La Grecia de hoy en día no se ha alejado tanto del espíritu que
alumbró aquella visión del mundo: por un lado, el pueblo sigue
sufriendo los embates de unas fuerzas desconocidas e incorpóreas
(los mercados) que, como los antiguos dioses olímpicos, parecen
existir y actuar al margen de valores y virtudes humanos tales como
la justicia, la sabiduría o la honestidad; por otro, los tiranos
continúan recurriendo al pensamiento prelógico para tratar de
aplacar esas potencias arbitrarias y caóticas, que únicamente pueden
ser sosegadas —y solo temporalmente—- mediante constantes
sacrificios y hecatombes realizadas en su nombre.
Es por ello que los antiguos mitos se prestan en el contexto
actual como la mejor forma de explicar los males sociales y
económicos que abaten el país. La espiral de austeridad, los
continuos memorandos, las deudas y los plazos, la permanencia o la
salida de la eurozona, se presentan en los mismos términos que las
leyendas arcaicas sobre la prosperidad y la ruina, el orden y el
caos o la venganza de los poderosos.
A estas alturas, los ciudadanos griegos se sienten como el
antiguo rey Sísifo, fundador de la ciudad de Corinto, condenado por
los dioses a empujar una roca montaña arriba para dejarla caer por
la otra vertiente. Un castigo cíclico y eterno, pues cuando está a
punto de lograrlo se ve obligado a retroceder debido al peso de la
malvada piedra, que vuelve a caer hasta la parte más baja de la
ladera.
Los recortes en los sueldos y las pensiones, el aumento de
impuestos o la paulatina desaparición de las coberturas sociales
sirven para expiar el pecado original de quienes pensaron un día ser
partícipes de eso que se dio en llamar el "estado del bienestar", y
nos recuerdan al mito del titán Prometeo, aquel que robó el fuego a
los dioses para beneficio de la humanidad. También el escarmiento
para cuantos se oponen a la iniquidad de las nuevas deidades es
diario y eterno. Cada mañana, los medios de prensa anuncian las
últimas medidas pergeñadas la víspera y que, como el buitre hacía
con el hígado del héroe, se encargan de devorar las vísceras de los
ciudadanos, posteriormente regeneradas durante la noche para poder
enfrentarse a una nueva jornada.
Que se sepa, nadie ha robado por el momento a esa santísima
trinidad —o troika— integrada por la Comisión Europea, el Banco
Central Europeo y el Fondo Monetario Internacional. Pero sus
concesiones, a semejanza de lo ocurrido con la Pandora ofrecida por
Zeus, han conseguido esparcir todos los males de este mundo. Cuando
los gobernantes griegos recibieron de esos seres superiores el
"rescate" que solucionaría su penosa situación, no tuvieron presente
la insensata acción de Epimeteo, cuando al abrir la vasija de la
bella Pandora liberó todas las calamidades que podían malograr la
felicidad del ser humano, tales como la vejez, la fatiga, la
enfermedad, la demencia o el vicio. Del mismo modo imprudente, los
Samarás y los Venizelos, contra toda lógica y razón, han infectado a
la sociedad griega de todo aquello que constituye la esencia del
capitalismo: explotación, pobreza, marginación, barbarie y fascismo.
Hesiodo, uno de los primeros cronistas de los mitos griegos,
explicaba que el mal de los hombres y de las mujeres radicaba en su
torpeza a la hora de actuar y no en la injusticia divina. Decía el
poeta que "muchas veces, hasta toda una ciudad carga con la culpa de
un malvado cada vez que comete delitos o proyecta barbaridades".
Tres mil años después, solo hemos variado cuantitativamente, ahora
las injusticias de un buen número de poderosos acaban con naciones
enteras.