ÓRGANO OFICIAL DEL COMITÉ CENTRAL DEL PARTIDO COMUNISTA DE CUBA
Imagen de Miss Universe Latina, el reality (Telemundo, 2025). Foto: Tomada de La Opinión de Los Ángeles. Foto:

Hace poco más de una década, el libro Cásate y sé sumisa (2013), de la periodista italiana Constanza Mariano, fue todo un escándalo en Europa, por su carácter patriarcal, machista y ultraconservador; sin embargo, se convirtió en un gran éxito de ventas.

Su autora planteaba ideas como esta: «Comprobarás, te lo puedo asegurar, que un hombre no se puede resistir a una mujer que lo respeta, que reconoce su autoridad, que se esfuerza lealmente en escucharlo, en dejar a un lado su propio modo de ver las cosas, que se muerde la lengua, que acepta por amor recorrer caminos muy distintos a los que ella hubiera elegido de estar sola».

Patriarcales, machistas y ultraconservadoras también resultan muchas otras expresiones culturales o seudoculturales, comenzando por gran parte del «pentagrama» del llamado género urbano hasta llegar a los culebrones o los concursos de belleza. E igual, se siguen vendiendo hoy día, tanto o más que el referido libro.

Transcurrido más de un siglo después que Clara Zetkin proyectase un futuro de dignidad para el sexo femenino en la II Conferencia de Mujeres Socialistas, las productoras televisivas regionales continúan la fabricación de telenovelas cuyo ritornello argumental es la «caza» de un buen partido masculino.

A esos abominables culebrones latinoamericanos se suman, en medio de la –en términos de pensamiento– involutiva época de la telerrealidad, concursos de belleza a la manera de Nuestra Belleza Latina (Univisión, 2007–2021) o Miss Universe Latina, el reality (Telemundo, 2025).

El primero de tales eventos tuvo a Miami como cuartel general, algo en verdad nada fortuito. Cual sostiene el filósofo Fernando Buen Abad en su artículo La farándula de Miami, «(…) Todos van a parar a Miami, con las mismas empresas disqueras, televisivas, radiofónicas y editoriales. Eso explica por qué todos están montados en el mismo tipo de espectáculos (repetitivos hasta la náusea), el mismo tipo de música, canciones, temas y mercadotecnia. Eso explica por qué todos distribuyen igual, piensan igual, se visten igual, y comparten la misma mediocridad servil. Se han convertido en una costra tóxica de la industria cultural (…)».

Durante las distintas temporadas de Nuestra Belleza Latina, grandes emporios como Maybelline, Colgate, Optic Whitey Subway, u otros patrocinadores se llenaron los bolsillos con el gran negociazo (millones por publicidad) que fue este show falocentrista en busca de la mujer florero.

Este tipo de materiales escara la autoestima de las mujeres, debido a la humillante preceptiva que las sitúa como excluibles si no se adecuan a los cánones o ideales fabricados por el mercado.

E incentiva «el racismo, el machismo, el erotismo manipulador, la competitividad darwiniana exagerada, el miedo e inseguridad y otros mensajes que la literatura científica ha mostrado claramente que crean gran número de patologías», para decirlo con palabras de Vicenç Navarro, catedrático de Políticas Públicas de la Universidad Pompeu Fabra, en Valores tóxicos de la televisión.

La plataforma estético–ideológica de Nuestra Belleza Latina fue crudísimamente clara. La definió uno de sus jurados, Osmel Souza, a The New York Times: «Yo digo que la belleza interior no existe. Esos son temas que inventaron las no bonitas para justificarse». Saint Exúpery fue corregido por alguien que llamaba gordas, feas, descaradas o poco talentosas a las concursantes.

Por supuesto, no podía ocurrir de otro modo en este exponente de la telebasura, la cual es paradigma de enajenación, frivolidad e intrascendencia artística absolutas. Exponente que le copió sobremanera a los concursos de Miss Mundo u otros, y que buscó, santificó, vendió el prototipo ultraviciado de belleza burguesa, de la mujer–mascota domesticada que «requiere» el hogar.

CONSTRUCCIÓN REACCIONARIA, MENTIRAS EMBELLECIDAS, FALSAS ILUSIONES

Las mujeres «cultivadas» de este u otros tristemente célebres realities que continúan emitiéndose se pasean ante la cámara como si estuvieran en una feria ganadera. Ellas deben poseer, ante todo, buen porte, unido a una levísima pátina de conocimientos sobre insignificancias; de manera que no luzcan mal cuando sus potenciales maridos ricos las vayan a presentar en sociedad.

