El sol se pone sobre el horizonte y la Isla parece que naufraga en la oscuridad; apenas se ven resplandores lejanos, luciérnagas que pespuntean el archipiélago, como luces de posición de un barco que lucha en alta mar en medio de la tormenta.
Puede parecer cercano en el tiempo el 29 de enero de 2026, cuando el presidente de Estados Unidos, Donald Trump, firmó una Orden Ejecutiva, 2 207 palabras que declararon a Cuba una «amenaza inusual y extraordinaria para la seguridad nacional y la política exterior» de su país; pero son 200 días en los que se ha sometido al sufrimiento a todo un pueblo.
Con ese argumento, el mismo que ha servido para justificar intervenciones en decenas de naciones, habilitó la imposición de aranceles a cualquier país que osara vender petróleo a la Isla. «Cuba no podrá sobrevivir», declaró Trump aquella noche a la prensa, sin titubeos.
No era solo una amenaza, el cerco energético no es una medida coercitiva más, es la vuelta de tuerca del collarín del garrote, es hurgar en una herida que lleva abierta más de seis décadas.
Para entender su singularidad hay que distinguirlo del bloqueo económico, comercial y financiero, oficializado el 3 de febrero de 1962, una política de castigo colectivo que la comunidad internacional ha condenado en múltiples ocasiones en la Asamblea General de la ONU.
El cerco energético es otra cosa, es la interrupción deliberada del flujo de combustible hacia una nación, que depende de él para que funcione todo: sus hospitales, sus plantas potabilizadoras, el bombeo del agua, sus sistemas de refrigeración de alimentos, el transporte, las escuelas.
Sin lugar a dudas, el mensaje del 29 de enero fue claro: nadie, bajo ninguna circunstancia, podía abastecer a Cuba sin enfrentarse a la maquinaria sancionadora de Estados Unidos.
Como si no bastara, el 1ro. de mayo Trump firmó otra Orden Ejecutiva que internacionalizó el cerco, ampliando las sanciones a entidades financieras y personas que operaran en sectores vitales para la economía cubana y en junio, el Gobierno estadounidense sancionó a la empresa estatal Unión Cuba-Petróleo (Cupet), el corazón del sistema energético de la Isla.
El resultado: en lo que va de 2026, Cuba ha recibido un único cargamento de petróleo: unas 100 000 toneladas de crudo donadas por Rusia, nada más. Más de 1 400 megavatios de capacidad instalada permanecen inactivos por falta de crudo, el sistema eléctrico se sostiene con lo que la Isla produce internamente: crudo nacional, gas acompañante de pozos y fuentes renovables, pero no es suficiente.
Los apagones se han vuelto prolongados. En muchas regiones del país, los cortes sobrepasan las 22 horas diarias, el transporte público se ha reducido drásticamente, las clases se imparten a distancia cuando la electricidad lo permite.
LOS SITIADOS
Pero el impacto más profundo no se mide en megavatios, se mide en vidas humanas: más de 32 800 mujeres embarazadas enfrentan riesgos adicionales por la falta de energía que afecta los sistemas de Salud.
En el sistema sanitario, que durante décadas fue orgullo de la Isla y ejemplo para América Latina, los hospitales funcionan con generadores que consumen el combustible que no llega, las unidades de cuidados intensivos operan al límite, las ambulancias, circulan con extremo racionamiento.
La desesperación tiene rostro: madres que no pueden cocinar, enfermos que no pueden refrigerar sus medicinas, ancianos y niños que soportaban el calor tropical sin ventilación.
Este cerco energético tiene predecesores, pero ninguno exactamente igual. La historia registra asedios que buscaron rendir poblaciones por hambre o por frío; por ejemplo, el sitio a Leningrado, que duró 872 días y cobró más de un millón de vidas, pero aquellos ocurrieron en conflictos declarados.
Contra Cuba es diferente. No hay tanques en las fronteras, ni bombas cayendo sobre las ciudades, es una asfixia administrada desde la distancia, sin disparar un solo tiro.
Expertos en derechos humanos de la ONU han calificado esta medida como «una grave violación del derecho internacional y una amenaza grave para un orden internacional democrático y equitativo».
El Gobierno cubano lo ha llevado a la Asamblea General de Naciones Unidas, en la que lo ha calificado como «un acto de genocidio» y «castigo colectivo».
No son exageraciones retóricas, la Convención para la Prevención y la Sanción del Delito de Genocidio define como tal los actos cometidos con la intención de destruir, total o parcialmente, a un grupo nacional.
¿Cuántas generaciones deben sufrir las consecuencias de una política diseñada para hacer inviable la vida en una nación para que pueda hablarse de genocidio?
LOS QUE RESISTEN
Y, sin embargo, la Isla no se ha rendido, porque la resistencia es, para los cubanos, una forma de vida aprendida en seis décadas de bloqueo.
Cuba ha perforado nuevos pozos petroleros y ha revertido la tendencia decreciente de su producción nacional de crudo; ha instalado más de 50 parques solares fotovoltaicos que aportan más de mil megavatios y generan, en las horas de mayor sol, el 38 % de la energía consumida en horario diurno; ha recuperado 348 megavatios de generación térmica en plantas que estaban fuera de servicio.
No es suficiente, pero es todo lo que tenemos. Los vecinos comparten el generador que funciona, la vela que ilumina, el poco combustible que queda. La solidaridad no es un concepto abstracto en Cuba: es la única moneda que aún circula.
El mundo mira, el mundo sabe, pero el mundo, en su mayoría, no actúa. Las aerolíneas han suspendido sus vuelos a La Habana; las empresas internacionales retiran sus inversiones; el miedo a las sanciones secundarias, el castigo por comerciar con Cuba, ha paralizado a la comunidad internacional, no así a la solidaridad de los pueblos.
Llagamos a los 200 días, un guarismo frío, administrativo, que no dice nada sobre los niños que han muerto y que antes sobrevivían sin ningún problema, en un país donde la mortalidad infantil era inferior a cinco por cada mil nacidos vivos, a la altura de unas pocas naciones desarrolladas.
Tampoco dice nada de la usencia de medicamentos para enfrentar el cáncer, sobre el anciano que murió de una enfermedad curable, no dice nada sobre los niños que crecen con el rumor constante de los generadores como banda sonora de su infancia.
Estamos ante una decisión tomada en Washington, con todas las consecuencias, pero sin asumir ninguna responsabilidad. Cuba lleva 200 días bajo el cerco energético sobre 66 años bajo el bloqueo; lleva siglos existiendo contra todo pronóstico, desafiando la lógica de los imperios que la han querido doblegar.
La oscuridad no es el final, el archipiélago resiste el embate del mal tiempo, navega transfigurado en aquellas embarcaciones de expedicionarios que venían a liberar a su tierra del coloniaje español, pequeños barcos que, a la luz de alba, se funden en un solo e inmenso yate.













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