ÓRGANO OFICIAL DEL COMITÉ CENTRAL DEL PARTIDO COMUNISTA DE CUBA
Fidel junto a Nicolás Guillén, Alfredo Guevara y Alejo Carpentier, en el II Congreso de la Uneac. Foto: Mario Ferrer

De su importancia no caben dudas: a ese discurso de Fidel, pronunciado el 30 de junio de 1961, se le considera el texto fundador de la política cultural de la Revolución. Palabras a los intelectuales cumple hoy 65 años.

En los días recientes de conmemoración, y también hace décadas, se ha alertado que se trata de un texto más citado que leído; e, incluso, tergiversado, no sin aviesas intenciones.

Leerlo implica encontrarse sentencias que parecen dichas para el hoy: «Creo que sin ser optimista no se puede ser revolucionario, porque las dificultades que una Revolución tiene que vencer son muy serias. ¡Y hay que ser optimistas! Un pesimista nunca podría ser revolucionario»; y permite, asimismo, desentrañar de primera mano el pensamiento del Comandante en Jefe en torno a la cultura; un ideario que no quedó en el plano teórico, sino que alcanzó lo práctico: evolucionó, creció y fundó.

Las palabras de Fidel fueron la conclusión de tres días de diálogo en aquel año –16, 23 y 30 de junio– en la Biblioteca Nacional, entre escritores y artistas, y representantes del Gobierno Revolucionario. La prohibición de exhibir en los cines el documental pm (1960), de Orlando Jiménez Leal y Sabá Cabrera Infante, que ya se había puesto en TV, dio origen al debate.

El contexto era álgido: la Revolución se había declarado socialista, se había producido la invasión y posterior victoria de Playa Girón, arreciaba la hostilidad imperialista; y el realismo socialista, con sus estrecheces, atemorizaba a muchos creadores.

La doctora Isabel Monal, participante en aquel encuentro, comentó en un panel realizado hace una semana en el Centro Fidel Castro Ruz, a propósito del aniversario: «Había dudas de cómo se manejarían las funciones de la cultura; justificadas, porque la Revolución se estaba radicalizando», y en otras latitudes, el estalinismo había creado líneas profundamente equivocadas.

«Fidel escucha, promueve el debate durante horas, no menosprecia ni interrumpe ningún pensamiento», rememoró la intelectual, quien aclaró que Palabras a los intelectuales «es un punto de partida y uno de llegada»: el Comandante en Jefe había manifestado su interés por la cultura en su sentido más amplio, previo a ese momento, madurado sus ideas, y también había hecho por ella.

Fue un acto realmente trascendente –valoró Monal– no solo de la cultura cubana; sino un momento de referencia universal acerca de cómo debe ser la relación entre cultura y sociedad en la construcción del socialismo; en sus palabras, Fidel dota a la Revolución «de una concepción de la cultura, de respeto a la creación» y «aporta esa concepción a Cuba y al marxismo mismo».

Tras ese día, dijo, se terminaron los miedos, pero empezó la búsqueda: eran los propios intelectuales junto al pueblo quienes tenían que concebir el camino.

 

MÁS CULTURA Y MÁS ARTE

El poeta y etnólogo Miguel Barnet era entonces un joven de 21 años. Sobre la impresión que le causó la intervención ha dicho: «aquel hombre de pronto se crece con una talla intelectual extraordinaria, con un discurso de una transparencia increíble, de una elegancia y un uso de la metáfora, del énfasis, que a mí me conmovió mucho».

Fidel, desde el inicio, deja clara su convicción de que la revolución económica y social tiene que producir inevitablemente también una revolución cultural; y entra de lleno en el «problema fundamental», la libertad para la creación artística, formal y de contenido:

«Permítanme decirles en primer lugar que la Revolución defiende la libertad, que la Revolución ha traído al país una suma muy grande de libertades, que la Revolución no puede ser por esencia enemiga de las libertades; que si la preocupación de alguno es que la Revolución vaya a asfixiar su espíritu creador, que esa preocupación es innecesaria, que esa preocupación no tiene razón de ser».

Acerca de cómo actuará la Revolución respecto al sector de los artistas y de los intelectuales que no sean revolucionarios, el joven estadista aclara –en el fragmento más célebre de su discurso– el propósito de que «encuentren que dentro de la Revolución tienen un campo para trabajar y para crear; y que su espíritu creador, aun cuando no sean escritores o artistas revolucionarios, tiene oportunidad y tiene libertad para expresarse. Es decir, dentro de la Revolución. Esto significa que dentro de la Revolución, todo; contra la Revolución, nada. Contra la Revolución nada, porque la Revolución tiene también sus derechos; y el primer derecho de la Revolución es el derecho a existir. Y frente al derecho de la Revolución de ser y de existir, nadie –por cuanto la Revolución comprende los intereses del pueblo, por cuanto la Revolución significa los intereses de la nación entera–, nadie puede alegar con razón un derecho contra ella».