Ellos serían el correlato del galán adinerado en la patriarcal y conservadora telenovela latinoamericana.

Las participantes de los concursos de belleza resultan concebidas y moldeadas como una construcción reaccionaria en función primera de complacer a su «redentor», su «salvador» (el hombre rico que las despose), quien les permitirá todos sus gustos materiales.

Por supuesto, estos solo serán recompensadas si disponen de los siguientes elementos: a) poseer un tonificado trasero

–cosa que ahora no tiene mucho problema con su atención obsesiva en gimnasios, lugar de cita obligada previa de todas las concursantes–; b) saber dónde se ponen los cubiertos en la mesa y c) saber agradecer los halagos recibidos por ostentar las virtudes menos perdurables. 

Tales concursos de belleza femenina, cuyo objetivo radica en mcdonalizar al sexo femenino, han conducido a innumerables casos de depresión y suicidio de muchachas («gente descartable», les llaman) desesperanzadas porque sus conformaciones anatómicas no forman parte de cuanto se entiende y preconiza como lo «ideal»; es decir, los conocidos estereotipos de belleza beatificados.

Además de proyectar una imagen de mujer despersonalizada, sin más identidad que carnes voluptuosas puestas al servicio de otros –como parte de un proceso de cosificación que las termina reduciendo y mostrándolas dependientes y vulnerables a la aprobación ajena–, los programas semejantes jugaron y continúan jugando de forma miserable y cruel con la mentira embellecida, con las falsas ilusiones.

Lo define, ya visto de una forma general dentro de la telerrealidad, el pensador español Antonio Fernández Vicente en su ensayo Caridad y envidia televisadas: «Pensemos por ejemplo en esos concursos eliminatorios como La Voz o Tú sí que vales. El formato es siempre el mismo. Para dejar de ser un don nadie, para SER, obtén el reconocimiento público a través de la adaptación a unas reglas del juego excluyentes por principio. Luchando unos contra otros y siendo evaluados, desechados para siempre (…)».

Epítomes del espectáculo vacío, reductores del patrimonio intelectivo del televidente, Gabriel Lerner, editor del sitio HispanicLA, censura cómo los realities femeninos se enfocan en «calificar y evaluar a las chicas por besos a un sapo, meterse en una nevera, escalar paredes y modelar sobre una estera en movimiento (…) no tiene ningún sentido y raya en la ridiculez. Lo peor es que quienes pasan estas pruebas de habilidades circenses luego no pueden señalar en un mapa la ubicación de su país».

En igual cuerda, tras finalizar la versión de 2025 del concurso Miss Universe Latina, el reality, la ex Miss Universo mexicana Lupita Jones censuró la forma cómo se denigró allí a las representantes.

Sostuvo que los retos que tenían que superar las participantes las exponían al ridículo y generaban burlas, pues daban paso a que la gente se divirtiera a costa de sus errores. Y fustigó que las muchachas caminasen por las pasarelas con los ojos vendados o haciendo malabares o acrobacias, pues así «terminaron por demeritar el ya tan golpeado concepto de los concursos de belleza, que está atravesando una crisis».

Las palabras de Raquel Rosario Sánchez, extraídas del artículo Una mirada sobre los concursos de belleza, pueden resumir bien lo suscrito en estas líneas: «(…) A las mujeres que han interiorizado su propia opresión, los concursos de belleza le dicen subliminalmente: si me subo a la caminadora todos los días, si adelgazo 20 libras, si ahorro suficiente dinero para hacerme los senos, entonces yo también puedo ser considerada la más bonita.

«A ambos sexos, los certámenes de belleza les venden la ilusión de que el extenuante y poco valorado trabajo de acabar con la violencia contra la mujer, la realidad de los abortos clandestinos, la cara femenina de la pobreza, la disparidad salarial y la falta de representación política de las mujeres son problemas postergables.

«Durante esas dos horas, todo el que ve el programa puede pretender que lo que más atañe a las mujeres en la sociedad son los trajes de lentejuelas, verse delgadas en un traje de baño, y que un grupo de extraños las considere dignas de ser cosificadas por un año entero».

Penosos concursos, pobre tele, tristes pautas, dolorosos resultados.

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