Ya se ha dicho: en poesía es imposible mentir. Haya o no acento confesional en el decir del sujeto lírico, siempre se filtra a los versos el universo de quien los escribe, su cosmovisión. Por eso, la compilación de la obra poética de un autor es invitación y oportunidad a conocerle a través del tiempo.
Manuel Navarro Luna. Obra poética (Colección SurEditores, 2013) resulta justo eso, un pasaje de poco más de 500 páginas para adivinar al joven atribulado por arrastrar la vida como una férrea cruz, al creador que descubre las potencialidades expresivas de las vanguardias, al hombre que no puede dar la espalda a sus realidades y asume la lucha social como un destino que también bulle en la poesía.
Ritmos dolientes, Corazón adentro, Refugio, Pulso y Onda, La tierra herida, Poemas mambises, Odas milicianas… los libros de Navarro Luna dan fe de una vida para el verso (en cuya construcción no riñen el compromiso y la altura artística), y que pasó por todos los oficios necesarios para la sobrevivencia, incluso el de barbero.
Como escribió Roberto Fernández Retamar, «Navarro era un poeta enorme porque rompía las normas (…) su clasificación es esa: inclasificable (…) fue, primero, un poeta delicado, un poeta intimista (…) por ese carácter de enormidad, era natural que creciera más allá de ese intimismo y que se volviera un poeta, en cierta forma, exterior».
El niño que había nacido en Jovellanos el 29 de agosto de 1894, y que creció en Manzanillo, transformó violentamente nuestra poesía –apunta Retamar– y también se radicalizó como hombre. Militante del Partido Comunista, perseguido, apresado, fue «un genuino portavoz de las mejores causas de nuestro pueblo».
La crítica lo ha situado como cantor del campesino y la tierra. En la Historia de la Literatura Cubana, del Instituto de Literatura y Lingüística, se apunta que «pocos lograron como él apresar en versos la tragedia del campo cubano». Resaltan, también, su acento crudo, descarnado a veces; el punto medio entre lo lírico y lo épico; la presencia en su obra del campo como símbolo de autenticidad y cubanía, y del hijo como posibilidad de redención.
Navarro Luna podía versar desde el íntimo dolor, como en la muy conocida elegía a su madre Doña Martina (1951): Acariciándola un día / sentí que su ancianidad / en piedra se convertía / ¡Qué alegría, qué alegría / mi espíritu traspasó…! / ¡Pero después que murió, / y ahora que no la veo, / nadie ha llorado –yo creo– / como estoy llorando yo!
Y también le era dado traducir el sentimiento colectivo, el espíritu de una época y de un pueblo: Y, al cabo, venceremos. Y si en ruinas y escombros / vemos nuestra tierra convertida, / alzaremos la patria sobre sangrientos hombros / hacia la luz y hacia la vida…! / No una Patria con amos ni una Patria ofendida, / sino una Patria libre, fuerte, / luminosa y erguida…! / Está echada la suerte…! Y quedará la orden de la Patria cumplida / en el camino áspero y sañudo! // Con el escudo o sobre el escudo; / Patria, o muerte…! (Patria o Muerte, 1960).
El triunfo de la Revolución había sido para el poeta la consagración de un destino. Hizo suyo el traje de miliciano y llevó su poesía recitada allí donde hiciera falta, en una febril actividad, hasta su fallecimiento, el 15 de junio de 1966.
A 60 años de su muerte, en el Manzanillo donde tanto hiciera, y que quizá se ha ganado ya la hermosa palabra de «natal», no solo por cuanto lo liga al poeta sino por preservar intacta su memoria, tuvo lugar la 54 Jornada Nacional de Homenaje a Manuel Navarro Luna.
Con visitas a centros de trabajo e instituciones culturales, encuentros con escritores en la comunidad, presentaciones de libros y lecturas de poesía, paneles, conferencias, conversatorios, expoventas de libros, y la premiación del XXXII Concurso Nacional de Poesía que lleva su nombre se honró el legado del poeta.
Desde la posteridad, su canto aún apunta:
La verdadera razón
Del hombre para vivir,
Es por la estrella subir
A la luz que nos espera
Y si sembramos bandera
Será de luz el morir.











COMENTAR
Responder comentario