no viene a lugar esgrimirla; pero aplicar la máxima sin discriminar el caso puede empujarnos hacia el terreno cenagoso del inmovilismo y la apatía. Las palabras, incluso las no dichas, nos hacen responsables de sus efectos.

 

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