Por estos días he buscado, infructuosamente, un libro. Un libro de sonetos de Serafina Núñez que habría jurado que conservaba. Agoté la búsqueda en los espacios posibles. Del libro solo me queda el impacto experimentado ante una poesía que mucho se disfruta.
Supimos que en el Sábado del Libro, correspondiente al 13 de junio, se presentaría el libro Serafina Núñez, la verdad amaneciendo, del poeta y ensayista Osmán Avilés, un texto con sello de la Editorial José Martí, que mucho se agradece por su acercamiento a la personalidad y a la obra lírica de esta poetisa cubana, nacida en La Habana, el 14 de agosto de 1913 y fallecida, también en la capital, el 14 de junio de 2006.
En la Calle de Madera de la Plaza de Armas –donde la poeta y crítica literaria Yanelys Encinosa presentaba el título, que tiene un esmerado prólogo de Roberto Manzano– dos libros de poesía de Serafina esperaban por mí. Un amigo que supo de mi propósito –el de homenajear en esta sección a Serafina– me alcanzó Vigilia y secreto y Penélope, ambos rubricados por la Editorial Unicornio.
Reveladora resulta la lectura de Serafina Núñez, la verdad amaneciendo, un texto en el que se despliegan pasajes de la vida de Serafina; impresiones en torno a su obra de otros grandes como Juan Ramón Jiménez, Gabriela Mistral y Fina García Marruz, por solo mencionar a algunos; entrevistas, confesiones y fotografías que, todo junto, les ponen rostro a las piezas de los poemarios ahora releídos, y de los que se sale con ese gozo que deja en el lector una escritura capaz de llevar la experiencia al temblor de los versos.
De 1941 es Vigilia y secreto, el título de 18 poemas que prologó Juan Ramón Jiménez –gran amigo de Serafina– y quien, en esos apuntes preliminares, en que la llamara «esperadora cubana», dejara dicho: «Me gusta la lírica esbeltez sentada o erguida, palmera erguida o sentada frente al mar de la deshora, de Serafina Núñez».
Por su parte, Penélope se conforma de unas 60 páginas en las que convergen sonetos –esa composición poética que logró, tan eficazmente, que le ganó el calificativo de mujer soneto–, coplas, décimas, poemas en versos libres…, todo un despliegue de destreza en los que aparecen, con frecuencia, motivos tales como criaturas aladas, la luna, el viaje, la flor, el refugio, la aguja…, se trata de un poemario que abre y cierra con versos del poeta peruano Luis Alberto Sánchez, con quien viviera Serafina una historia de amor que se transmutaría en una sólida amistad.
Los primeros, titulados precisamente Pénélope y dedicados a ella, así dicen: Voz insomne, triunfante del olvido / Voz de nostalgia, irresistible arrullo / Voz de oasis, tu voz tibio murmullo / De ruego / de caricia / de rugido.
Como escenas de vida o de ensueños se ofrecen estas composiciones en las que la autora revela signos existenciales marcados por la añoranza y el hechizo, la fascinación amorosa, la entrega que se desborda, la imprecisión natural todo misterio…
Del soneto Presencia son estos tercetos: Herida, desvelada, traspasada / de ternura y distancia veo erguirse / tu presencia que al tiempo voy ganando. // Veo tu sangre limpia y habitada, / veo tu corazón en ríos irse / y siento mi sustancia agonizando.
Y de Cancioncilla gozosa, estos versos, escritos como quien entona travesuras: La luna está más alta que tu risa / pero tu risa tiene luz para encender todas las / lunas del universo. /(Mi corazón sueña en la punta de una aguja) / La muerte tiene nuestras dos vidas pequeñitas / pero nuestro amor tiene: la muerte y la vida. (Mi corazón canta! En la punta de una aguja).
Bien sabemos que estas líneas, que pretenden recordarla cuando se cumplen 20 años de su partida fisica, a los 92 años, resultan apenas una alusión a la valiosa obra de una de las más importantes autoras líricas de la Isla.
Los amantes de la poesía sabrán que esta mujer genuina, que desechando convencionalismos se irguió con luz propia y con ella escribió páginas de probada calidad –recogidas en publicaciones como Mar cautiva, Paisaje y elegía, Vitral del tiempo, Moradas para la vida, Porque es vivir un testimonio raro, En las serenas márgenes, Rosa de mi mansedumbre, y El herido diamante, entre otras– es de esas que hay que mencionar cuando se hable de la mejor lírica cubana concebida por poetisas.
Fiel a su nombre, fue Serafina una mujer de singular hermosura, condición que trascendió a su alma, irreverente y enamorada, hasta el fin de sus días. Se autodefinió –así se lo dijo a Avilés– como una mujer apasionada que había vivido soñando y moriría soñando. A la pregunta de cómo querría ser recordada, le respondió: «como una buena madre y una buena poetisa».











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