Roberto Fernández Retamar, poeta y ensayista, diría al respecto años después: «me cuento entre aquellos para quienes “dentro de la Revolución” lejos de ser un llamado a la obsecuencia, incluye la crítica, desde perspectivas revolucionarias, de los que se estimen conflictos o errores en que hemos incurrido».

Palabras… no se queda en el campo de las aclaraciones, y se lanza a lo programático: el proceso no puede pretender asfixiar el arte o la cultura, porque desea justo lo contrario, desarrollarlas y hacerlas verdadero patrimonio del pueblo, y que este puede satisfacer sus necesidades espirituales.

Había que descubrir los talentos, abrirles paso a las inteligencias, que no se perdieran, como sucedía antes, por falta de oportunidad, y «convertir al pueblo también en autor y en creador, porque en definitiva el pueblo es el gran creador».

En el discurso aparece el esbozo de lo que serían la Unión de Escritores y Artistas de Cuba (Uneac), las publicaciones, el sistema de la enseñanza artística, los instructores de arte, el movimiento de aficionados… y un llamado fundamental: «vamos a librar una batalla contra la incultura».

La Revolución –que «significa precisamente más cultura y más arte»– «no pide sacrificios de genios creadores. Al contrario, la Revolución dice: pongan ese espíritu creador al servicio de esta obra sin temor de que su obra salga trunca».

Para Barnet «aquel discurso fue un arte poético de la cultura de la Revolución. Fue un texto fundacional, entre otras cosas, porque era una batalla contra todo tipo de dogmatismo, contra todo tipo de sectarismo (…) era un país que iba hacia una concepción muy integral de la cultura, muy democrática, muy planetaria, y muy revolucionaria (…) contribuyó a situarnos, ya desde ese momento, en una ofensiva cultural frente a cualquier amenaza de valores foráneos».

 

UNA PUERTA ABIERTA

La crítica y ensayista Graziella Pogolotti diría sobre el tema que, como consecuencia de ese encuentro y de aquellas palabras, se multiplicaron los espacios, se diseñó una profunda política destinada a la democratización de la cultura, y a su extensión a las zonas más apartadas del país, y también se concibió el sentar, sobre nuevas bases, la formación de los creadores: «La noción de cultura incluía, desde entonces, la creación artística y literaria, su proyección hacia un destinatario por mucho tiempo marginado y el desarrollo de un clima que favoreciera su crecimiento».

En 1967, Juan Marinello le había escrito a Retamar: «He creído siempre que el discurso del compañero Fidel en 1961, dirigido a los intelectuales, tiene un relieve capital: nos salvó de caer en los feroces dirigentismos que ensombrecieron en otras latitudes la tarea creadora».

Luego de que las desviaciones de ese camino desembocaran en el periodo de censuras y marginaciones conocido como Quinquenio Gris, aquel discurso fue el instrumento para subsanarlo:

«Cuando se creó el Ministerio de Cultura en diciembre de 1976 –afirmó Armando Hart, designado su titular–, entendí que se me había situado en esta responsabilidad para aplicar los principios enunciados por Fidel en Palabras a los intelectuales y para desterrar radicalmente las debilidades y los errores que habían surgido en la instrumentación de esa política. Consideré que solo era posible hacer más efectiva mi gestión promoviendo la identidad nacional cubana, que se había articulado en nuestro siglo con el pensamiento socialista. Aprecié que para este empeño era necesario emplear, en el campo sutil y delicado del arte y de la cultura, los estilos políticos de Martí y Fidel».

El jueves último, el escritor y presidente de Casa de las Américas, Abel Prieto, opinó en la sala Villena, de la Uneac, que con este discurso de vanguardia, Fidel fundaba una política cultural única, abierta, antidogmática, que ningún proceso revolucionario anterior tuvo, y en la cual la idea de prohibir estaba afuera.

Esa visión plural y libertaria del texto sigue vigente, tanto como otros postulados fidelistas que con ella entroncan: la cultura es escudo y espada de la nación, y lo primero que hay que salvar. Para el hoy parece dicho, tanto como algunas de las reflexiones sobre su impacto, entre ellas esta de Barnet:

«…la cultura general de este país es tan rica que sirve de sostén ideológico de la nación cubana, y creo que es la puerta mayor por la cual podemos encaminarnos todos, y es una puerta que nunca se va a cerrar».

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