ÓRGANO OFICIAL DEL COMITÉ CENTRAL DEL PARTIDO COMUNISTA DE CUBA
Foto: Fotograma de la serie

John Ridley, productor y guionista de Doce años de esclavitud (y de dos rarezas como U–Turn, para Oliver Stone; y Tres reyes, para David O´Russell), hace las de showrunner o creador de American Crime, uno de los mejores trabajos seriados del siglo en marcha producidos por la cadena generalista ABC, y visto en Cuba.

La serie, además de constituir atinado estudio sobre la tensión racial en EE. UU., deviene crítico material dramático que supone espectacular puesta en solfa de los presuntos «valores» sobre los cuales se levanta allí ese edificio de moralina, en cuyos pilares y estructuras quedaron cimentados sofismas, espejismos colectivos, vanidades y modus de interacción con arreglo a las mentirosas tablas de la ley de lo políticamente correcto.

Mediante lucidez desarmadora e inacostumbrada para las producciones de casa, American Crime echa fuego sobre tabúes, recelos, construcciones sentenciosas afirmadas en el imaginario social…, y abomina de las engañifas del sistema que hace del racismo hacia los negros política de Estado, por más que lo intente disfrazar a través de lenguajes de «integración» convertidos en agua de borrajas por conducto del proceder sistemático de policías, juzgados, regímenes carcelarios y familias anglosajonas que todavía temen y (por consiguiente) castigan al afroamericano.

En American Crime (no confundir con American Crime Story, la serie de Ryan Murphy), Ridley toma como elemento argumental catalizador de la primera temporada un brutal crimen doméstico, para mostrar de modo fehaciente las líneas de demarcación o parcelas separadoras entre las comunidades blancas, negras e hispanas, más allá de la oratoria política electorera.

Cervalmente racista es el sistema radiografiado aquí en sus estereotipos; también blanco de cuestionamiento tanto en su modelo propositivo familiar como en su balance de reafirmación social de los distintos géneros e identidades.

Con cierto aire de cine indie, crudeza expositiva, tiempo para desarrollar sus conflictos y una muy bien puntuada definición caracterológica de los personajes representativos de las diferentes congregaciones étnicas reflejadas en el relato, American Crime representa, ante todo, contundente drama social alimentado –pero nunca superado– por una historia criminal de trasfondo judicial.

Para suerte del público, se beneficia de un cuadro actoral de hábil desempeño e instantes de extraordinaria madurez interpretativa a cargo de Felicity Huffman, Timothy Hutton y Regina King.

Los tres actores también están en la segunda temporada, pero en roles del todo divergentes, a la manera de otras series antologares. La obra no decae acá. Si bien su foco se desplaza al universo escolar, reitera su inherente posicionamiento crítico y su espíritu rompedor e inquietante; amén de esos peculiares (por cinematográficos e impropios de la televisión en abierto) estilo narrativo–visual (meritorio empleo del plano-secuencia y de los primerísimos primeros planos) y ritmo secuencial.

La incorporación de Lili Taylor como la madre del adolescente violado representa el más notable de los aciertos de casting de la segunda temporada.

Ridley se anda sin cortapisas, nuevamente en esta, para fustigar ahora la hipocresía social y el sistema de castas imperante en su país, expresado con suma fuerza en un entramado educacional que no personaliza las necesidades lectivas o emocionales del estudiantado ni sigue las pistas del abuso escolar, afincado al primordial afán de hacer dinero, por arriba de cualquier otro interés.

La serie de 29 episodios, emitida entre 2017 y 2019, descuella porque se supo colocar en el cenagoso terreno de los materiales de denuncia a través de preclara objetividad y amarrada a un empaque formal, trabajo de escritura y composición interpretativa formidables.

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