ÓRGANO OFICIAL DEL COMITÉ CENTRAL DEL PARTIDO COMUNISTA DE CUBA
El actor británico Clive Owen en una escena de la serie. Foto: IMDb (Internet Movie Database)

Es The Knick (Cinemax, 2014–2015), dirigida y cocreada por el realizador Steven Soderbergh, una serie rigurosa, de personal puesta en pantalla, alejada de convencionalismos y de la hojarasca acompañante de tantos exponentes genéricos del drama médico televisivo.

Un trabajo dueño de un estilo visual propio, debido, en notable medida, a la cámara que conduce el propio director de la serie, irrigada por la riquísima apoyatura musical de Cliff Martínez (habitual de Soderbergh, quien aquí hace de la banda sonora un elemento cuasi protagónico del relato) y blanco de una reconstrucción de época de antología gracias a un diseño de producción de veras impecable.

Un material que combina, por consecuencia, logros formales y narrativos, con sinergia y resultados artísticos escasamente apreciados en la televisión contemporánea.

Vista en Cuba en su momento con muy buena acogida por parte de nuestros televidentes, The Knick –la primera serie dirigida por el director de Traffic, Contagio y del díptico Che– no representa un drama médico televisivo más al uso.

Antes bien, se erige en relato antropológico de las condiciones de subsistencia social de una época (el Nueva York de inicios del siglo XX, de barrios nauseabundos, unas minorías segregadas y otras en la opulencia), que hunde el escalpelo en escenarios poco abordados por las narraciones seriadas norteamericanas, con agudeza y acentuada percepción de registro.

La crudeza derivada de la objetividad de las situaciones recreadas, y no la crudeza gratuita dimanada de la necesidad de buscar rating y alargar temporadas, es apreciable desde esa operación quirúrgica en primer plano que el espectador observa en los inicios del episodio piloto, explícita hasta en los mínimos detalles, con un naturalismo hiperrealista que indicará el camino moral de la serie.

The Knick, ambientada en un hospital del Nueva York primisecular, es una serie de autor sobre la fragilidad de nuestra especie, el dolor, la ansiedad y los mecanismos de escape articulados en aras de sobrevivir en ambientes cuya hostilidad es recidiva de la pobreza, la ignorancia, la rivalidad o simplemente elemento que espolea el miedo a vivir de quienes, pese a su fortaleza, no están del todo adaptados para emerger incólumes de entornos tales.

El personaje central, el Dr. Thackeray (el inglés Clive Owen, en uno de los mejores papeles de su carrera), constituye botón de muestra de esa incapacidad de hacerle frente a la miseria, la enfermedad y el dolor; sin el incentivo evanescente de la droga en su caso.

No existe un sitio en el cuerpo de este hombre que no haya conocido la inyección del opiáceo, ese que le permitirá reposar de la máxima tensión permanente que supone el hecho de desear curar y la imposibilidad objetiva que suele coartar la noble intención en virtud de la cual hizo su juramento hipocrático.

Thackeray es, científicamente, casi un adelantado para su época, alguien que apuesta por salvar miembros antes de amputarlos, como era costumbre a la sazón, en los tiempos precursores de la medicina moderna referidos aquí.

Pero es, humanamente, un alma débil –parecida al personaje central de la serie La enfermera Jackie–, que necesita consuelo para sí mismo, y de ese modo, quizá, consolar en cuanto pueda a ese prójimo necesitado tanto de confianza, sí, como igual de dinero y medicinas, para durar unos años más en el hediondo entorno neoyorkino de comienzos de la pasada centuria.

Resulta el defendido por Owen un personaje delicioso, lleno de ambivalencias, claroscuros, vicios. Un caminante indeciso en esa fina línea moral que lo emparenta a las mejores creaciones de antihéroes paridas por la época áurea de la teleserie norteamericana, arrancada a finales del siglo XX y mantenida –con intermitencias e involuciones parciales– hasta 2015.

Aunque Thackeray deviene foco subyugante de la construcción dramática, The Knick representa un trabajo de naturaleza coral, en el que convergen numerosas coordenadas de gravitación humana. Personajes en buena medida dotados de complejidad y entidad, algo no siempre verificable en el cine o la teleficción actuales.

La galería de figuras que pueblan las capas de esta historia –turbia, magnética y por trechos agobiante– habla de cómo las condicionantes sociales modulan el registro cotidiano de sus actos. Seguirlas, rastrearlas, con sus aciertos y defectos, en medio de su penar diario entre quirófanos, salas de curación, arterias rancias de orín y pescado, burdeles y drogas, deviene uno de los motivos de fascinación del espectador en el drama dirigido, fotografiado y también editado por el todoterreno Soderbergh.

La serie estadounidense, aunque muy cuidada, cuenta con algunos lunares, como varias falencias del guion en su caracterización del contexto histórico; y su no del todo fraguada intención de englobar demasiadas instancias referenciales.

Pero el mayor desacierto es el tono plúmbeo de al menos tres o cuatro capítulos incluidos en la segunda mitad de los diez episodios que componen su primera temporada; algo que también sucedía en otras grandes series de la edad de oro televisiva como Los Soprano, The Wire, Mad Men y Boardwalk Empire, pero en aquellos casos en episodios aislados, no de forma continuada como aquí.

La convergencia de ambos elementos, a todas luces, no conlleva un seguimiento fácil por parte de todos los espectadores; de tal que The Knick demande fidelidad y seguimiento irrestrictos hasta en esos momentos, a efectos de apreciar, sin titubeos, un producto final que, al margen de ese bajón anímico postrero y la sobrecarga del guion, empina el formato seriado desde la perspectiva autoral.

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