
Pienso en Federico García Lorca a noventa años de su vil asesinato y desfilan ante mí los adoloridos versos de sus contemporáneos, horrorizados ante el franquismo que pretendió escarmentar a España con ese crimen en Granada.
Pienso en la céntrica casa de la ciudad donde fueron a detenerlo, así como en su geografía allí y sus alrededores: Fuentevaqueros, la huerta de San Vicente o la maravillosa casona familiar donde, tapia por medio, tenían a quien luego fue la inspiración de su Bernarda Alba.
Pienso en el dramaturgo, en su galería de piezas, Yerma, Bodas de sangre, Doña Rosita la soltera, La casa de Bernarda Alba, El público… puestas y vueltas a poner en el tiempo hasta armar una tradición lorquiana en el teatro cubano, al decir de Amado del Pino.
Pienso en el gran poeta en días de Feria del Libro porque su obra, amada como pocas, está en la sangre de los saberes literarios en Cuba.
Pienso también en el documental Lorca en La Habana, recién premiado en Gibara, que lo registra en toda Cuba en su viaje de 1930 y en la forja del inacabable diálogo entre el autor del Romancero gitano y los cubanos.
Pienso en sus mil anécdotas en Cuba, veladas entre la realidad y la leyenda, en los numerosos estudios que se le han dedicado, en no pocos títulos de sus libros aquí, pero creo innecesario redundar sobre lo que ya sabemos. En definitiva, Lorca sigue más vivo que sus matadores y reclama vida contra el fascismo que recorre el mundo. Él es como aquel verso, también nonagenario, del gran Miguel Hernández, un rayo que no cesa.











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