ÓRGANO OFICIAL DEL COMITÉ CENTRAL DEL PARTIDO COMUNISTA DE CUBA
Francisco de Quevedo, pilar de las letras del Siglo de Oro español. Foto: https://www.dream-alcala.

Bien se sabe: la palabra quevedesco alude a una de las más altas voces del Siglo de Oro español, el madrileño Francisco de Quevedo, nacido en septiembre de 1580 (algunas biografías dicen que el 14; otras, que el 17) y fallecido en el propio mes, en 1645, a pocos días de cumplir 65 años.

Muchos son los nombres grandiosos que da la literatura; y sin embargo, no todos consiguen derivar de él un término que apunte a la referencia de la obra propia, con entrada en el Diccionario de la Lengua Española, como sucede también con el adjetivo gongorino, que denomina lo relativo a Luis de Góngora (1561-1627), otro de los portentos del barroco en ese periodo creativo. Tanto por ser, como el primero, genio en su particular estilo –Quevedo, del conceptismo y él, del culteranismo– como por la conocida rivalidad que ambos sostuvieron, son autores que llegan casi siempre juntos a la memoria, siglos después, y desde siempre,  en su condición de clásicos.

Pero es septiembre, honremos a Quevedo. Su historia de vida late en las disímiles biografías que de él se han escrito, en las que se le reconoce, entre otros específicos detalles, como prominente escritor, en tanto fue –y de altos quilates–  novelista, dramaturgo, ensayista y poeta, nacido en cuna noble, y dueño de una gran inteligencia; para más señas, miope y de pies torcidos, lo que provocó en la niñez cierto rechazo de los otros, y palió entregándose profundamente a la lectura. Su existencia estuvo marcada por la aventura. Fue un político polémico, y sufrió prisión. Algunos lo consideraron misógino; otros, un hombre refinado, también un tanto desagradable o cáustico, y de extraordinaria cultura.

Juanto a otras especificidades, estas pinceladas están en esos textos, para todos, a la distancia de un clic. Pero hay un Quevedo, que da voz muchas veces a nuestros sentimientos, y está en lo que hemos guardado para sí, tras la lectura de su obra, en especial de su poesía. Pongamos ejemplos.  

Madre, yo al oro me humillo / él es mi amante y mi amado, / pues de puro enamorado / de continuo anda amarillo. Así empieza la letrilla, con título tantas veces repetido en nuestros días, ante circunstancias en que aflora el interés desproporcionado por el que también se ha llamado «vil metal», Poderoso caballero es don Dinero. Incorporado a diferentes registros idiomáticos, la frase –que tanto se usa– consigue ser conclusiva, tras escuchar o enunciar el hablante una situación de contexto en la que el interés, la posibilidad, u otras determinadas consideraciones ponen, en el dinero, la elección.

A Góngora, un contrincante al que no dio respiro, le dedicó varias composiciones satíricas, la más conocida, A un hombre de gran nariz, a cuyo primer verso, muchas veces, en tono jocoso, hacemos referencia: Érase un hombre a una nariz pegado.

Cantor del pesimismo, del paso del tiempo y de la fugacidad de la vida, temas propios del Barroco, también cantó al más hermoso sentimiento, el que definió en un soneto descomunal y bien conocido, compuesto a base de antítesis y paradojas, que así comienza: Es hielo abrasador, es fuego helado, / es herida que duele y no se siente, / es un soñado bien, un mal presente, / es un breve descanso muy cansado.

Pero no hay, nacido de su pluma, canto más bello al amor que el que plasmó en otro, el que ha sido considerado una de las mejores composiciones en lengua española de todos los tiempos. El soneto concluye con un verso que, hasta nuestros días, llega a modo de sentencia, a quienes no renuncian al amor, ni siquiera después de que la parca les haya aniquilado el cuerpo. La frase es muy frecuente –como también lo es la que reza Amarrado al duro banco, de un poema de Góngora–, en parlamentos académicos, y en el decir de los amantes de la poesía. En los últimos tiempos, se ha visto mucho en redes sociales, en fechas alegóricas al amor.  

Para enaltecer al poeta, cerremos estas líneas con el texto completo. Ahí espera, para que usted lo avale o desapruebe, el verso del que hablamos, y la certeza de que Quevedo renace en cada septiembre, en sintonía con el universo.

Cerrar podrá mis ojos la postrera / sombra, que me llevare el blanco día; / y podrá desatar esta alma mía / hora, a su afán ansioso linsojera; / mas no de esotra parte en la ribera / dejará la memoria en donde ardía; / nadar sabe mi llama la agua fría, / y perder el respeto a ley severa: / Alma a quien todo un Dios prisión ha sido, / venas que humor a tanto fuego han dado, / médulas que han gloriosamente ardido, / su cuerpo dejarán, no su cuidado; / serán ceniza, mas tendrán sentido. / Polvo serán, mas polvo enamorado //. 

Postal tomada de Pinterest Foto: Tomada de Pinterest
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