Una nave aérea de Estados Unidos, de las desplegadas en sus bases en países del Oriente Medio, lanzó un ataque en la zona residencial de Qeshm, en la República Islámica de Irán, matando a un niño de dos años y a sus padres, informó el diario The New York Times.
El crimen se considera más horrendo aún, cuando se supo –por investigaciones en el lugar del hecho–, citadas por el propio diario, que «el tamaño del cráter, y los fragmentos de la munición, indican que el arma utilizada fue una bomba de 2 000 libras (una tonelada), conocida como Mark 84, una de las mayores bombas convencionales de Estados Unidos».
Y me pregunto una vez más: ¿cómo imaginarse las diminutas partículas del cuerpo de aquel niño que ni siquiera tenía edad para conocer el odio, el crimen y el genocidio?
Las autoridades iraníes afirmaron que otros dos hijos del matrimonio fueron rescatados con vida de dentro de los escombros de la vivienda impactada por el proyectil.
Estados Unidos, como era de esperar, recalcó que no ataca objetivos civiles y que todas sus acciones se dirigen exclusivamente a infraestructura militar.
«El ejército americano nunca arremete contra civiles», aparece en una cínica declaración estadounidense, ante la acusación publicada en el citado diario.
Es necesario recordar, ante esta justificación, que los bombardeos del Pentágono contra Irán han alcanzado más de cien objetivos civiles. El más criminal de todos fue el ataque contra la escuela de Minab que pulverizó a más de 170 niñas.
Sobre la población palestina en Gaza, también los ejemplos letales del genocidio que comete Israel, con armas y apoyo financiero y diplomático de Estados Unidos, han encontrado en los niños sus mayores objetivos.













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