ÓRGANO OFICIAL DEL COMITÉ CENTRAL DEL PARTIDO COMUNISTA DE CUBA
Imagen de Baskets (FX, 2016–2019). Foto: Fotograma de la Película

La melancolía vital del personaje de Louie en la serie homónima (2010–2015) podría ser una de las coordenadas referativas del personaje central de Baskets –la serie de la cadena FX cuya década de estreno se cumple, si bien los 40 episodios de sus cuatro temporadas se extendieron hasta 2019–, aunque su tipología se configura mucho más directamente proclive al patetismo puro.

Que recuerde, ninguna de las dramedias norteamericanas salidas del cable (ni incluso Man Seeking Woman y The Last Man on Earth, otras gemas de FX), mucho menos de la televisión abierta, trabajó antes con material humano con tanto potencial de autohumillación, de calamidad emocional.

El Zach Galifianiakis menos Galifianiakis posible –nada que ver con Resacón en Las Vegas o el tipo de filmes acostumbrados por él– compone a Chip Baskets (o Renoir en el arte), este peculiar payaso de ese EE.UU. ignoto de pueblitos rurales, quien intentó estudiar el oficio de clown en Francia y terminó laborando en un rodeo de mala muerte para vaqueros ebrios en algún lugar de California.

Él pasa de todo, no la lleva bien ni con su hermano Dale (compuesto por el mismo actor) ni con su madre Christine –la incorpora un hombre, el aquí grande Louis Anderson: pagar por verlo– ni con esta omnipresente agente de seguros llamada Martha (Martha Kelly), ingrávida, impávida, culmen de la inexpresividad: ex profeso, no es defecto como puede apreciar el receptor de la serie.

Chip Baskets, o Renoir, ama a Penélope, una mujer francesa casada con él solo por el interés de hacerse con la tarjeta verde de la ciudadanía norteamericana.

En la franja inicial de la serie, a lo único que él le presta interés real es a dicha mujer, a quien el triste clown en verdad poco le importa. La europea le esquilma el sentimiento, pero el hombre contento. Así de indefenso es el personaje de esta dramedia, o mejor traumedy (comedia traumática), un sujeto rodeado de gente hostil, tóxica, que muy poco de comprensión o apoyo le presta.

Bajo el mando del director Jonathan Krisel, exportado de Portlandia, y creada a seis manos –se unen las suyas a las del gestor principal, Louis C.K., y a las del propio Zach Galifianiakis–, la argamasa del relato tiene en este personaje incómodo de Chip Baskets, ora impenetrable, ora descarnadamente desprotegido, una aprovechada base dramática para una reflexión más expandida.

A partir de dicha base se compone una suerte de diagrama de aproximación al fracaso vital y el desinterés existencial de los crecientes emocionalmente deprimidos segmentos de una sociedad como la estadounidense, cuya salud mental está cada vez más agrietada, de acuerdo con los propios informes anuales suyos.

Con independencia de que unos pocos les prodigaran los elogios merecidos, ninguna de las temporadas de Baskets concitó loas por parte de varios críticos norteamericanos, por ser –suscribieron estos– una parodia desalmada y sin gracia del modo de vida estadounidense.

Pero en realidad no es así. Va tan dirigida hacia lo individual la óptica del guion que, si bien se emplea para proyectar obvias visiones generales sobre las falencias y mentiras de un modo de vida, cuanto más cuenta aquí es hacernos partícipes de la existencia complicada, triste, patética (harto patética) de este hombre medio roto que te arranca sonrisas de su mismo dolor.

Esto último resulta algo tan viejo como Chaplin. No obstante, casi nunca había sido entrevisto de una manera tan retorcidamente buena en la teleficción estadounidense como en esta serie.

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