ÓRGANO OFICIAL DEL COMITÉ CENTRAL DEL PARTIDO COMUNISTA DE CUBA
Enya, cantante irlandesa que convirtió la nostalgia en un reino sonoro Foto: https://radiosol.cl

Pocas cosas atesoro tanto de la niñez como la música. En aquella época, hace más de diez años, yo vivía en una finca «alejado del mundo», cuando se popularizaba la televisión digital terrestre —las famosas «cajitas»— y no dominábamos tantos tecnicismos electroenergéticos como ahora.

Y como buena madre cubana, cuando tocaba limpieza en la casa, la mía también acompañaba la labor con música. Sin embargo, imagino que mientras el resto escuchaba temas de Ana Gabriel, Rocío Dúrcal, Marco Antonio Solís y Pimpinela, entre muchos otros, mamá reproducía canciones instrumentales, desde una memoria flash conectada a un DVD —algo casi en desuso hoy—, a las que yo, niño al fin, no prestaba mucha atención al principio.

Pero aquellas pistas musicales, que ni siquiera estaban identificadas por su nombre o el del intérprete, producían un estado de quietud en la casa que ni mi abuela, todo un referente de carácter, se atrevía a pausar.

Las melodías misteriosas pertenecían a Yanni y a Enya, dos exponentes de la música instrumental ligera distantes entre sí, pero hermanados en mi memoria por las preferencias de mi madre. No fue hasta tiempos recientes cuando los descubrí, gracias a la emisora Radio Enciclopedia, otra de mis pasiones heredadas.

La mitad de aquella temprana fascinación se la debo a Eithne ní Bhraonáin (Enya), nacida en una familia irlandesa, cantante, compositora y productora musical con la mayor cantidad de ventas totales en su país.

¿Qué sabía Enya de un niño que, muy al sur de La Habana, en una Isla rodeada de mar, escuchaba con fascinación pistas como Only Time, Orinoco Flow y Caribbean Blue? Nada. Pero su música, caracterizada por el empleo de múltiples capas de su propia voz y melodías etéreas, se coló en aquellos intersticios lejanos, como lo había hecho en casi todo el mundo.

Ahora me sorprende que, a pesar de su tremendo éxito, Enya nunca haya hecho una gira de conciertos ni se haya presentado en vivo. La razón principal, además de su confesado pánico escénico, es que su música es imposible de reproducir en vivo.

Lo es porque Enya constituye todo su canto: no hay bandas ni artistas acompañantes; ella misma toca los instrumentos y su voz, superpuesta en cientos de capas diferentes y múltiples idiomas, es su herramienta más poderosa.

Hoy la artista cumple 65 años y no lanza nuevas producciones desde 2015, tras su álbum Dark Sky Island. Usualmente los medios reiteran que no tiene pareja conocida, ni hijos, y que vive aislada desde hace décadas en su propio castillo, que rebautizó como Manderley, en honor a la casa de la famosa novela Rebecca, de Daphne du Maurier.

Se dice, también, que vive con la compañía de más de una docena de gatos y que su patrimonio asciende a no pocos millones de dólares. ¿Pero acaso eso importa? ¿Es válido que cuestionar su estilo de vida?

Que viva encerrada en su castillo no importa. Su verdadero reino es la nostalgia, un terreno difícil de alcanzar —y más aún de evocar— en las producciones artísticas.

Su voz, que marcó la sonoridad de los años 90, nos retorna al pasado, a la niñez, a esos años felices en los que su música entró a formar parte del mundo de muchos, haciendo difusas las barreras entre lo real y lo onírico.

Ya mi madre no escucha su música, pero cuando yo lo hago, me basta cerrar los ojos para imaginarla limpiando la casa de mi infancia, en una tarde de domingo, con Enya de fondo.

COMENTAR
  • Mostrar respeto a los criterios en sus comentarios.

  • No ofender, ni usar frases vulgares y/o palabras obscenas.

  • Nos reservaremos el derecho de moderar aquellos comentarios que no cumplan con las reglas de uso.