
«En mi familia no había músicos. El único, más o menos, era mi padre, porque silbaba, era fiestero y medio canturreaba. Pero, según dicen, yo era muy inquieto y todo lo que ponían por radio enseguida lo estaba cantando. Tenía una vocecita muy finita, a lo Joselito, un cantante español del momento».
Augusto Blanca (Banes, Holguín, 1945) lo cuenta desde lo que él llama su «tugurito desde hace 40 años», pero que es en realidad la parte de su casa en la cual ha creado incesantemente, y en la que se rodea de todo lo que para él tiene un significado profundo.
Por su infancia comenzamos, para intentar desentrañar cómo llegó a ser el compositor, el intérprete, uno de los fundadores de la Nueva Trova; y, además, escenógrafo, pintor, actor teatral.
«Mis padres decidieron ponerme un profesor de guitarra, craso error, porque yo tendría siete años y estaba para encaramarme a los árboles y jugar. El profesor, barbero y músico, se me aparecía a cualquier hora del día. Además, eran las clases esas metódicas y aburridas de las escalas. Yo lo que quería era tocar guitarra. Me aburrí. Conclusión: me le escondía debajo de la cama.
«Hasta que un día el profesor se enojó mucho y le dijo a mi padre: “Mire, su hijo no va a ser músico, que se dedique a otra cosa porque la música no le gusta”. Y yo encantado de la vida, porque también cada vez que llegaba alguna vecina a la casa, era llamar a Augustito para que cantara, y yo odiaba eso, me sacaban de mis juegos.
«Pero empezó a pasar el tiempo y a salirme el bozo, y me di cuenta de que había otros amiguitos que tocaban guitarra y siempre estaban llenos de muchachitas, y yo mismo le pedí a mi padre seguir estudiando guitarra. Esta vez trajeron una mulata preciosa que me empezó a enseñar a partir de canciones, y pusieron a mi hermana a estudiar conmigo para que no me desembullara».
Ahí sí le fascinó el instrumento. Cuando su maestra se fue a vivir a La Habana se quedó «embarcado», y sus maestros a partir de entonces fueron los traganíqueles: «Empecé a ir a oír, por ejemplo, Los Cinco Latinos, que me influenciaron mucho, a Miguel Matamoros y al Trío; ¡qué manera tan interesante de tocar la guitarra estos señores!»
Aunque había armado una especie de trío para dar serenatas, y hacía algunos bocetos de canciones, a los 16 años quería dedicarse a la pintura, porque su mamá era pintora.
«Salió una convocatoria en el periódico para ir a estudiar a la ENA, Artes Plásticas y Escenografía. Ese era mi sueño, porque yo hacía un teatrico también. Me gustaba mucho jugar al teatro con los amigos del barrio.
«Estaba aterrado, porque tenía que hacer la prueba en Santiago y después venir para La Habana. No me quería ir del pueblo y mi mamá me preguntó: “¿Eso es lo que tú quieres? Entonces, dale”. Cosa que le agradezco.
«Me montaron en el trencito para Santiago de Cuba con los últimos 19 pesos que quedaban en la casa y me fui a la de una tía. Afortunadamente, llegué tarde a la prueba. Me dijeron: “No, la prueba fue ayer”. Son esas cosas de la vida… porque si yo apruebo y vengo para La Habana, sale otra persona. Pero me quedé en Santiago de Cuba, en la tierra de la trova».
DONDE ESTÁ TU MEJOR CANTO
«Mis primos estaban organizando una orquesta charanguera, y me incorporaron. También me presenté en una prueba de la Escuela de Artes Plásticas de Santiago de Cuba y aprobé».
Fue en esa ciudad donde ocurrió uno de los encuentros fundamentales de su vida: la Casa de la Trova. «Cuando pasé por la calle de ahí abajo y empecé a sentir la guitarra aquella y entré… siempre digo que me senté en aquel taburete y de ahí más nunca me he levantado. Porque fue donde dije: “Eso es lo que yo quiero hacer cuando sea grande”.
«Conocí ahí a todo el mundo, a Sindo Garay, a Matamoros, a Pucho el Pollero… Ya empezaba a hacer canciones muy extrañas, que llamaba fabulario irónico, a partir de refranes. Por supuesto, a esos viejitos no les iba a confesar que hacía canciones, y de ese tipo. Les contaba que eran de un amigo mío de allá de mi pueblo, que estaba medio loco.
