«A veces, en los entrenamientos, siento que no puedo y le pongo más deseo, con la mentalidad de nunca rendirme, porque así logro marcar puntos en esos momentos del combate cuando ambas nos hallamos agotadas.
«Practico mucho la técnica de giro –la de mayor puntuación– en los trabajos individuales, al terminar las sesiones de cada jornada. Durante las competencias la empleo cuando estoy debajo o cansada, guiada por la fe y la esperanza de ganar siempre gracias a ella».
Anaisel León Pintado nos ayuda a descifrar su victoria en los 67 kilogramos del taekwondo en los Juegos Centroamericanos y del Caribe, una de las más difíciles y espectaculares de la delegación cubana en la edición centenaria de la fiesta regional.
Pero las claves de su milagro –si nos permitiera llamarlo así– comenzaron a alinearse mucho antes, desde la niñez en Pinar del Río de esta campeona de 22 años.
«Estudié en la primaria Lázaro Acosta Paulín de mi barrio en el municipio cabecera. En las pruebas finales de Educación Física los profesores de los combinados me captaron para el centro Roberto Amarán Mamposo, en el cual existe un proyecto de desarrollo de talentos, al detectarme habilidades y mi forma de ser hiperactiva.
«Me dieron a escoger entre varios deportes. Yo dije: “ninguno de esos me gusta, sino el karate, algo relacionado con patadas y piñazos», aunque se apuntó en el judo.
Lázara Valdés –una de sus mayores formadoras, junto a Michel Pérez– le mencionó la existencia del taekwondo y le propuso entrenar un día en el tatami y otro con ella. Anaisel decidió quedar a sus órdenes cuando faltó la profesora del arte marcial japonés y le contó a la madre la trascendental elección.
«En la Escuela de Iniciación Deportiva Ormani Arenado Llonch obtuve el título nacional en séptimo, octavo y noveno grado, además de dominar la categoría juvenil en un Open de La Habana. Desde entonces ya me consideraban de perspectiva inmediata y en duodécimo me subieron a la selección de mayores».
La preparación rumbo a la reciente cita múltiple resultó demasiado dura y exigente, comenta. Las dividieron en tres grupos: uno en Honduras, otro en Perú y el restante en Cuba, respaldado en su puesta a punto por algunos varones, incluidos paratletas.
«Le agradecemos también a nuestro profesor principal Arnoy Rojas y a Dariel Medina, “el Chanky”, al frente de quienes nos mantuvimos aquí. Pese a la escasa experiencia del segundo, pues proviene de una base, nos apoyó y puso su mejor deseo. Supieron guiarnos muy bien y ahí está el resultado».
En Santo Domingo la exponente de los 67 kilos resolvió sus salidas en cuartos y semifinal dos asaltos a cero. Primero dispuso por 3-0 y 2-0 de la venezolana Hillary Clemente y luego doblegó por un doble 4-2 a la colombiana Laura Ramírez.
En la disputa de la corona la esperó una rival de amplio recorrido y nivel, la mexicana Leslie Soltero, campeona mundial en Guadalajara-2022 y de los Juegos Panamericanos Santiago de Chile-2023.
«Nos preparamos enfocados en ella, tenía la fe de avanzar a la final y enfrentarla allí. Es muy táctica e inteligente, calculadora, pero la supero en el físico. En ese aspecto reside mi fortaleza y así pude vencerla», repasa entre risas.
Tras caer por 4-2 e igualar las acciones por 6-0, ningún buen augurio mostraba la pizarra del segmento conclusivo, cuando sucumbía por 6-7 y apenas restaban migajas de tiempo. Entonces, un giro al tronco le permitió remontar y establecer el definitivo 10-7.
En la discusión del bronce en los Panamericanos Juveniles de Asunción-2025 también sacó la presea del congelador, cuando en el último instante revirtió el marcador de 7-5 a favor de la mexicana Julia Ramírez.
«Entregarlo todo en los entrenamientos me brinda la certeza de conocer que puedo pelear hasta el final porque me acompaña el físico», confiesa la mujer capaz de resumir toda su vida en un segundo.







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