Así, entre muchas evidencias, nos gritan el costo de nuestros
ineficientes mutismos incumplimientos de planes productivos que a la
hora de ser ratificados no contaron con alguien que alertara de su
improbabilidad, y edificaciones que burlan la armonía urbanística
porque quien debía percatarse de la violación no avisó a tiempo.
Las consecuencias de tales irresponsabilidades individuales,
pesan sobre los hombros de todos.
Es cierto —y lo ha reconocido la máxima dirigencia del país— que
determinadas prácticas institucionalizadas hace décadas en nuestra
sociedad, bajo la necesidad de mantener incólume un consenso
nacional en los más diversos ámbitos como principal arma defensiva
ante un escenario de perenne agresión contrarrevolucionaria,
llevaron a escuchar con suspicacia cualquier voz discrepante y, por
momentos, aun con las mejores intenciones, a confundir el camino de
la unidad construida desde lo diverso por el de la unanimidad
esquemática.
Pero nunca fue este el espíritu de la Revolución y abundan los
ejemplos. En fecha tan temprana como el 8 de enero de 1959, a la
entrada triunfal en La Habana, Fidel decía en el antiguo Columbia,
hoy Ciudad Libertad: Decir la verdad es el primer deber de todo
revolucionario. Engañar al pueblo, despertarle engañosas ilusiones,
siempre traería las peores consecuencias... [... ] cuando no
tengamos delante al enemigo, cuando la guerra haya concluido, los
únicos enemigos de la Revolución podemos ser nosotros mismos [... ].
Luego, en una de las reuniones bimestrales del Ministerio de
Industrias, el Che planteaba: "Nosotros hemos insistido mucho en una
cosa y es la discusión colectiva y la responsabilidad única, el
hecho de dar participación a la gente en las cosas, de discutir, de
aceptar las sugerencias que sean correctas, de discutir las que sean
incorrectas, no quitan, de ninguna manera, la autoridad".
Esa voluntad política latente en los años iniciales del triunfo
revolucionario, renovada a mediados de la década de los años ochenta
con el proceso de rectificación de errores y tendencias negativas, y
fortalecida en los parlamentos obreros al despuntar los años noventa
con su alud de cambios, nos pide hoy superar otro peldaño.
En la Primera Conferencia Nacional del Partido, el Primer
Secretario de la organización, Raúl Castro, subrayó: "Es preciso
acostumbrarnos todos a decirnos las verdades de frente, mirándonos a
los ojos, discrepar y discutir, discrepar incluso de lo que digan
los jefes, cuando consideramos que nos asiste la razón, como es
lógico, en el lugar adecuado, en el momento oportuno y de forma
correcta".
A este planteamiento le siguió la alerta de que la incapacidad
para erradicar los errores pasados y en los que pudiéramos incurrir,
constituía la mayor amenaza de nuestro proyecto social. ¿Y de qué
otra forma reconocerlos sino pronunciándolos?
Por tal motivo una y otra vez —incluida la última reunión del
Consejo de Ministros—, el compañero Raúl ha insistido en la
necesidad de intercambiar criterios, de hacer nacer las mejores
ideas del diálogo entre interlocutores diversos con un mismo fin.
Un buen referente, celebrado por él mismo, lo constituyó la
discusión popular del Proyecto de Lineamientos de la Política
Económica y Social, previa a la celebración del Sexto Congreso del
Partido. Como fruto de este ejercicio democrático, resultó
modificado el 68 % de las 291 directrices iniciales. ¿Qué habría
pasado si las más de tres millones 19 mil intervenciones que
propiciaron estos cambios hubieran terminado en intención?
Saber callar es un acto de sabiduría cuando la idea poco aporta o
no viene a lugar esgrimirla; pero aplicar la máxima sin discriminar
el caso puede empujarnos hacia el terreno cenagoso del inmovilismo y
la apatía. Las palabras, incluso las no dichas, nos hacen
responsables de sus efectos.