«Hasta que un día veo a Silvio Rodríguez por la televisión y me dije: “Ah, espérate, que ese está haciendo cosas más locas y más raras; y se viste peor”, porque yo también era un poco desbaratado. Ahí mismo fui a la Casa de la Trova y les dije: “Bueno, ¿recuerdan todas esas canciones que yo estaba cantando? No son de ese tal amigo, son mías”. Me respondieron: “Lo sabíamos”».
Lo que luego sería conocido como Nueva Trova se gestó con el conocimiento paulatino entre los trovadores que vivían en las otras provincias, con Noel Nicola, el propio Silvio… «Éramos muy pero muy irreverentes, porque éramos muy críticos, afortunadamente creo que lo fuimos.
«No tuve contradicciones con la trova de los maestros. A mí nunca me gustó eso de Nueva Trova, porque –en definitiva– es la misma trova, lo único que cambió fueron los tiempos y la gente, ¿no?»
Tras graduarse de Artes Plásticas, Augusto había pasado a trabajar como escenógrafo en el Conjunto Dramático de Oriente. «Y además me ponía en los rincones a hacer musiquita, entre ellas una cuando estaban montando La reina de Bachiche, de José Milián, que se usó para el montaje.
«Luego conozco a Adolfo Gutkin y a María Eugenia García, y nos desprendemos del Conjunto para hacer la teatrova, que era una manera de hacer teatro a partir de canciones de la trova y de textos teatrales. No eran obras de teatro específicamente, sino El Principito, Los zapaticos de rosa…». Allí también actuaba.
Después de que viniera a vivir a La Habana, volvieron a armar la teatrova y luego pasó a Teatro El Público, en el que trabajó con Corina Mestre. Momo, basada en la célebre obra de Michael Ende, fue una de las piezas más exitosas salidas de esa unión.
«Corina fue, es, de las mujeres más integrales y de las más grandes hermanas que yo tengo en la vida. ¡Yo sentía una seguridad cuando trabajaba con ella en el escenario!»
En los años siguientes se sucedieron los discos, las presentaciones, la música para teatro infantil (con el grupo Okantomí), siempre «trabajando como un trastornado».
DE NUEVO HASTA EL ARROYO
–Dicen varias fuentes que usted es de los trovadores cubanos más versionados…
–Yo soy versionado, pero hay muchos que lo son más. Lo que pasa es que yo tengo una canción a la que se le han hecho muchas versiones, que además son lecturas totalmente diferentes, y es lo que me gusta: No olvides que una vez tú fuiste sol. Y yo la hice por el “gorrión”, un día que estaba en baja, casi como un espejo para darme fuerza yo mismo.
Esos versos, este es tu país / donde están tus riendas / donde está tu espuma, los han cantado Santiago Feliú, Juan Carlos Baglietto, Eduardo Sosa, Laritza Bacallao, Corina… Es una poética en consonancia con el ser de Augusto Blanca, su manera de siempre seguir, crear.
«La página en blanco me encanta, el sufrimiento ese de cómo le entro a mí me gusta mucho. Yo siempre me estoy inventando algo. Y cuando no, voy para la cocina a hacer croquetas, que es otra forma de creación, ¿no?».
Se confiesa amparado por la presencia de Rosy, su esposa de siempre, por la memoria del hijo que ya no está y de los otros seres queridos que se han marchado, y por el cariño del que vive lejos, de las nietas.
«Veo a veces a gente que pierde seres queridos y se quedan como amargas. Pienso que es porque no se dijeron las cosas o no fueron lo suficientemente amorosos para demostrarles en vida, entonces se quedan como debiendo. Pero mis muertecitos, como dicen los mexicanos, me acompañan, converso con ellos y siento que están conmigo».
Justo al final del diálogo, revela otras de sus felicidades: «Me gusta mucho compartir con jóvenes, trovadores buenos. Siempre tengo esto lleno de muchachos jóvenes y les grabo aquí. Me he hecho ingeniero de sonido a nalga misma, porque es una ventaja por la mañana hacer un boceto y por la noche tener ya la maqueta.
«No tengo amargura. No he deseado para mí el bienestar de otros. Me siento reconocido, querido. No conozco enemigos. Siempre y cuando pueda tirar un cabo, se lo tiro a quien sea. No me gusta pasar por encima de las personas y me siento satisfecho.
«Mis sueños estaban aquí».











COMENTAR
Responder comentario